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Conclusiones |
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Habíamos planteado una tesis sobre los mecanismo de actuación de la Publicidad monárquica o representativa, a principios del siglo XVII, en torno al nacimiento de los actuales espacios de comunicación pública. Por lo tanto, debíamos encontrar un objeto de estudio donde se cruzaran diversas líneas transversales que afectaran a la historia de la comunicación: a) Un hecho político -en el sentido de afectar a la estructura del estado -, que la monarquía necesitara consensuar y publicitar; b) Un acto concreto, noticiable, que tuviera un carácter ceremonial y, a su vez, estuviera dedicado a la propaganda del régimen monárquico. c) Asimismo, buscamos un acontecimiento que nos permitiera la comparación entre dos redes de comunicación monárquicas diferentes para extraer unas conclusiones más acertadas en nuestro laboratorio experimental. Los
matrimonios reales de 1615 han cumplido estas expectativas ya que fueron
auténticas ceremonias de la información: su sentido ritual se
utilizó para un despliegue propagandístico de los valores monárquicos y
su carácter de ceremonias de estado provocó un profundo cambio interno
en las relaciones matrimoniales-patrimoniales de las dos familias reales. Controvertidos,
discutidos, causa incluso de una guerra civil, los matrimonios reales
franco-españoles de 1615 provocan un despliegue propagandístico que
afecta fundamentalmente a las dos cortes reales de París y Madrid, pero
cuyos movimientos diplomáticos alteran toda la estructura geopolítica de
la Europa cristiana occidental. Hemos
superado el menosprecio de la historiografía clásica sobre el objeto de
estudio (los matrimonios reales) y sobre el periodo histórico considerado
(una etapa de paz relativa en Europa). Gracias a ello, nos hemos evitado
leer las aburridísimas descripciones de batallas y triunfos militares,
movimientos de tropas y gastos de intendencia, tan caros a los
especialistas de la historia nacional de ambos países.
Debido a la ausencia de estudios sobre algo considerado propio de
la historia en minúscula o historia de la vida privada (o anécdota o
historieta), hemos utilizado bibliografías y metodologías diferentes,
procedentes de los campos de la etnología, la sociología y la historia
del arte para alcanzar una mejor comprensión de los hechos. La
primera conclusión que podemos extraer es la eficacia del estudio
interdisciplinar y comparativo para un trabajo de historia de la
comunicación. La historia político/económica, que amputa la historia
social y cultural o la pone al servicio de los intereses de una historia
parcializada de ‘lo público’, no sirve como instrumento de
investigación para la comunicación social. La
historia nacional[1],
exclusivamente centrada en un ámbito concreto al que se considera único
y autónomo, no permite entender la complejidad y la interrelación de las
unidades estatales que conforman la realidad europea del periodo
estudiado. Además, en ambos casos, la historia política o la historia
nacional, presentan como originales hechos y comportamientos que
pertenecen a un espacio y un tiempo mucho más extensos. Su ombliguismo
europeo y su idealismo político (basado en un modelo androcéntrico de la
esfera pública) representan un peligro en el que hemos visto caer una
gran parte de los estudios que analizan esta época. Al
contrario, hemos utilizado en nuestro trabajo los matrimonios reales como
un microcosmos interpretativo a través del cual hemos atravesado con
diversos vectores o líneas de interpretación el periodo estudiado, lo
que nos ha permitido una mejor comprensión del mismo. El periodo
1598-1621, en que se enmarcan, es un tiempo de radicales cambios en
Europa, tanto culturales como científicos, permitidos precisamente por
esta relativa paz que vive el continente. 1.
Contexto: el periodo estudiado (1598-1621) En
1598, se firma el Tratado de Vervins por el que la monarquía española
reconoce la nueva dinastía francesa de los Borbones y se retira a las
posiciones territoriales del Tratado de Cateau-Cambrésis, alejándose
de las pretensiones de constituir una monarquía universal o, al menos, de
ejercer una indiscutible hegemonía política en Europa. Esta aparente pérdida
política, tan llorada por la historiografía nacionalista, corresponde
con el despliegue de la influencia cultural española que marca todo este
periodo con una amplitud que comienza ahora a ser analizada en
profundidad. En 1615, las dos monarquías, Francia y España, van a completar mediante una alianza personal, el pacto de 1598, firmado pero no asumido y cuya fragilidad se había visto claramente en la crisis militar de 1610. La paz, sellada con los matrimonios, termina con un periodo de veinte años de conflicto y dura hasta 1635 en que se inicia otro largo periodo bélico, donde Francia impone, definitivamente, su hegemonía en Europa y hereda el papel que se había otorgado España, como muy bien analiza el último trabajo de Jean Frédéric Schaub. El
doble enlace familiar de 1615 representa, mágicamente, como dicen los
textos y reflejan los grabados que hemos estudiado, una conjunción astral
de dos luminarias, un intento de ser dos en un único universo.
