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José María Perceval Algarabía: ¿lengua árabe o alboroto callejero? Manuscrits 3, Mayo 1986, p.117-127.
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| Manuscrits
Mi agradecimiento al profesor Ricardo García Cárcel por recomendar la publicación de este artículo.
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Durante el
siglo XVI, y comienzos del XVII, una palabra simboliza en sus cambios de
contenido semántico, toda una serie de luchas internas dentro de la
comunidad cristiana dominante respecto a su actitud frente a la comunidad
vencida: ¿Qué hacer con los moriscos? La manera mejor de observar la
imagen que los cristianos viejos se hacían de los moriscos nos la da el
vocablo que define la forma en qué hablaban: ‘algarabía’. Cada autor
utilizó esta ‘voz’ como bandera en sus argumentos en favor de la
asimilación de los "cristianos nuevos de moros" o reclamando su
extirpación total. El resultado de esta lucha, a veces teórica, otras
con brillantes salidas literarias, fue modelando los diversos significados
aparentemente encontrados de la palabra hasta llegar a la acepción
definitiva con que conocemos el término "algarabía". Algarabía es una palabra cuya etimología
se relaciona con el árabe "al‑
arabiyya", que
quiere decir, la lengua árabe. Esta es la primera acepción que
encontraremos en cualquier diccionario castellano, correcta desde un punto
de vista que pretende ser histórico, peso que no coincide con su
utilización habitual. Las siguientes acepciones se acercan más
a lo que entendemos actualmente por "algarabía".
Así tenemos, por orden: 1) Lengua árabe (etimológico, peso no
usado en la actualidad). 2) Lengua o escritura ininteligible
(figurado y familiar, ya en desuso). 3) Manera de hablar atropelladamente y
pronunciando mal las palabras (también en desuso). 4) Gritería confusa de varias personas
que hablan a un tiempo (el significado mas común en la actualidad). 5)
Enredo, maraña (poco o nada usado). Maria Moliner en su Diccionario
de Uso del español utiliza la acepción corriente que es la de "Armarse
o haber", un "alboroto",
ruido producido por gritos y voces confusas y estridentes. Situemos el término: en los textos
producidos durante el avance cristiano sobre al‑Andalus, en la Crónica
de Alfonso X el Sabio, se da la acepción etimológicamente correcta. Esta
se conserva, de utilización cada vez más culta, y es recogida incluso
por el Tesoro de la lengua española
de Covarrubias (1611). En textos literarios o históricos llega hasta
comienzos del siglo XX, pero luego desaparece debido a la contaminación
de la acepción mas popular. Solo historiadores que estudian la época
(siglos XIII‑XVII) la nombran al estudiar declaraciones de individuos "que
hablaban algarabía" o libros "escritos
en algarabía". Generalmente, para señalar su arcaísmo, la
transcriben tal como se escribía en la época, "algaravia",
y, por lo demás, la mayoría de estos escritores, cuando se refiere
en otro contexto a estas personas o libros, simplemente traduce que "hablaban
árabe" o sus manuscritos "estaban
en lengua árabe". ¿Cuándo
se realiza la permutación del contenido semántico de esta palabra? ¿Por
qué y en qué sentidos diferentes? Todavía, a finales del siglo XVI, una
novela del genero Llamado morisco utiliza el término "algarabía"
en su sentido etimológico y sin un particular sentido peyorativo.
Cuando Guzmán de Alfarache cuenta la historia de Ozmín y Daraja (Guzmán
de Alfarache, edición de Francisco Rico, Planeta, Barcelona, 1983, p.
