IV Centenario Expulsión de los Moriscos |
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PASADO Y MEMORIA DE UNA TIERRA DE INMIGRACIÓN Dr.
Francisco Andujar Castillo
Les propongo esta mañana asomarnos durante unos minutos a la ventana de
la historia de esta tierra, otear, aún a vuelo de pájaro, nuestro pasado para
tratar de analizar el presente teniendo en cuenta que vivimos en un escenario
dibujado en el decurso de siglos que han contemplado el paso de sociedades de
muy diversa índole. Les presentaré un retazo de nuestra historia que se me
antoja tan crucial como ignorado y que, sin duda, aporta un caudal de
experiencia, no sólo para comprender nuestra realidad actual sino para
profundizar en el conocimiento de las actitudes y comportamientos que adoptamos
ante los cambios y transformaciones que de forma vertiginosa se suceden en esta
Almería de los albores del siglo XXI. Nuestra
historia es la única que explica nuestro presente, pero permanentemente vivimos
de espaldas a ella, porque la memoria, que no la historia, casi siempre se
diluye en el plazo de poco más de una generación. El problema, el drama, diría
yo, es que a veces actuamos sobre nuestra realidad inmediata sin tener en cuenta
los errores y aciertos cometidos en el pasado, ignorando por completo que la
historia, nuestra historia, es un gran libro abierto de inmensas hojas repletas
de experiencia en el que es posible leer cada día. Por ello, las reflexiones
que les expondré forman parte de lo que podríamos denominar como una
“memoria desaparecida”. A mi juicio, de la memoria de cualquier comunidad o
civilización forma parte, con letras mayúsculas, toda su historia, esa misma
que se ha ido construyendo en un largo camino que debería haber dejado un poso
más intenso que el que se suele atisbar entre las simples huellas del
patrimonio histórico-artístico que nos rodea. El olvido reviste muchas formas
de silencio, de modo intencionado o no, pero lo cierto es que suele adoptar la
forma de una clara infravaloración del pasado, o más aún, de desconocimiento
del mismo.
Nadie duda ya de que una de las transformaciones más espectaculares de
la historia de Almería ha tenido lugar en los últimos años. Los economistas e
historiadores de la economía se han ocupado por extenso del fenómeno
denominado como “milagro económico almeriense” –curioso concepto sincrético
que aúna lo espiritual y lo material-, que tiene lugar en el último tercio del
siglo XX y que se prolonga –y esperemos que por mucho tiempo- en estos
primeros años de la nueva centuria. Semejante “milagro” no hubiese sido
posible con el débil contingente demográfico que moraba en estas tierras en
los años iniciales del inicio de aquel “prodigio”, en el sentido mágico de
este término. Fue preciso que hasta estas tierras llegaran más brazos
productivos, muchos más de los que unos años antes, por mor del hambre y la
necesidad, habían partido desde estos mismos pueblos de la geografía
almeriense con destino a las regiones industrializadas de España y Europa. En
pocos años la sangría humana hacia otros lares tomó el camino de vuelta pero
ya no regresaron aquellos que habían emigrado ni sus hijos, sino hombres y
mujeres de otras nacionalidades. Almería, por fortuna, dejó su vitola de
tierra de emigración para, de forma fugaz y súbita, convertirse en una tierra
de inmigración, en lugar de llegada de hombres y mujeres que soñaban lo mismo
que había empujado a abandonar sus pueblos unas décadas antes a miles de
almerienses: mejorar sus condiciones de existencia. Hasta aquí la historia les
suena, les es familiar, por vivida y por presente hoy en la realidad cotidiana
de esta provincia.
A partir de esa llegada masiva de “soñadores de bienestar”, que
apenas hace unos meses se ha detenido como consecuencia de la actual crisis económica,
todos comenzamos a hablar del “inmigrante” y de esta nueva tierra de
inmigración que de forma fulgurante comenzó a encaramarse hasta los más altos
niveles de los indicadores económicos, merced a la expansión de la agricultura
intensiva bajo plástico, al desarrollo de la industria de la piedra natural en
el valle del Almanzora y al crecimiento del sector turístico en el litoral.
Muy pocos han mirado hacia atrás, hacia el pasado, para ver si en la
historia, aún remota, se había producido un fenómeno semejante al que ha
experimentado esta provincia en los últimos años. La historia más cercana nos
habla de otras “fiebres” económicas en el siglo XIX, como las provocadas,
primero por la minería del plomo y luego por la del hierro, más focalizadas en
núcleos muy concretos de la provincia, pero resulta difícil establecer parámetros
comparativos que permitan parangonar semejantes procesos de crecimiento económico.