La pretensión dualista que tienen sus defensores, tanto como la
monarquía universal, ha provocado continuamente guerras civiles en Europa
hasta mediados del siglo XX. Obviamos
entrar en las polémicas sobre una posible decadencia española, pero
observamos que este término aparece, como acicate y estrategia literaria,
en una serie concreta de teóricos, magníficamente estudiados por Jean
Vilar, que reclaman una renovación del poder político en la corte de
Madrid. Obviamos
entrar a discutir cual de las dos monarquías estaba más unificada o
centralizada, pero creemos que se debe matizar tanto la visión de un
cuerpo desgarrado en trozos mal compuestos, como indican los textos
panfletarios franceses sobre la monarquía española[2],
como la idea teleológica (es decir, finalista y creada desde
planteamientos actuales) de una Francia única, en vez de las diversas
Francias que contemplamos en este periodo. Sorteamos
todas las dificultades para no entrar en las discusiones sobre el término
absolutismo – ahora en discusión -, aunque observamos una
unanimidad en ambos países en la reclamación del poder, absoluto en última
instancia, del monarca como garante del estado. El matiz se encuentra en
si este poder absoluto lo ejerce el príncipe, que se encuentra por encima
de la ley, o el monarca, de acuerdo absolutamente con la ley que él
representa[3].
La
sacralización del monarca, o de la monarquía que él representa, está
en ambos casos garantizada, y en los dos países, la mayoría de los
textos[4],
reclaman de una actuación personal del monarca que se contradice con el
aumento de la complejidad del aparato estatal y la aparición de figuras
intermediarias entre el poder monárquico y las distintas facciones
cortesanas en lucha. Estas peticiones han sido confundidas todas en el
mismo saco de la construcción del estado centralizado moderno o del
nacimiento del controvertido término de ‘absolutismo’, cuando, muchas
de ellas, responden al sueño de una ilusionada vuelta a la figura
medieval de un rey cercano y paternal[5].
La
hipótesis que planteábamos sobre la importancia central de los
matrimonios reales de 1615 ha quedado confirmada: el doble enlace marca el
centro del periodo estudiado, es consecuencia y causa, prenda y garantía,
de la paz que se mantiene desde 1598 hasta 1635. Al mismo tiempo, la doble
alianza permite el trasvase y es, en cierto modo, el puente de comunicación
de todo el pensamiento cultural y político español en Francia. El
enlace de 1615 se enmarca en el cambio de rumbo que toma la reforma católica
en Europa y se convierte en una de las piezas claves del nuevo gobierno
devoto en Francia. Este acontecimiento significa no sólo la entrada
oficial en el país del concilio de Trento, cuyas normas se aplicaron por
primera vez en las ceremonias de Burdeos, sino la apertura de una profunda
transformación espiritual que afecta a toda la sociedad francesa. La
extensión de los colegios jesuitas y la proliferación de los conventos
carmelitas se une a la aparición de nuevas órdenes religiosas francesas
dedicadas a la misión interior y la educación de las elites, así como
el desarrollo de una literatura mística propia y una nueva
espiritualidad. La conversión en masa de la aristocracia y la
intelectualidad al catolicismo irá acompañada de una agresiva política
militar contra el refugio protestante que acabará a finales de siglo con
la revocación del edicto de Nantes de libertad religiosa. El
cambio geopolítico que provoca la alianza matrimonial/patrimonial
franco-española afectará a todo el continente. La lucha de las dos
coronas se enmarca a partir de este momento en una disputa familiar y dinástica
de la que Europa llegará a desentenderse, como en el caso de la
continuidad de la guerra de Ana de Austria contra su hermano Felipe IV,
una vez firmado el Tratado de Wetsfalia. Sin
embargo, la visión de la unión posible de las dos coronas bajo una misma
dinastía – ya planteada desde 1615 -, preparará el frente común
contra la hegemonía francesa de toda la Europa nórdica, representado
fundamentalmente por la alianza creciente de Holanda e Inglaterra.