205) sigue la acepción primitiva, pero será mejor señalar los cambios
que realiza respecto al sentido original de la algarabía. No sólo los protagonistas saben
castellano (ya definida como lengua española e identificada con el
cristianismo viejo), a pesar de su origen moro granadino, como Ozmín : "tan diestro en la
lengua española, como si en el riñón de Castilla se criara y hubiera
nacido en ella" (ALEMAN,
Mateo, Op. cit. p. 196.). Daraja, por su parte:
"tan diestramente
hablaba castellano, que con dificultad se le conociera no ser cristiana
vieja, pues entre las más ladinas
pudiera pasar por una de ellas" (ALEMAN,
Mateo, Op. cit. p. 198.). Es decir, la identificación
de cristianismo, español y castellano está ya plenamente realizada pero
todavía, Mateo Alemán, habla como "cosa
digna de alabanza de mozos virtuosos y gloria de padres, que en varias
lenguas y nobles ejercicios ocupan a sus hijos". Se trata del último
canto, ambiguo sin embargo, de una larga tradición de asimilación de la
comunidad morisca, desde un punto de vista misionero. Esta tendencia,
llena de buenas intenciones y muy teórica, que pretende la conversión
mediante el ejemplo es sustituida por una política de conversiones
forzosas a comienzos del siglo XVI, y Llevada al paroxismo de las
prohibiciones totales de "expresarse en algaravía" durante el sínodo de Guadix de
1554 (véase Gallego Burín y Gamir Sandoval, Los moriscos de Granada según
el sínodo de Guadix de 1554, Granada, 1968), en línea con la
contrarreforma. En ese momento, los libros favorables al estudio de la
algarabía por parte de religiosos misioneros, como el Antialcoran
(Valencia, 1532) de Bernardo Pérez de Chinchón, un erasmista tratado de buenos
deseos, entra en el Índice. La manera de llevar a cabo la
catequesis de Daraja y los presuntos deseos de la reina Isabel de no
forzar la conversión de la pareja sino dejarles plena libertad para
escoger, parecen implicar que Mateo Aleman haya leído la obra de Pérez
de Chinchón, o por lo menos de encontrarse en el universo mental de este
autor. Es común a ambos una metáfora volitiva, la introducción por la
boca del ‘trago’ de la catequesis: "...ganarle
la boca poco a poco como a pollos" en Chinchón (op.cit., fol.VI
del prólogo), "...irla
saboreando en las cosas de nuestra fe "' en el caso que describe
el Guzmán de Alfarache (Op.cit., p.198). Algarabía
y catequesis La conversión mediante la exposición
razonada de argumentos es el objetivo de la catequesis, por medio de la
cual "enseñar blandamente a
los nuevos" la ley cristiana. Este aprendizaje es lento y
dificultoso, pero "cuanto mayor
sea la dureza de esta gente, tanto mayor habrá de ser la
blandura..‑ Es persuadir a unos hombres rudos que no alcanzan razón,
y que cuando la alcancen, no se les puede hacer violencia, que dejen la
profesión de sus padres, y abuelos, con la cual piensan que se han
de salva, y que reciban otra, la cual por su alteza no la pueden entender,
y por la poca capacidad de ellos, ni aun alcanzar razones que la hacen creíble”
(FONSECA, Damián, Justa expulsión de los moriscos de España, Iacomo
Mascardó, Roma, 1612, p.436). Esta actitud eminentemente paternalista
considera a los neófitos moriscos como ignorantes debido a su
“rusticidad” (Fonseca, op.cit., p.433) o niños “como a pequeños
del señor” (VALENCIA, Pedro de, Tratado acerca de los moriscos de España,
Madrid-Zafra, 1606, fol.60). Asimismo, la catequesis se transforma en una
domesticación de animales "porque
son como las fieras, que no se sujetan a Los hombres con violencia, sino
con halagos y maña" (FONSECA,
op.cit. p.433), o una
medicina purgante que debe ser suave "por
ser el sujeto flaco, y en lugar de dar salud, mataría" (FONSECA,
op.cit. p.438). Pero, queda un problema: ¿Cómo
realizar la catequesis y en qué lengua? Para atraerlos, el misionero debe
disfrazarse con ropajes adecuados que les inspiren confianza. Para lograr
esta adaptación se pretende crear cátedras de arábigo donde se enseñe
esta lengua, para, posteriormente, introducir misioneros entre ellos. Es
la misma visión que tenia Nebrija (en su gramática de la lengua española)
sobre “los exploradores que deben infiltrarse en el enemigo para
descubrir sus intenciones” (cit. BATAILLON, Marcel, Erasmo
y España, F.C.E. México, 1967, p. 33.). Estos, deberían explicarles
la verdad, "mostrándoles los
males y mentiras de su ley, enamorarlos a la nuestra primero con las obras
y luego con las palabras" (RIPOL,
Juan, Diálogo de consuelo por la expulsión de los moriscos de España,
Nicolás de Asiayn, Pamplona, 1613). Estamos
en la planificación proyectada tiempo atrás por Ramón Llull, que también
estudió el arábigo, y continuada a lo largo de Los siglos X1V y XV, como
es el caso de Juan de Segovia (CABANELAS RODRIGUEZ, Darío, Juan de Segovia y el problema islámico, Universidad de Madrid,
Madrid, 1952), y que llega hasta el círculo granadino del obispo Hernando
de Talavera. La idea es aportar argumentos ideológicos para convencer de
la falsedad de las teorías coránicas (Reprobación
del Alcorán, Sevilla, 1501, B.N.M., que es una traducción de la Improbatio
Alcorani, tratado del dominico Riccoldo de Monte di Croce, impreso
en Latín el año anterior, Sevilla, 1500. Obra traducida al italiano por
Domenico de Gaztelu, Venecia, 1543).