Sin embargo, si extendemos esa mirada con una perspectiva más amplia nos
encontramos con un momento de nuestra historia que, aunque conocido, debe ser
interpretado de una forma nueva que lo acerque hasta nuestra cotidianeidad. Me
refiero al período fundacional de nuestra historia más reciente, al siglo XVI,
cuando se inicia una nueva etapa en la historia de Almería, cuando tiene lugar
el cataclismo demográfico y social que supone la desaparición de la faz de
esta tierra del grupo étnico mayoritario –los moriscos- y la llegada de un
nuevo contingente humano, germen de la actual población de la provincia de
Almería.
Cualquier lector u oyente avisado, pues este texto se redacta para ser leído
y oído, se habrá dado cuenta de inmediato de que ese momento histórico, que
debe ser reinterpretado, tiene que ver con el final de la Almería musulmana y
con la llegada de miles de hombres y mujeres desde otras latitudes de España e
incluso, algunos, desde otros países. Me estoy refiriendo a una inmigración
masiva que tuvo lugar en estas tierras allá por el año 1572 y que supuso la
base primigenia de la población de Almería durante siglos. Aunque lo detallaré
más adelante, y aunque desde una perspectiva científica no es correcto partir
de la conclusión, es obvio que me estoy refiriendo a algo que puede suponer una
fricción a oídos u ojos de algunos pero que es una verdad insoslayable
comprobada documentalmente mediante múltiples estudios realizados en los últimos
años. Me estoy refiriendo a que todos nosotros, los almerienses, somos hijos de
inmigrantes, descendientes de aquellos hombres y mujeres que cuando declinaba el
siglo XVI dejaron sus tierras para buscar lo mismo que hoy anhelan quienes
recorren ese mismo camino. Las
diferencias entre 1572 y el año 2000 o el 2008 son ostensibles pero hay una
fundamental que debe ser enunciada con rotundidad: los emigrantes del siglo XVI
llegaron a un territorio que era casi un desierto humano y a ellos les tocó
construir una nueva economía y articular una nueva sociedad sobre el solar vacío
que habían dejado los moriscos cuando fueron expulsados de Almería en el año
de 1570. Apenas hubo conflictos ni problemas porque se emigraba a un desierto, a
pueblos que habían quedado vacíos por completo como consecuencia de la
deportación –más bien éxodo- que sufrieron los moriscos al ser expulsados
por Felipe II a tierras alejadas de aquel reino de Granada del que formaba parte
Almería. No existió la figura “del otro” porque todos los que llegaron
eran emigrantes a un territorio yermo, devastado por una contienda, arrasado
tanto por vencedores como por vencidos de aquella “guerra civil”, pues así
puede denominarse a la guerra de los moriscos que se inició el día de Navidad
de 1568 y que concluyó con la total expulsión de este grupo étnico hacia
tierras de Castilla. De
esa inmigración de pobladores procedentes de orígenes muy diversos quiero
hablarles porque, como les decía, en ella se encuentra el origen de los que hoy
podríamos considerarnos como los “naturales” u “originarios”. La actual
provincia de Almería dejó de ser musulmana entre 1488 y 1492, pero tan sólo
en el plano político e institucional. Con excepción de poco menos de una
decena de lugares que vieron la llegada de los primeros repobladores
castellano-cristianos tras la conquista del reino por los Reyes Católicos, el
territorio que hoy conforma la provincia almeriense continuó siendo un inmenso
“mar mudéjar”, esto es de población musulmana bajo dominio cristiano,
hasta que en el año 1500 las sublevaciones que tuvieron lugar en distintos
focos del reino acabaron con ese mundo mudéjar y con la conversión forzosa a
la fe católica de miles de musulmanes, denominados a partir de ese momento como
“moriscos”. Por
tanto, desde 1500 hasta 1568 Almería continuó siendo un territorio musulmán,
morisco, aunque formalmente, castellano y cristiano. Semejante afirmación
implica una realidad irrefutable: el final real, demográfico, humano y económico
de la Almería musulmana hay que situarlo en 1570 cuando los moriscos, tras
perder la guerra, fueron expulsados a tierras de Castilla. Durante ese período,
en ciudades como Almería y en algunos núcleos rurales pertenecientes a la
jurisdicción señorial, “cohabitaron” en un mismo espacio cristianos y
moriscos, dominadores y dominados. Indico
que cohabitaron, no “coexistieron”, porque nunca los musulmanes aceptaron la