El triunfo definitivo de la política instaurada con los
matrimonios reales franco-españoles, es decir, el gobierno de los
Borbones en las dos coronas, desencadenará el enfrentamiento anglo-francés
durante más de un siglo. El
análisis de la historiografía nos ha llevado a conclusiones diferentes
de las hipótesis con las que partimos en un principio. La historiografía
tradicional ha despreciado el objeto histórico de los matrimonios reales
considerándolos como anécdota histórica. Es decir, una parte de lo
privado que no es materia historiable. Al
mismo tiempo, y por parecidas razones, los estudios sobre publicidad política
desde la tesis fundacional de Habermas, sólo han considerado la
existencia de una esfera pública constituida a partir del momento en que
se discutía en este espacio ideas políticas. Un
análisis más detenido de la historiografía nos llevó a comprender las
razones de esta antipatía y agresividad que desplegaban los historiadores
del XIX y del XX contra los matrimonios reales. Los primeros a los que
podemos considerar historiadores burgueses de lo público, sólo fijaban
su atención en un espacio político de actividad exclusivamente
masculina. Los matrimonios reales eran condenados al silencio o a la anécdota
por dos razones.
Al
llegar el terrible siglo XX, los funcionarios universitarios de la
historia practicaban el anti individualismo y la deshumanización características
de las ciencias sociales durante este periodo. La alergia a la anécdota
venía ahora precisamente de la invectiva contra la historiografía
anterior y, en general, de la crítica del llamado individualismo burgués.
El
economicismo, el estructuralismo y el marxismo sustituyeron al hombre por
cifras explicativas, y a las estrategias individuales por estructuras
condicionantes. La serialización seudo científica que afectó tan
profundamente – y sigue afectando - a las ciencias sociales, en sus
deseos de reconocimiento como disciplina científica, no podía tener en
cuenta el matrimonio real. Encontramos
una causa fundamental de esta alergia tan pronunciada. Se trataba de una
doble transversal que unificaba ambas historiografías contra este tipo de
acontecimientos sociales y que venía de la accidentalidad y el azar que
envolvían a los matrimonios reales, de su propio carácter de anécdota.
La propia esencia de la historia nacional y de la historia
seriada se ponían en cuestión (si se aceptaba la menor influencia de
un hecho tan puntual como un matrimonio) ya que ambas, aparentemente
alejadas, tenían un objetivo común: evitar la influencia perniciosa del
acontecimiento ocasional sobre una historia ya establecida de antemano. El
carácter determinante que podían tener los matrimonios reales era una
monstruosidad que debía eliminarse o reducirse al ridículo.
a)
Los estados nacionales, cuya naturaleza estaba teleológicamente
determinada por las necesidades de la historia, de la geografía o de un
fantasmático espíritu de la voluntad popular, no podían haberse
constituido por una sucesión de accidentales matrimonios reales. La única
solución era obviarlos o reducirlos a un asunto diplomático (en todo
caso, los matrimonios reales no eran causa sino consecuencia de las
necesidades nacionales). b)
Si el rumbo marcado de la Historia con mayúscula podía ser
alterado por una anécdota[6],
era imposible establecer estatutos fiables a la disciplina y ésta veía
en peligro su rango universitario. El hecho ocasional tenía que ser
sometido, articulado o aplastado, por las omnipotentes leyes de la
Historia. La anécdota fragmentaba la Historia en historias, rompía las débiles
fronteras que mantiene con el campo de la ficción. El
autor de este trabajo, al fin y al cabo universitario, también ha
intentado cumplir las reglas de la disciplina. Concretamente, serializando
los matrimonios de los Habsburgo a lo largo de dos siglos. El resultado
fue descubrir que las normas existían pero que, posteriormente, en cada
caso, los protagonistas se comportaban como partícipes de una estructura
viva, adoptando diversas estrategias e imponiendo
sus condiciones. Es
decir, las normas analizadas por Levi-Strauss o Luc de Heusch para los
matrimonios reales patrimoniales existían, pero se articulaban en razón