Y, para ello, con el
objetivo de convertirlos, es necesario hablarles en su lengua. En el
primero de estos sentidos se dirige el Antialcorano
de Bernardo Pérez de Chinchón, o la Opera
Chiamata confussione delta seta machurnetana de Juan Andrés (obra
traducida del italiano por Domenico de Gaztelu, Venecia, 1543). En el
segundo Las gramáticas apadrinadas por los arzobispos Hernando de
Talavera en Granada (ALCALA,
Pedro de, Arte para ligeramente saver la lengua arávica, Ed. en facsímil de
la Hispanic Society of America, New York, 1928, y ALCALA, Pedro de, Vocabulista
aravigo en lengua castellana, Juan de Varela de Salamanca, Granada,
1505) y Martín de Ayala en Valencia (El libro de Martín de Ayala fue
reeditado por el Patriarca Ribera con el titulo de Catecismo
para instrucción de Los nuevamente convertidos de moros, Pedro
Patricio Mey, Valencia, 1599) "con
la elección de argumentos apropiados para alejar sus errores y
conducirlos a la verdadera fe" (Frase pronunciada por San
Bernardo en un sermón en 1144). Hernando de
Talavera seguía una máxima asimilacionista que decía "dadnos de vuestras obras y tomad nuestra fe". Así, “a raíz
de la conquista de Granada diversos métodos eran posibles para esa
conversión. La capitulación de 1491 había garantizado a los vencidos el
respeto a sus costumbres y su religión. El venerable Hernando de
Talavera, primer arzobispo de Granada, concibe la idea de ganárselos
haciendo resplandecer la superioridad del evangelio por la palabra.
Aprende algunos rudimentos de árabe, a pesar de su avanzada edad" (BATAILLON, op.cit. p.58). Según nos dice su cronista, "decía
que daría de buena voluntad un ojo por saber la dicha lengua para enseñar
(la doctrina cristiana) a la
dicha gente, o que también daría una mano, si non por non dejar de
celebrar" (Breve
suma de la santa vida del reverendíssimo y bienaventurado don Fr.