imposición de un credo ni la integración en una cultura ajena. Difícilmente
la podían aceptar cuando, por un lado siempre rechazaron cualquier intento de
asimilación y, cuando por otro lado, se le exhibían ante sus ojos elementos
iconográficos tan expresivos como el Santiago Matamoros que desde aquel siglo
XVI se yergue majestuoso en la fachada principal de la iglesia de Santiago,
lugar de paso obligado para buena parte de los moriscos que vivían en la ciudad
de Almería. Como consta en la más reciente investigación sobre el período, a
los moriscos granadinos y almerienses simplemente se les negó la convivencia en
aquella coyuntura en que el mundo cristiano y el mundo musulmán eran dos
mundos, no ya separados por sus señas de identidad sino en abierto y declarado
conflicto. Sublevados
los moriscos, derrotados en una contienda fraticida -la conocida como “guerra
de las Alpujarras”- y deportados de estas tierras, Almería quedó prácticamente
despoblada. La fractura demográfica fue radical. Muy pronto -corría el año de
1571- Felipe II y sus consejeros comenzaron a trazar un gran proyecto repoblador
que permitiera poblar estas tierras con cristianos procedentes de las tierras de
los reinos de Castilla y Aragón. Un año más tarde se iniciaba un complejo
proceso repoblador que trajo hasta las tierras almerienses a miles de
“inmigrantes”. Sin
duda les puede sorprender el ejercicio de comparación -entre el año 1572 y el
2000- que les voy a mostrar ahora pero les aseguro que les hablo de la
organización de un proceso inmigratorio acaecido hace más de cuatrocientos años
en este mismo espacio territorial, en el solar almeriense, otrora perteneciente
al antiguo reino de Granada. Poblar
Almería fue ante todo una necesidad del Estado y, por tanto, el ya desarrollado
aparato burocrático de Felipe II se encargó de planificar minuciosamente todo
el proceso de desplazamiento de individuos desde sus lugares de origen hasta
Almería. Razones no le faltaban al Estado para organizar con detalle aquella
vasta empresa: los nuevos pobladores soportarían la fiscalidad que con
anterioridad habían pagado los moriscos; defenderían un territorio inseguro y
despoblado que desde el punto de vista estratégico-militar tenía un alto valor
pues podía ser, por esa misma despoblación, un frente abierto a una posible
acción organizada –cual había sucedió en el 711- de las regencias
norteafricanas frente a la Castilla católica; y, finalmente, el Estado organizó
el proceso con una proyección de largo plazo, trayendo pobladores casados, con
capacidad reproductiva, que pudieran mantener la población más allá de esa
oleada inmigratoria inicial. Como
inmigración planificada, aquella del siglo XVI, todo se organizó desde los
puntos de partida de los potenciales inmigrantes, se elaboraron normas muy
precisas, se buscaron hombres en edad de producir y se le ofrecieron incentivos
para emigrar. El modelo contrasta con el actual, con el de estos últimos años,
con una inmigración no planificada por el Estado, que responde fundamentalmente
a la necesidad de los individuos y a los que no se les ofrece incentivo alguno.
Les hablo de dos coordenadas temporales muy distantes, pero que bien podrían
parecer que tienen invertidas sus características esenciales. La del siglo XVI
debería tener las peculiaridades de la del siglo XXI, pero no al contrario. No
es un capricho ni un azar de la historia sino una realidad insoslayable. Cuando
los agentes de Felipe II pregonaron la oferta para emigrar al reino de Granada,
a Almería –en una labor propagandística sin precedentes en la historia de
España- las autoridades regias ofrecieron a los potenciales inmigrantes
protección desde los puntos de origen a destino, casas en propiedad en las que
morar, tierras en propiedad para cultivar, seguridad militar una vez asentados
en los puntos de destino y una serie exenciones fiscales, entre las cuales la más
importante fue la franquicia del pago de alcabala –impuesto que gravaba el 10%
de todas las transacciones- durante un período de tiempo de diez años. Eran
las “gracias” que el rey dispensaba a quien se decidiera a poblar un
territorio peligroso, inhóspito y asolado por las secuelas de la guerra. Eran
los incentivos ofrecidos para abandonar sus lugares de nacimiento y lanzarse a
una aventura –pensemos en las penosas condiciones de desplazamiento de la época-