de estrategias individuales o patrimoniales concretas y del azar de la
disponibilidad de individuos (masculinos y femeninos) para ser
intercambiados en los enlaces. Las reglas son, por tanto, uno de los
elementos a considerar, en igualdad frente a otros dos (estrategias y
azar), y no el elemento determinante. Otro
aspecto era el difícil estatuto de la anécdota, de la noticia que nos
transmiten los textos de la época y que son recogidas en los libros de
historietas por parte de escritores de libros de divulgación. Este
material es interesante pero debe ser analizado con cuidado: a)
Por una parte, la anécdota siempre pertenece a la estrategia
discursiva del relato (la retórica de lo narrado) en que está inserta
sin que importe, en principio, la veracidad de la misma. Lo trascendental
son las razones por las que un autor, de la época o posterior, la sitúa
como elemento explicativo o índice de verosimilitud de su relato. b)
La mayoría de las anécdotas que se cuentan sobre los monarcas
pertenecen a series de relatos, topos y figuras, que conforman una
determinada figura del rey. Al igual que en las vidas de los santos, con
la misma intencionalidad que la literatura hagiográfica, los préstamos
son frecuentes y deben ser considerados como parte de una estructura que
da sentido al relato. c)
La importancia de una anécdota varía jerárquicamente en razón
de los autores que la citan, de su carácter universitario o divulgativo,
del lugar en que la destacan o la insertan. La repetición es algo tan
importante como la excepcionalidad, la selección tanto como la eliminación
de un acontecimiento. d)
Finalmente, el acontecimiento, la noticia, debe ser marcado arqueológicamente
(es decir, señalado por el lugar donde fue encontrado) antes de ser
utilizado como material de un nuevo discurso.
La
frase ‘París bien vale una misa’ (Paris
vaut bien une messe), atribuida al rey Enrique IV antes de su
conversión e inventada por Voltaire, responde adecuadamente a la
intencionalidad crítica de los ilustrados del siglo XVIII respecto a los
ceremoniales católicos, pero resulta incomprensible a finales del XVI.
Sin embargo, la anécdota no debe desestimarse porque esta frase es la
piedra angular de la creación en la historiografía del siglo XIX del
mito de Enrique IV como hábil político moderno, constructor de la nación
francesa por encima de los enfrentamientos civiles. La
anécdota atribuida a varias princesas francesas y españolas de desear
retirarse a un convento antes que casarse con una persona que no sea rey[7]
(o de sus enfados cuando son destinadas a casas menores, como el ducado de
Saboya o de Lorena, casamientos igualmente posibles) puede tratarse de una
invención, una broma (plaisanterie)
cortesana, pero indica una jerarquía clara en la elección de candidatos
matrimoniales. Redes La
fiesta (corte y ciudad) En el bloque de análisis comenzamos por el estudio de la fiesta como la primera y más importante forma de vehicular la publicidad monárquica. La fiesta es una ocasión para comunicar los actos ejecutivos del poder, celebrar los acontecimientos del reinado y manifestar el despliegue de la magnificencia real. La fiesta es un espectáculo donde el rey, o sus representantes, ofrecen una representación de la potencia y efectividad de la monarquía. El
monarca aprovecha, en principio, los hitos festivos anuales de los ciclos
rituales agrarios para insertar su versión de la fiesta y,
progresivamente, impone su propio ciclo vital (nacimiento, llegada al
estado de adulto, matrimonio, muerte) y personal (logros diplomáticos y
militares) como acontecimientos o conmemoraciones festivas. El
poder vampiriza la energía desplegada en el regocijo popular y en forma
de arte efímero, consume excedentes agrícolas y artesanales, obliga a
gastos extraordinarios para satisfacer las necesidades del festejo. La
resistencia y la petición de contraprestaciones, los enfrentamientos de
la nobleza y el clero con la burguesía y los artesanos, en razón de
estos presupuestos extraordinarios, marcarán toda la época moderna. El
análisis de la fiesta nos revela dos espacios diferentes de expresión de
la celebración real, y dos redes de comunicación diferentes: la
corte-ciudad y la corte-palacio, ambas utilizadas por la publicidad monárquica