Hernando de Talavera, cit. Amador de los Rlos, Historia
Crítica de la literatura española, t. VII, p. 358). Por lo menos quiere que su clero aprenda el árabe. El Arte
para ligeramente saver la lengua arábiga y el Vocabulista
arábigo de fray Pedro de Alcalá son un testimonio de ese intento de
evangelización pacífica teóricarnente. Cátedras de arábigo, colegios para niños
y niñas moriscos, predicaciones a cargo de misioneros... los programas
asimilacionistas son teóricos y caen la mayoría de las veces en el vacío,
cuando no terminan con la pretensión de imponerse por medio de la
penalización (multas y castigos a los que no cumplen las leyes
asimilacionistas). "Cisneros,
llamado a colaborar con Talavera, pone en práctica medios completamente
diversos. Procura ganarse a la aristocracia morisca, hace presión sobre
los alfaquíes, provoca conversiones en masa que suscitan una reacción
violenta, quema los libros musulmanes. Una rebelión le da pie para mandar
revocar las concesiones hechas en los días de la conquista. Todo musulmán
es considerado muy, pronto como un rebelde; y tal como había sucedido un
siglo antes con los judíos, los conversos constituyen una masa
inasimilada de cristianos nuevos cuyo cristianismo es sospechoso" (BATAILLON,
p.59). Marcel Bataillon
nos da una pista sobre el destino de los planes asimilacionistas al señalarnos
que "las cátedras de lenguas
previstas en Alcalá (universidad) se desarrollaron al capricho de los
proyectos del cardenal, más bien que de acuerdo con lo previsto en las
constituciones. Si la cátedra de hebreo se proveyó desde muy temprano,
la enseñanza del árabe, en cambio no se estableció nunca a pesar de que
la Andalucía morisca ofrecía vasto campo a quienes hubiesen querido
servirse de esta lengua para poder difundir mejor la palabra divina" (BATAILLON,
p.20). Pero, es que la
concepción sobre la algarabía había cambiado y se estaba llenando de un
contenido muy diverso. Algarabía
y conspiración Cuando el rey Francisco I de Francia es
hecho prisionero en Pavía, a su llegada a la península se hospeda en
Benisanó, reino de Valencia. Al amanecer "le
recordaron el sueño unas votes desentonadas que le dieron en los oídos
tan reciamente, que recordó sobresaltado, y aún saltando de la cama,
entendiendo que era escuadrón de gente, que había circuido el castillo,
para ejecutar en su persona alguna orden del emperador; y con el
sobresalto llamó al sector Alarcón (que le traía a su cargo) y le
preguntó del ruido. Respondió, que no era negocio de momento, porque lo
habían causado los moros de aquel lugar, que, habiendo madrugado para
salir a sus tareas, se habían puesto en la plaza debajo de las ventanas
del castillo a platicar en sus negocios, y dando aquellas voces, según su
costumbre y modo de hablar, que todavía es gritando. Sintió tanto la
burla el rey que juró le habían de pagar la alteración recibida, y
afear mucho al emperador el permitirlos en sus tierras, como así lo
hizo" (ESCOLANO,
Gaspar de, Segunda parte de la Década Primera de la Historia de la
insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia, Pedro Patricio Mey,
Valencia, 1611, columna 1664). Esta anécdota, verdadera o falsa, conecta con muchas protestas de
los cristianos viejos como nos señala también Damián Fonseca (señalando
asimismo la identificación animalizadora de ‘gritar como animales’ o
de estar en un estadio prehumano, ‘modo de hablar que todavía es
gritando’). La evidencia, mostrada por los dos escritores es que,
durmientes hasta hora avanzada, los cristianos viejos sentían en mucho
los gritos de los campesinos moriscos que acudían desde muy temprano a
labrar las tierras de sus señores, incluso en días de fiestas
cristianas, de las que estaban exentos para rentabilizar mejor su función
servil. Pero, esta obligación de trabajar en fiestas, se volvía contra
ellos ya que Fonseca y Aznar los acusan directamente de ‘trabajar
incluso en fiestas para mofarse de la religión cristiana’. Ya, en el Memorial de Clemente IV al
rey Jaime I le increpa que debería "correrse (avergonzarse) que
vasallos suyos y súbditos, en sus reinos cada día, a ciertas horas
alabasen el nombre del sucio Mahoma con públicos pregones y alaridos en
oprobio y vilipendio de Jesucristo nuestro señor" BLEDA, Jaime,
Coronica de los moros de España, Felipe Mey, Valencia, 1618, p. 873.).