que podía permitirles una vida mejor, sobre todo a aquellos que en el horizonte
vislumbraban la posibilidad de dejar de ser jornaleros para convertirse en pequeños
propietarios de las tierras que acababan de ser confiscadas a los moriscos
expulsos. Hoy, la inmigración es un proyecto personal, a veces de familias
enteras, que no tiene más incentivo que la perspectiva individual –sin apoyo
de nadie- de tratar de lograr unas condiciones de vida mejores que las de su
tierra de nacimiento. El
grado de planificación del proceso inmigratorio que alcanzó aquel “moderno
Estado” del siglo XVI fue tal que el monarca llegó a ofrecer condiciones de
asentamiento más favorables a todos aquellos pobladores que se decidiesen a
emigrar hasta los espacios más peligrosos, los más agrestes y los más
castigados por la guerra, esto es, Las Alpujarras, los territorios de montaña y
las conocidas como “marinas” o tierras próximas cercanas al mar, y por
tanto expuestas a las incursiones de piratas y corsarios turco-berberiscos. La
vida más llevadera en vegas, valles y llanos, tuvo como contrapartida unas
condiciones de inmigración menos generosas. Todo quedaba así organizado, con
toda suerte de detalles, para que aquella empresa colonizadora situara a los
inmigrantes en los lugares de destino en las mejores condiciones para su
asentamiento y posterior subsistencia. Hoy
el fenómeno migratorio, a nivel del conjunto del Estado ha sorprendido a todos,
a los gobiernos, a los “naturales”, e incluso a quienes emplean a los
inmigrantes. No había ni España ni en Andalucía, ni por ende en Almería, una
“cultura” de planificación de un fenómeno que bien puede considerarse como
inédito en la historia de España. Disponemos hoy de más medios para organizar
y planificar, pero lo súbito de la demanda y su extrema intensidad se ha
producido en un espacio sin tradición inmigratoria –y sin memoria- para
afrontar un fenómeno de tan extraordinarias magnitudes. Frente a esa situación,
en el ayer podemos registrar casos de fenómenos colonizadores y de
inmigraciones organizadas por el Estado. Pero casi nunca miramos atrás en la
historia. Es mejor ignorar que el pasado existió. Aunque las coordenadas
temporales hayan cambiado sensiblemente, la diferencia entre nuestro tiempo de
hoy y el de ayer radica en que aquellos primeros gobernantes del Estado Moderno,
allá por el siglo XVI, miraban hacia atrás para buscar en la experiencia.
Cuando se repoblaron los principales núcleos urbanos del reino de Granada a
finales del siglo XV se tomaron como modelo las repoblaciones de la Andalucía
occidental del siglo XIII. Cuando se inició el proceso colonizador de Felipe II
en 1572 se miró hacia esas repoblaciones de los Reyes Católicos de fines del
siglo XV. Siempre hubo un referente, un modelo que seguir. Transcurridos siglos,
y sin referente cercano que contemplar, lo más inmediato era prescindir de la
historia porque, al parecer, no enseña nada para el futuro. Pero
prosigamos con el pasado, volvamos la vista atrás hacia la historia por unos
minutos. Todo se organizó allá por 1572 siguiendo un minucioso plan de
instalación de la nueva población. Para cada pueblo se determinó con
exactitud el número de vecinos que debían poblarlo, en proporción a la
población morisca que había tenido, al grado de devastación sufrido durante
la guerra, y a las posibilidades económicas que, a juicio de las autoridades
reales, podría alcanzar en el futuro.
La planificación inicial de toda aquella empresa repobladora no dejó
resquicio alguno a la improvisación. Cada poblador recibiría un lote de
hacienda, la denominada “suerte de población”, un término que ha llegado
hasta nuestros días en muchos municipios de la actual provincia de Almería.
Las “suertes” o haciendas de población quedaron integradas por una casa y
tierras que fueron repartidas por sorteo entre los pobladores siguiendo un
modelo igualitario de distribución de la propiedad. Se trató de formar una
sociedad que fuese lo más igualitaria posible, con tantas “suertes” como
pobladores, y que cada “suerte” tuviese el mayor equilibrio posible en el
reparto de la riqueza entre los nuevos colonos. En aquella España del siglo
XVI, cuya estructura social se cimentaba en la desigualdad y en el privilegio de
los estamentos superiores de la sociedad aquel proyecto colonizador no dejaba de
ser una utopía que bien se podría haber documentado en fechas mucho más próximas
a nuestros días.