de forma distinta y con diferente intencionalidad, aunque finalmente
unificadas por la reproducción impresa (la retórica del relato de lo
sucedido). En
la corte-palacio, el entorno del monarca (la nobleza curial y la familia
regia) encarga productos de arte efímero (disfraces, coreografías, máquinas,
productos alimenticios) y contrata artesanos para producirlos (músicos,
actores, autores). La corte se da un espectáculo a sí misma, una
ceremonia colectiva de distinción y reconocimiento, donde la jerarquía
de los asistentes viene marcada por el lugar que cada uno de ellos ocupa
en el escenario de la fiesta. En
la corte-ciudad, las corporaciones municipales (elites ciudadanas y
oficiales reales, cofradías y gremios artesanales) son las encargadas de
la producción de arte efímero al servicio de la propaganda real,
mientras los miembros de la corte-palacio se ofrecen en espectáculo como
parte de la magnificencia regia (participando en los desfiles, torneos,
juegos de cañas, toros y quintanas). Esta presencia provoca acuerdos y
enfrentamientos constantes ceremoniales-jerárquicos por la situación y
el lugar a ocupar. La
fiesta conoce expresiones estéticas diferentes en las dos monarquías
que, en la corte francesa, se concretarán en el ballet de corte y, en la
corte española, en la comedia. Ambas formas o géneros publicitarios
festivos (ballet y comedia) tendrán, asimismo, una diferente puesta en
escena cuando se interpreten en los espacios de la corte-palacio o la
corte-ciudad. El
ballet efectuado en palacio será interpretado, al menos teóricamente,
por la familia real y el propio monarca en persona, y se profesionalizará
al ser trasladado a un teatro ciudadano. La comedia tendrá una diferente
actuación, lenguaje y contenido cuando se interprete en los jardines de
palacio que cuando sea representada en el corral de comedias. El
ballet cortesano del periodo 1598-1621 evoluciona en motivos y contenidos,
personajes y estrategias manteniendo el enfrentamiento orden-caos del
ballet original, solucionado por el triunfo final de la ley y la jerarquía
interpretadas como la Edad de Oro. La corte aprende, a través del ballet,
la pedagogía de autocontrol corporal y expresa a través de este arte, la
domesticación de la nobleza curial evolucionando en figuras
(actuantes dispuestos en orden) ante el monarca, centro del ballet. El
guión del ballet trata en esta época, comienzos del XVII, sobre una
liberación (délivrance) de
una víctima mitológica o novelesca por parte del héroe representado por
el rey. Éste también cambia en su papel interpretativo desde la
representación de los personajes semidivinos del siglo XVI a los héroes
y dioses solares (Perseo, Helios, Apolo) que auguran la centralidad monárquica
inspirada en el cambio cosmológico del periodo que significa la teoría
heliocéntrica. El
poder monárquico puede optar por espacios diferentes para desplegar la
fiesta según la estrategia publicitaria elegida: así, en 1612, la fiesta
se expresará en espacios ciudadanos tanto en París como en Madrid,
mientras en 1615, los lugares elegidos serán palaciegos en ambas
capitales. Sin embargo, la vuelta de la corte (entorno del rey y familia
real) a la corte-capital, después del viaje hasta la frontera será
celebrada en ambos casos, Madrid y París, con dos magníficas entradas
reales. La
entrada real perderá en el siglo XVII el papel central de la publicidad
monárquica que había tenido en el siglo anterior (fundamental en el
periodo del emperador Carlos V o de los monarcas Valois franceses). Las
causas pueden ser múltiples, desde la inmovilidad creciente de la corte y
el alejamiento de la corte-palacio respecto a la corte-ciudad, hasta los
enormes gastos representados por las fiestas de recepción del príncipe. Pero,
fundamentalmente, la reticencia real a esta forma de festejo viene de la
disputa constante entre la interpretación de la entrada por el monarca,
que intenta controlar el guión programado para la fiesta en su beneficio,
y la interpretación de las corporaciones ciudadanas que pagan el
dispendio del festejo. Mientras el guión oficial del poder monárquico
tiende a presentar la entrada real como una victoria del príncipe y una