Gritos de mercado o preces religiosas, la algarabía se ve como una
amenaza. Ininteligible al cristiano, éste la siente como un vehículo a
través del cual se urden traiciones y conspiraciones. Las inocentes
conversaciones de mercachifles, buhoneros, hortelanos, las zambras para
celebrar cualquier acontecimiento, cualquier manifestación en esta extraña
`jerga" es temible. La algarabía no es una lengua con sus reglas
aparte ni una forma de pronunciación diferente. Es fundamentalmente, una
invitación a la rebelión, a la unión, una amenaza. La algarabía se
expresa según los cronistas "con sordas algazaras y alborotes"
(AGUILAR, Gaspar de, Expulsión de
los moros de España, Pedro Patricio Mey, Valencia, 1610, p. 35),
"con mayor vocinglería y regocijo"
(FONSECA, Damián, op. cit., p. 94),
porque los moriscos siempre ventilan sus "asuntos a gritos y
voces desmesuradas" (AZNAR CARDONA, Pedro, Expulsión
lustificada de los moriscos españoles, Pedro Cabarte, Huesca, 1612,
II parte, fol. 361.). La algarabía
es una demostración palpable y ‘monstruosa’ de que los moriscos
existen y se les oye. Como algo extraño, confuso y
amenazador, es utilizado el término como un símbolo de la confusión de
palabras, dislate o argumentos contradictorios. "Parece esto algarabía y pasa así”, nos dice santa Teresa
de Jesús (Libro de la vida, cap.
19, Taurus, Madrid, 1982, p. 141.). Y, aunque la Santa también aplica el
término "algarabía" correctamente interpretado como
"lengua árabe", lo utiliza con la intención de ejemplificar en
su Camino de perfección una relación que le resulta incomprensible, una
falta de comunicación en definitiva: "por
que no lleva camino, uno que no
sabe algarabía, gustar de
hablar mucho con quien no sabe otro lenguaje" (Camino de Perfección,
Cap. XX, Aguilar, Madrid, 1982, p. 249) . Del mismo modo, Cervantes sabe el significado original del vocablo como ‘lengua árabe’ y en el capítulo III del viaje del Parnaso (verso 37-39) escribe: Desta manera andaba la Poesía De uno en otro, haciendo que hablase Éste latín, aquel algarabía. De todas maneras, es una lengua extraña:
Pero, también utiliza el sentido de ‘lenguaje incomprensible’: En la comedia Pedro de Urdemalas de Miguel de Cervantes, el representante le dice a Pedro: “Enigma y algarabía Es cuanto habláis, señor, Para nosotros” (versos 2832-34)
Hay que acabar, al precio que sea, con esta muralla que
impide la comunicación de la verdadera religión. San Luis Bertrán
prescribe que "se prohíba a los moros el hablar algarabía señalando
por castigo que no se pudiesen casar ni los hombres ni las mujeres, hasta
que hablasen y entendiesen nuestro vulgar" (cit. FONSECA, op. cit. p.
459). La destrucción de bibliotecas, de testimonios de lengua escrita
(libros aljamiados o árabes) es un tema ampliamente estudiado y una labor
que los cristianos viejos realizan sistemáticamente: transcripciones coránicas,
libros religiosos con hadit(s) del profeta, sermones... Libros de cultura
general, científicos como el Almagesto de Tolomeo o tratados médicos,
prontuarios con preceptos para curar enfermedades... e incluso libros de
profecías, magia o cuentos. Pero, para los autores antimoriscos
del siglo XVI y XVI1, la algarabía, la lengua de los moriscos, es
percibida fundamentalmente, como algo insoportable a su oído. Se
trata mas bien de la lengua hablada a la que tratan de "asperísima
lengua" (Citando a
Pico de la Mirandola, SUAREZ DE FIGUEROA, Christobal, Plaza universal
de todas las ciencias y artes, Luis Sánchez, Madrid, 1615, fol. 209)
que diferenciaba radicalmente las dos comunidades. "Con la diferencia de la lengua, no sólo de la arábiga,
sino que cuando hablan la castellana,
(se nota la diferencia) con el tono y el aire del hablar, y con la
pronunciación" (VALENCIA, Pedro de, op. cit. fol.32). De
esta apreciación lingüística de Pedro de Valencia, sacará Quevedo una
personal interpretación esperpéntica de la confesión rnalintencionada
de un morisco (QUEVEDO, Francisco de, "Desenfados y juguetes" en
Obras festivas de Quevedo, Fontamara, Barcelona, 1982, p. 159). Se pasa pues, con una facilidad
asombrosa desde las posturas asimilacionistas, partidarias de un estudio
de la lengua arábiga (para aniquilar al Islam interno del morisco), a una
prohibición de su uso por parte de los penalizadores que "no solo no
aprobaban el estudio de la
lengua arábiga, antes eran del parecer que convenía desterrarla del todo
de los reinos de España como perniciosísima a toda ella " (FONSECA,
Damian, Op. cit., p. 459.). Se llega a dar entidad a la lengua como un
objeto peligroso. Se debe prohibir la algarabía porque así "irían
perdiendo poco a poco el comercio con los de Berbería, entenderíamos las
traiciones que contra nosotros urdían, irían perdiendo la afición a los
libros que tenían escritos en arábigo... Se les olvidaría el Alcorán...