Aquel modelo repoblador fue concebido como un pacto entre las autoridades
que ofertaban “propiedades” y trabajo, y los colonos que se aventuraron a
emigrar hasta Almería. Éstos se obligaron con el rey a pagar un “censo de
población” –una suma de dinero anual que se acabó pagando de forma
mancomunada a través de los municipios-, se comprometieron a residir con su
familia durante un período de tiempo mínimo, y a cultivar según las
costumbres de lugar. Así pues, el contrato entre las partes, monarca y colonos,
establecía obligaciones mutuas, entre el propietario de las tierras –en este
caso el monarca que se las había expropiado a los moriscos- y los campesinos
que las iban cultivar. La relación contractual, cual se demanda ahora con la
formalización de contratos en origen, fue la esencia de aquel pacto que permitió
traer hasta las tierras almerienses a miles de colonos.
Entre el plan trazado por los burócratas de Felipe II y la realidad de
su ejecución medió una profunda sima. Frente a la arcadia prometida, los
colonos-inmigrantes se encontraron con un paisaje de posguerra; con un
territorio de alta peligrosidad a causa del efecto del bandolerismo de los monfíes
en el interior y de los piratas y corsarios en el mar; se hallaron ante el
pillaje desatado por una auténtica pléyade de burócratas que hicieron de la
corrupción el instrumento más eficaz para acaparar propiedades y extorsionar a
los nuevos campesinos; y, finalmente, constataron cómo el modelo teórico
concebido para repartir las tierras de forma igualitaria quedó en papel mojado
porque burócratas y militares fueron recompensados con un mayor número de
“suertes” de hacienda y con tierras de mejor calidad. El corolario a esta nómina
de problemas vino de parte de los propios colonos-inmigrantes, pues de entre
ellos mismos muy pronto nacieron grupos oligárquicos forjados en torno al
control de los cargos municipales.
A pesar de estas dificultades el acuerdo entre las partes, rey y
colonos-inmigrantes, quedó sellado y se plasmó en los denominados Libros de
Apeo y Repartimiento, verdaderas joyas de la historia de esta provincia que
necesitan con urgencia ser rescatados del olvido y de la incuria que han sufrido
a lo largo de los tiempos. Muy pocas provincias de España cuentan con un tesoro
tan excepcional como son todos esos Libros de Apeo y Repartimiento
de 1572 que, en teoría, deberían conservarse en cada uno de los
municipios de la provincia de Almería. Ese tesoro es tan valioso –una
verdadera fotografía del siglo XVI de cada pueblo- como que representa el
documento fundacional de muchos municipios, el documento primigenio de su
primera población. En ellos puede reconocerse hoy cómo, en el transcurso de
los siglos, han permanecido las mismas familias, los mismos apellidos de
aquellos colonos-inmigrantes que llegaron en el siglo XVI, los mismos paisajes
agrarios, los mismos sistemas de cultivo, algunos de ellos fruto de la rica
herencia de la sociedad morisca. Sería deseable que todas las instituciones de
esta provincia acometieran algún día la magna obra de recuperar ese gran
momento de la historia que bien merece su conservación definitiva y, sobre
todo, su difusión entre las generaciones actuales y futuras.
En esos libros de Apeo y Repartimiento quedaron anotados con detalle los
nombres y lugares de procedencia de aquellos inmigrantes del siglo XVI que
conformaron la base inicial y origen de la actual población de cada municipio.
A pesar de que la oferta para emigrar se pregonó por tierras del norte de España,
en un intento de traer asturianos, gallegos y leoneses, lo cierto es que al
final el factor de proximidad geográfica fue decisivo en aquel proceso
migratorio. Merced a los estudios de carácter general del profesor Bernard
Vincent sabemos que la mayor parte de quienes repoblaron Almería vinieron de
los reinos más cercanos de Andalucía –Sevilla, Jaén y Córdoba-, del reino
de Murcia, de La Mancha –fundamentalmente Ciudad Real y Cuenca- así como del
reino de Valencia. Algunos emigraron de forma colectiva, por mor de las
solidaridades familiares y vecinales –caso de Instinción, o por impulso de
los señores jurisdiccionales –caso de Fines-, aunque también una emigración
con una extraordinaria pluralidad de orígenes como la que muestra el caso de
Canjáyar.
Ayer, como hoy, todos aquellos inmigrantes-repobladores eran gentes
humildes, en su mayoría jornaleros y algunos pequeños agricultores. Estos
fueron los que conformaron la primera sociedad almeriense cristiano-castellana.
A su pobreza inicial se sumó el proceso de pauperización que en muy poco
tiempo sufrieron muchos de aquellos campesinos-inmigrantes como consecuencia del
adverso momento climático que se vivió en Almería durante los mismos años de
su llegada a estas tierras, pero también como consecuencia de sus problemas de
adaptación al nuevo medio y de la presión económica a la que se vieron
sometidos por las oligarquías surgidas de ese mismo proceso repoblador.