rendición de la ciudad (la entrega de las llaves es el punto
significativo), las corporaciones ciudadanas
introducen en el guión toda una serie de peticiones e interpretan
la entrada del príncipe como un reconocimiento, e incluso aumento, de los
privilegios y franquicias de la ciudad (la entrada de Felipe III en San
Sebastián en 1615, aunque oficiosa, es un ejemplo de esta orientación y
de estas ganancias obtenidas por la corporación municipal). La
monarquía, desde finales del siglo XVI, tiende a anular el efecto de las
entradas reales o a eliminarlas. En España, se concederá a la reina el
privilegio de la entrada, manteniéndose ausente el rey (la reina recibe
las quejas y peticiones de la corporación y promete transmitirlas al
monarca). En Francia, Luis XIV realizará su última entrada oficial en
París tras el casamiento con María Teresa en 1660, eliminándose
posteriormente las entradas reales durante un siglo. La
monarquía se alejará a lo largo del siglo XVII de la fiesta ciudadana
menos controlada, para refugiarse en las fiestas de la corte-palacio – a
las que publicita ampliamente la imprenta -. El rey utilizará cada vez
con más frecuencia el incógnito (encontrarse en un lugar sin
requerir ceremonia, abdicar de su papel de representación real). Al mismo
tiempo, el desarrollo de la imprenta permite la visibilidad de la fiesta
cortesana en todo el espacio del reino (mediante las redes de distribución
editorial), y una vigilancia más estricta de los contenidos y estrategias
discursivas (la fiesta impresa es el guión ideal de la fiesta que debió
ser, no de lo que realmente sucedió en palacio). El
Tedeum, canto de alabanza a Dios por las victorias reales, se irá
imponiendo como la gran ceremonia de la información a lo largo del
siglo XVII, tanto en España como en Francia, convirtiendo en
‘noticia’ sacralizada todo acto de la monarquía. El Tedeum permite la
celebración de los actos del monarca – agradecimiento a la divinidad
por el favor concedido a la persona del rey – mediante la representación
del rey ausente, aunque se encuentre presente como un devoto más. En
1615 asistimos a uno de los mayores despliegues del siglo en grandes
fiestas ciudadanas y cortesanas en honor de la monarquía, dedicados en
este caso a la glorificación de los matrimonios reales franco-españoles.
La fabulosa inversión económica (el gobierno de la regente agota las
reservas del Arsenal, aparte de recibir una generosa contribución del
clero y una ayuda importante de la embajada española), en este despliegue
publicitario, fue en razón inversa a justificar una decisión
controvertida en el caso francés. La
corte (entorno del rey y de la familia real) responde publicitariamente
con la fiesta al ataque de las facciones nobiliarias y parlamentarias
opuestas a la alianza con España que se expresan, respectivamente,
mediante una rebelión militar que lleva a la guerra civil, y una
avalancha de panfletos impresos contra la alianza y el gobierno de la
regente. La conclusión a la que llegamos, contraria a la historiografía
tradicional obsesionada con el medio impreso, es que el gobierno de la
regente utiliza soportes audio-visuales (la fiesta, las entradas reales,
las procesiones de acción de gracias, las predicaciones de los
sacerdotes, los Tedeum), mucho más prácticos que los de sus posibles
enemigos para vehicular su mensaje publicitario, y los aplica con una
efectividad evidente. Ceremonia
(rito y jerarquía) El
eje vertebrador de la publicidad real es el ritual. El lenguaje del poder
en la fiesta, sea ésta ciudadana o palaciega, se articula mediante una
gramática ceremonial. La corte-palacio y la corte-ciudad diseñan la
fiesta de acuerdo a una tradición, que se pretende inmemorial y que, en
este periodo, se codificará en libros impresos.
Los directores de escena sitúan a los actores protagonistas del
espectáculo monárquico en un espacio trazado previamente y de acuerdo a
un orden jerárquico establecido, que se atiene a movimientos estrictos
delimitados por estas leyes del ritual. Las
redes de comunicación de la corte se expresan a través del ritual diario
de los actos más cotidianos y manifiestan sus cambios en la disposición
jerárquica de las grandes ceremonias que acompañan los actos de estado.