escucharían con alguna eficacia a nuestros predicadores"
(FONSECA, Damian, Op. cit., p. 459.). Es de admirar, y debía sec frecuente,
ver en una población morisca no acostumbrada aun al romance, llegar el
predicador que, concentrada la comunidad por los guardias del señor o los
oficiales del Santo Oficio, se desgañitaba explicando la falsedad de la
"secta mahometana" y alabando la excelencia del cristianismo
ante un publico realmente sorprendido de sus gritos ininteligibles. Una
lengua, como la algarabía, tan perniciosa, es natural que terminara, por
su carácter agresivo y malvado, siendo ajena absolutamente a lo español
ya que, como afirma Damián Fonseca "parece imposible que los
cristianos la podamos estudiar con tanta facilidad"
(FONSECA, Damian, Op. cit., p. 457.). En realidad, el cristiano no
debe aprenderla, pues algo de malvado ya se pega con su solo aprendizaje. Ya vemos como las distintas acepciones de la palabra
algarabía se van delimitando, desde la original, la etimológica, hasta
la de uso más común actualmente: "la gritería confusa de varias
personas que hablan a un
tiempo", pasando por "lengua o escritura ininteligible" así
como también la manera de hablar atropelladamente y pronunciando mal las
palabras, que revelan a su vez algo de "enredo o maraña". Es quizás por eso, que una planta de ]as cercanías de Madrid, "de
camas enredadas y mezcladas unas con otras" terminó llamándose
‘algarabía’ (Diccionario de
Autoridades, Francisco del Hierro, Madrid, 1720). En cuanto a que los moriscos hablaran
mas fuerte de lo normal, es de difícil comprobación al no existir
grabaciones de la época, pero, podemos pensar en los sentimientos
confusos y animalizadores que la xenofobia despierta hacia un idioma que
no se comprende y que se ven en los múltiples chistes que tienen ese
tema. Una demostración, por pasiva, la tenemos en la divertida pesquisa
que describe Edgar Allan Poe en busca del asesino de Los crímenes
de la calle Morgue: los franceses aseguran que el desconocido hablaba
español o italiano, un holandés le oyó decir "sacre
diable" aunque reconoce no saber francés, el inglés corrobora
esta declaración, un español dice sin embargo que era inglés y un
italiano afirma sin vacilar que era ruso el criminal. A1 final, el asesino
era un orangután. Pero, no só1o el morisco y su situación ha servido
para llenar el contenido semántico de la palabra algarabía. El
término ‘algarabía’ también nos puede ayudar a comprender como era
visto el morisco por la sociedad cristiana de comienzos del siglo XVII,
cuando el vocablo adquiere los sentidos mas peyorativos. Algarabía, imagen del morisco La construcción de esta imagen sigue
un esquema radial. Se trata de una figura en que todos los elementos se
relacionan entre sí como las varillas de una rueda de tal manera que al
moverse parece que todos fueran uno solo y no hay parte independiente que
aísle o impida esta visión totalizante. La algarabía, es decir, su
imagen reinventada por los polemistas cristianos, contiene una íntima
relación entre todos sus apartados para formar la imagen deseada. Bernardo Aldrete nos dice que "los
árabes trogloditas, parece que llevaron consigo (a África) el nombre de
bárbaros que Arriano les da y ello significaron Herodoto y todos los demás
que dijeron que su habla era un estridor de murciélagos y propiamente
eras barbarolingues " (ALDRETE, Bernardo de, varias antigiiedades de España, Africa y otras provincias, Juan