Por tanto, nuestros orígenes se hallan en esos campesinos castellanos,
pobres en general, que emigraron a Almería en pos de cambiar su sino. Mientras
tanto, y frente lo que de forma infundada han defendido algunos, quedaron muy
pocos moriscos, en una cuantía que no superó al 5% del total de la nueva
población y que progresivamente se fueron extinguiendo casi por completo en los
años siguientes como consecuencia de nuevos decretos de expulsión. Quedaron
algunos seises, o expertos moriscos conocedores de los sistemas hidráulicos y
de los métodos de explotación de la tierra; permanecieron las elites moriscas
que se habían integrado en la sociedad castellana con anterioridad a aquella
guerra del año 1568; y sobre todo en Almería quedó un amplio contingente de
esclavos y esclavas que, capturados durante la guerra, pasaron a formar parte
del patrimonio mobiliario de muchas familias de la oligarquía almeriense. De
hecho, tras el final de la guerra se abrió un intenso tráfico de esclavos,
fundamentalmente de mujeres, más valiosas por su capacidad reproductiva de
generar hijos esclavos que incrementaban el valor del patrimonio de sus
propietarios. Mercaderes, burócratas y eclesiásticos se lanzaron con gran
avidez hacia aquel gran mercado de comprar y vender seres humanos, esclavizados
por haber perdido una contienda. Aquel mercado, con idénticos protagonistas
entre los compradores de esclavos, tendría su continuidad durante los siglos
XVII y XVIII cuando hasta el puerto de Almería llegaron barcos para vender una
mercancía humana –el esclavo norteafricano- que alcanzó un alto valor en la
época como fuerza de trabajo, como elemento de prestigio social y, en el caso
de las mujeres, como un bien sexual de nulo coste.
Hoy, cuando muchos tratan de exhibir sus señas identidad afianzadas en
el chauvinismo que tanto anida en nuestra sociedad, sería bueno recordar
nuestros humildes orígenes de
andaluces-castellano-manchegos-murciano-valencianos, adobados de esas gotas de
sangre musulmana de los moriscos que permanecieron y del permanente flujo
durante tres siglos de esclavos norteafricanos y negros. Junto a aquellos
pobladores de otros reinos de la monarquía hispánica, también llegaron
algunos extranjeros, fundamentalmente franceses y portugueses. Y, al lado de
ellos, las eternas colonias mercantiles de extranjeros, asentadas en los núcleos
de población más importantes, entre las que cabe destacar a los genoveses,
malteses, ingleses e irlandeses que fueron llegando a estas tierras en el
transcurso de los siglos XVI, XVII y XVIII. Precisamente estas colonias de
extranjeros controlaron las principales actividades productivas de nuestra
provincia, aquellas que tenían como destino los mercados exteriores, tales como
la seda, el azúcar, la lana, la barrilla, el esparto y los excedentes cerealísticos.
Sin duda, toda una constante secular en la historia de Almería –ese control
de los extranjeros sobre los sectores más dinámicos de la economía- que tan sólo
se ha comenzado a quebrar en los últimos años del siglo XX. Si pasamos del plano de la historia social a la historia institucional de aquel siglo XVI, el proceso repoblador-inmigratorio se torna en decisivo por cuanto asistimos también en esas fechas de 1572 y años siguientes a una verdadera “ordenación del territorio”, algo que parece ser producto de una modernidad de nuestro presente. Felipe II trazó un vasto plan de organización del territorio almeriense-granadino, básico para el funcionamiento de las nuevas comunidades castellanas. Ese plan contempló la desamortización de tierras –propiedad hasta entonces de moriscos, de cristianos viejos, de la iglesia y de los antiguos concejos moriscos- y la reordenación de todos los recursos, ya fueran de señorío o de realengo, de particulares o de instituciones. Se elaboraron nuevas demarcaciones espaciales, se eliminó el antiguo sistema mancomunado nazarí de ordenación en tahas y se crearon nuevos términos municipales –origen directo de los actuales- más individualizados y más concentrados para responder así a la lógica de un poblamiento menos intenso que el que había tenido Almería durante la época morisca. Nacieron así nuevos municipios, se delimitaron sus términos, se constituyeron los concejos con nuevos representantes y los ayuntamientos fueron dotados de bienes para su financiación y uso comunal. Ese fue el origen de un patrimonio municipal que los ayuntamientos en el transcurso de los siglos han ido vendiendo o permutando paulatinamente para financiar sus haciendas. Permítanme recordarles que, por ejemplo, El Toyo, recientemente enajenado, ha formado parte del patrimonio del ayuntamiento de Almería desde el siglo XVI en que fue entregado a la ciudad como parte de los denominados “bienes de propios” cuyo arrendamiento anual para herbajes ganaderos servía como principal fuente de ingresos de las siempre deficitarias arcas municipales. La