Cada persona, desde el paje hasta el monarca, actúan de acuerdo con el
papel que le ha sido otorgado en el conjunto y, sus fallos y sus aciertos
les permitirán mantenerse, escalar
o descender en la jerarquía cortesana. El
problema del ceremonial es muy parecido al de las lenguas nacionales que
se están constituyendo igualmente en el periodo estudiado de comienzos
del siglo XVII: necesita, por una parte, una normalización concretada en
reglas que deben aprender sus participantes (una verdadera pedagogía del
movimiento, la actuación y la contención de sentimientos), y, al mismo
tiempo, transmitir la sensación de constituir (o tener como referencia)
una unidad eterna e inamovible. La base de la radical innovación que se
está realizando es negar precisamente que se esté realizando ningún
cambio (tanto en las lenguas como en el ceremonial, en ambos casos se
habla de purificación). Los reyes de armas, maestros del
ceremonial, inventan continuamente adaptaciones ceremoniales a
circunstancias concretas pero siempre en base a una supuesta práctica
inmemorial. En
este sentido, los matrimonios reales de 1615 representan una reflexión
profunda del ceremonial por parte de los ceremonialistas, con
adaptaciones, matices y cambios profundos en la expresión de la
publicidad monárquica. En el caso francés, se puede hablar de la
constitución de un ceremonial propio, y en el caso español, nos
encontramos con la expresión más completa del llamado ceremonial de
Borgoña, instaurado desde mediados del siglo XVI. La
corte francesa había construido progresivamente desde el Renacimiento un
marco ceremonial y unas normas de etiqueta para diferenciar la persona del
monarca, que tenían su mejor expresión en las magníficas fiestas de la
corte de los Valois. La destrucción de este universo cortesano por las
guerras civiles religiosas de finales del siglo XVI, llevó a la necesidad
de una reconstrucción y de una adaptación a las nuevas necesidades de la
corte-palacio, y de la desesperada ansia de legitimidad de la nueva dinastía
de los Borbones. A principios del siglo XVII, las normas tradicionales
solo marcaban con claridad (y aún así los matices son amplios) el
desarrollo ritual de la coronación (sacre) y el entierro del
monarca, ceremonias que sólo se desarrollarán dos veces a lo largo del
siglo XVII. Los
matrimonios reales de 1615 son la ocasión para crear este ceremonial
francés que anuncia orgullosamente el título del libro de Godefroy: Le
cérémonial Français. Esta familia realizará el salto de la
artesanía áulica del rey de armas, al ceremonial de estado de la corte
de Luis XIV. Su codificación, realizada en dos fases – por el padre y
por el hijo -, será definitiva para la realeza francesa como monarquía
ceremonial. La
corona española presenta un panorama absolutamente diferente. Sin
coronación y con un entierro no codificado, con las entradas reales
reservadas a las reinas y con un rey que desaparece (y convierte su
ausencia en un rito), España es una monarquía sin ceremonias, pero
gobernada por la más estricta etiqueta. El ritual borgoñón (tal como lo
entienden los Habsburgo, que cambian radicalmente la concepción medieval
original de la corte de Borgoña por una versión humanista, platónica y,
finalmente, teatral barroca de la actuación del monarca), es una gramática
para la actuación personal y diaria del monarca, que implica una norma
para las grandes ceremonias de estado (y acaba por determinarlas
profundamente). La etiqueta de Borgoña, entendida como norma para el auto
control de los sentimientos y las expresiones, penetra tan profundamente
en los comportamientos y actitudes de las elites de la monarquía española,
que termina confundiéndose con un supuesto carácter español (el humor
español de los textos)[8]. En
este periodo comienza el paso – trasvase -, de la etiqueta de Borgoña a
Francia, a través de la observación mutua que las dos cortes realizan en
los dos matrimonios reales del siglo XVII, la influencia aculturizadora
del comportamiento de las embajadas españolas – tan denostadas como
imitadas en París -, y la presencia de las sucesivas reinas extranjeras.
El estudio y comparación con los textos españoles que realizan los
Godefroy a nivel de ceremonia pública se completa por la traducción de
textos de cortesía italianos y españoles. El resultado será la completa
asunción de la etiqueta española en la regulación de las relaciones
interpersonales y en las formas de sacralización del monarca manifestadas
por la corte de Versalles. Sin
embargo, el doble cambio que se opera en este periodo es, en ambos países
y con diferentes formulaciones, el mismo, fusionando : a)
El cambio de ceremonias de lo estatal a lo vital, de los grandes
acontecimientos a la personalización de los mismos como experiencia vital
del monarca. b)
Asimismo el recorrido inverso: el paso de lo vital a lo estatal, de
las experiencias personales del monarca convertidas en ceremonias de
estado (hitos como el nacimiento, llegada al estado adulto, matrimonio,
muerte e incluso el transcurrir de lo anecdótico cotidiano como
enfermedades y accidentes, celebraciones y festejos, triunfos y victorias
militares) . La
imprenta, el producto impreso sobre las ceremonias reales, acerca este
nuevo personaje – la creación del monarca en esta época - convirtiéndolo
en un ser familiar entre sus súbditos. El público observa en primera
fila el espectáculo real. La ceremonia se convierte en noticia, lo que
Fogel llama ceremonias de la información. No son los grandes
tratados teóricos sobre el ceremonial, impresos igualmente pero leídos
únicamente por las elites del poder, los que transmiten esta imagen
personalizada del monarca. Son los ocasionales de bajo precio y rápida
distribución (literatura de colportage o literatura de cordel) los
que relatan las ceremonias de la monarquía como experiencia vital del
monarca. Más tarde, se visualizarán estas ceremonias a través de los
Avisos, las Gacetas, los primeros periódicos y, asimismo, mediante las imágenes
impresas, los almanaques y calendarios.