1iafrey, Amberes, 1614, p. 448). La unión de la lengua y un carácter rústico, bárbaro, salvaje, troglodita, se amplia cuando "sabemos" por estos escritores antimoriscos que ellos, los moriscos, hablaban a gritos, que solucionan sus pleitos entre "voces y alborotes". La lengua no só1o es algo de sonido animal sino que ellos mismos se animalizan con ella, y la lengua es expresión de esa animalización, de esa postura irracional. Incluso entre ellos mismos. Ya que "defienden sus asuntos, sus argumentos de modo bestial, a gritos, como lo mandó por religión el pleitista Mahoma " (AZNAR CARDONA, Op. cit. 11 parte, fol. 362). Se puede confiar en una lengua
semejante, vehículo de disputas y falsedades? Hasta su forma es
sospechosa. Pedro de Valencia nos indica su “forma
de escribir en todo diferente y aun contraria... y el suyo viene al
contrario como hileras de soldados que marcharan a encontrarse y combatir"
(VALENCIA, op.cit, fol.21). Este caminar al revés indica una concepción
del mundo de valores invertidos, su forma militar una amenaza. Bernardo de
Aldrete nos dice que es "asperísima", Damián Fonseca sentencia
que es imposible que la aprenda un cristiano. Tenemos, pues, que se trata de una
lengua extraña, confusa, irracional en su composición, bestial en su
forma de expresión, imposible de ser captada por el cristiano, que es
decir, por el ser humano. López Madera, torturador de oficio, nos remacha
la afición que le tenían los moriscos hasta no abandonarla en el potro
de tormento (LÓPEZ MADERA, Gregorio, Excelencias
de la monarquia y reyno de España, Madrid, 1625, fol. 101). Y, aunque
él afirma que no les servia de nada, según había comprobado por su
profesión, es opinión general que resultaba el principal elemento para
realizar conjuros, esas extrañas parrafadas propias de hechiceros y médicos
moriscos. También les sirve para comunicarse cosas ocultas que sólo podían
ser la localización de sus supuestos, y buscadísimos, tesoros o las
consignas de sus conspiraciones. Luego, si es una lengua apropiada por
esencia para la traición, hablarla ya es conspirar. Esto resultaba una
terrible perspectiva para los partidarios de la extirpación de todo lo
que oliera a morisco, ya que, para ellos, mientras resultaba imposible el
aprendizaje de la algarabía por el cristiano, los moriscos si alcanzaban
a comprender la lengua romance. Si están solos, su lengua, en sus fiestas
y bailes sin presencia de cristianos viejos, les sirve para conspirar ya
que "usan de nombres moros en sus casas y comunicaciones secretas"
(Memorial del obispo de Segorbe, 1587).
Jaime Bleda nos señala que, incluso en los propios patios del
palacio real, sin distintivo que los señale (una de las peticiones mas
reclamadas por estos escritores), espían y "están
investigando cosas de la defensa y guarda de la sociedad cristiana". Los escritores de la época, de
entremeses y comedias, historietas y relatos cortos, como Céspedes y
Meneses, Quevedo, Lope de Vega o Agustín de Rojas, los muestran, cuando
los describen hablando en castellano, en su aspecto más ridículo y
perverso de su condición de siervos. Sus fallos lingüísticos que se
presentan como intencionados, son como las "medias
palabras" de los esclavos cuya mala idea es proverbial en la
tradición literaria. Todos estos datos, a pesar de su
independencia aparente, funcionan dentro de este esquema en forma circular
y dinámica respecto a un centro común, lo que representaba 1a "algaravía"
para los escritores de la época de finales del siglo XVI y principios
del XVII, y que han transmitido sus valores semánticos en el ámbito
‘popular’ (de uso corriente), a través de libros, relatos y
representaciones teatrales, hasta la actualidad. Al moverse y actuar,
todos estos elementos dispersos se transforman en una unidad que define un
objetivo: la algarabía representa al morisco que debe ser eliminado. Y
terminan sonando en nuestros oídos como una repetitiva carraca.
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