gran paradoja de nuestra historia reside en que durante aquel proceso
inmigratorio del siglo XVI fue cuando se forjaron en todos los pueblos de la
provincia de Almería sus señas de identidad cultural, las mismas que hoy se
están diluyendo como consecuencia del proceso inmigratorio que se vive en los
últimos años. Dicho de otro modo. La migración organizada por Felipe II cambió
la faz de Almería. La inmigración reciente no sólo la está volviendo a
cambiar sino que al mismo tiempo está acabando con las señas de identidad que
trajeron aquellos inmigrantes del siglo XVI. Aludo no sólo a la actual
inmigración laboral sino también en esa otra residencial que en algunos
pueblos ha cambiado de forma acelerada su fisonomía y que, a corto plazo, puede
mutar sus costumbres para adoptar las de la “nueva mayoría”. Las
que hoy denominamos como “señas de identidad almerienses”, tradiciones,
costumbres, advocaciones religiosas y manifestaciones culturales en general,
fueron importadas por aquellos pobladores del siglo XVI. En mi opinión, muchas
de esas señas han iniciado su lento proceso de extinción, o cuando menos de
progresiva disolución, circunstancia que no se puede imputar sólo al nuevo
proceso migratorio de nuestros días sino a otros factores adicionales, tales
como la influencia uniformadora que imponen los sistemas de comunicación
audiovisual o, en otro plano muy distinto, al proceso de desertización humana
que viven las zonas del interior de nuestra provincia que, amén de su impacto
ecológico, está suponiendo la progresiva pérdida de uno de los escenarios más
importantes en los que anidaba hasta ahora la “cultura tradicional”, en el más
amplio sentido de este término. De
aquellas centurias de la Edad Moderna, del período que transcurre entre el
siglo XVI y el XVIII se pueden extraer aún más lecciones de historia. A vuela
pluma les mostraré dos constantes que han singularizado a nuestra historia. La
primera es su carácter de “tierra fronteriza”. La segunda radica en la
intensa sobreexplotación que han sufrido sus recursos naturales en determinados
períodos históricos. Desde
el siglo XVI hasta la fecha de hoy Almería ha sido de forma permanente un
territorio de frontera. Fuimos durante siglos la frontera entre el Islam y la
Cristiandad, y hoy somos la frontera entre Europa y África, entre el desarrollo
y la pobreza, entre el norte y el sur. Señalaba un texto del siglo XVI que, de
por sí, era ya bastante carga impositiva vivir en aquella Almería de la
frontera y que el Estado debía compensar a los moradores de esta tierra con
exenciones fiscales o, por lo menos, no gravándola en la misma medida que a
otros territorios de la monarquía. La reflexión no deja de tener interés hoy
para ponderar las compensaciones que Europa ofrece a todos aquellos territorios
que mantienen la frontera entre esos dos mundos con distancias tan abismales
como las que hoy exhiben los países del Norte de África y la Europa de la
opulencia. La
vida en la frontera desde el siglo XVI al XVIII fue dura, en constante peligro y
con grandes zonas despobladas que generaban una permanente inseguridad. Por
cierto, gran anécdota de la historia: esa situación de conflicto entre el
mundo musulmán y el cristiano, es precisamente la que ha permitido mantener
intacto –hasta no hace mucho- la mayor parte de un litoral costero en el que
fue imposible cualquier asentamiento humano hasta finales del siglo XVIII,
momento en que se firman los primeros acuerdos de paz con Marruecos. Como
testigos mudos de aquella época queda la extensa red de fortalezas costeras que
constituían la denominada “frontera de piedra” que antes protegía las
costas almerienses de los corsarios norteafricanos y que hasta hace unos pocos años
han sido punto de vigilancia para el control de la emigración clandestina,
también norteafricana. Aquellas fortalezas custodiaban lo mismo, la separación
de dos mundos, de dos religiones, de dos civilizaciones. Cambiaron los tiempos
pero no mudaron los protagonistas de los surcos del mar de Alborán. Torres,
atalayas, fortalezas, baterías de costa, configuran un conjunto patrimonial
singular que bien mercería un plan global de conservación y puesta en valor.
Esas fortificaciones constituyen una página abierta de nuestra historia y, al
mismo tiempo, testigos de un pasado que hoy nos recuerda que el mar, que la
costa almeriense, fue y es una inmensa frontera entre dos mundos que no podrá
cerrarse mientras subsistan las profundas diferencias económicas que los
separan. La
segunda característica secular que les señalaba se refiere a la sobreexplotación
que han sufrido los recursos naturales de esta provincia, y que en ocasiones han
generado “ciclos de riqueza” en determinadas coyunturas, pero que después
han tenido consecuencias que se han revelado como dramáticas para las
generaciones posteriores a los períodos de explotación intensiva de esos
recursos. El primer asalto tiene como protagonista al inmenso bosque mediterráneo
que poblaba nuestras montañas desde la prehistoria y que en el siglo XVI
comienza a ser roturado para dedicar su superficie a pastos y cultivos de
secano. En el siglo XVIII las roturaciones de bosques se incrementan para
alimentar la construcción de barcos de la marina real pero cuando en realidad
los bosques almerienses reciben su rejón de muerte es en el siglo XIX, cuando
la minería del plomo y luego la del hierro genera una alta demanda de madera
que provoca talas masivas que van a esquilmar por completo una ancestral
cubierta arbórea. El segundo asalto se produce en el mar. No es cierto, como se
suele decir, que la sobreexplotación pesquera de nuestras costas haya sido
provocada por los pescadores del siglo XX. Las costas mediterráneas, y con
ellas las almerienses, experimentaron su sobreexplotación más intensa en el último
tercio del siglo XVIII cuando empresas mercantiles catalanas organizaron pesquerías
y diezmaron en exceso los recursos pesqueros mediante los conocidos “bous”,
parejas de barcos que arrasaban cuanto encontraban a su paso. Hoy
también nos enfrentamos a un nuevo episodio roturador. El litoral costero
soporta un desarrollo urbanístico que puede acabar con su total destrucción y
con la conversión de un paisaje natural en un paisaje de cemento. Los bosques
se talaron y las montañas almerienses quedaron asoladas. Muchas especies
marinas desaparecieron para siempre de nuestras costas. Aniquilar hoy el litoral
costero almeriense podrá sembrar una riqueza tan efímera como aquella que
proporcionaron en su día las maderas que alimentaban los boliches mineros o las
grandes pesquerías de aquellas empresas catalanas. El problema no es tanto el
de la alteración de un medio como el de la extinción irrecuperable de aquello
que se ha preservado durante generaciones y generaciones. Hasta
aquí un sumario y apresurado recorrido por la historia, por esa ciencia que fue
considerada hace ya siglos como maestra de la vida, como aquel libro abierto
cuyos conocimientos podían servir para no caer en los mismos errores que
cometieron nuestros antepasados. Sin embargo, como ya escribiera Hegel en el
siglo XIX, la historia también demuestra –y eso es algo empíricamente
constatable- que los pueblos, y con ellos los gobiernos, nunca han aprendido
nada de la historia ni han sacado conclusiones de lo pasado. Aunque la
consciencia de tal realidad es frustrante para cualquier historiador que se
plantee su función social, la producción de conocimiento nuevo constituye ya
de por sí un acicate motivador como para seguir adelante en nuestra tarea, para
seguir mostrando que mirar hacia el pasado significa la posibilidad de afrontar
el futuro con mejores garantías de progreso. Los
fragmentos de historia que les he mostrado se han elaborado con una clara
intencionalidad: explicar el presente a través del estudio del pasado y, a la
vez, lanzar un aldabonazo sobre la conciencia de la fragilidad del territorio en
el que moramos y sobre las señas de identidad que han conformado la Almería de
los tiempos modernos. Fragilidad, del medio natural, de sus recursos, y de un
territorio de frontera desde hace cinco siglos. Conciencia de identidad de unos
orígenes en una gran riada de inmigrantes que en aquel siglo XVI buscaron en
este rincón del sureste peninsular una tierra en la que prosperar. A veces la
historia es tan caprichosa como que, mundando de protagonistas, pero con las
mismas pautas, resurge en secuencias temporales distantes. Volvamos de vez en
cuando la vista atrás, hacia la historia, porque el conocimiento del pasado es
el mejor cauce para la construcción de cultura y al mismo tiempo faro de luz
para orientar las acciones del presente. Muchas gracias.
POSIBLES DIAPOSITIVAS
IMAGEN DE LA FURA DE LAS MALETAS
. Proceso migratorio comparado
. Torreón defensivo
. Imagen de Santiago matamoros
. Imagen de un LAR
. Cronología
. La Alpujarra
. Seda
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María Perceval
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