La imprenta será el soporte definitivo que afianzará la magia de
la monarquía en su periodo de mayor sacralización en Europa (llámese o
no absolutismo a este periodo). El
problema del ceremonial, de su versión escenificada y de su versión
impresa será mantener la atención de ese público, la emoción de
contemplar algo ‘inenarrable’. Para ello se controlará la tensión
constante entre el ceremonialismo necesario – aplicación de unas normas
rituales –, que debe ser reflejo de la magnificencia real (pompa
en sentido positivo) y no vale caer en una aplicación vacía de esas
normas (pompa en sentido negativo).
Se exige al poder una buena representación de sí mismo. Los
protagonistas, desde el más humilde cortesano al rey, también se
encuentran sometidos a esta tensión. Las ceremonias en la época moderna
marcan uno de los puntos básicos de la distinción de clase: las jerarquías
dependen finalmente de la actuación individual. El cortesano debe cumplir
de forma natural – con naturalidad[9] -, unas reglas que son
estrictamente dictadas por la norma. Al mismo tiempo, debe utilizar hábilmente
sus movimientos y su posición en el ceremonial para su estrategia
personal de ascenso en la corte. El
monarca no es un personaje preso, aunque esté condicionado por el
ceremonial, no es un robot, sino un actor que interpreta un papel. El
monarca no es una máquina,
aunque así lo haya visto cierta historiografía ceremonialista y aunque
lo desee todo un sector de la corte que defiende a través del ceremonial
su posición, sino el pivote que articula el ceremonial y lo adapta a cada
situación concreta. El ceremonial depende del capricho real (el favor o
la gracia real) y de la habilidad personal del monarca para
utilizarlo. El rey es un cortesano más (por ello, tiene libros que le
ayudan a comportarse como el príncipe que es).
La
conclusión sobre el ceremonial, tanto en el caso español como en el
francés, es que, tras la imposición supuestamente inapelable de normas
estrictas, nos encontramos con una aplicación estratégica y
circunstancial de las mismas. La gramática existe, y condiciona cada vez
más la actuación personal, a causa de su normalización escrita e
impresa, pero el lenguaje es muy rico en utilizaciones y matices que
modulan los diferentes escenarios ceremoniales de la modernidad. La
corte no es una estructura cerrada, aunque pretenda dar esta imagen, sino
un universo dinámico, cambiante y terriblemente competitivo. El
laboratorio de costumbres de la modernidad que imaginaba Norbert Elias es
una sala de experimentos enloquecida y a punto de explotar cada día. La
corte vive de la noticia, aunque su forma de vivirla sea a través del
ceremonial y la etiqueta. Los cortesanos, conocedores de la gramática del
ceremonial, siguen cada día los cambios que se producen a través de una
lectura atenta de las ceremonias que se suceden en la corte. Se articula
un baile constante de jerarquías, mediante alteraciones y movimientos
espaciales de los actores participantes que – convertidos en noticia -
evidencia, anticipa o provoca los cambios en la estructura y gestión del
poder Espacio
(Centro y periferia) Los
matrimonios reales de 1615 representan fundamentalmente una reflexión
sobre la situación en el espacio de ambas monarquías. España y Francia
se observan, se comparan, analizan sus elementos de unión y separación,
estudian sus límites tanto ideológicos como territoriales, sus deseos de
cohesión interna y expansión exterior. Hay
que liberarse, sin embargo, de los prejuicios aportados por una
obsesionada historiografía del siglo XIX que ha malinterpretado,
deformado u ocultado textos para confundir las teorías sobre la monarquía
y el aumento del poder monárquico con el nacimiento del estado-nación
actual. Las
elites que gestionan el poder en la monarquía española imaginan el
conjunto patrimonial del rey como una agrupación de territorios (llámese
monarquía compuesta o no) de los que, en cierto modo, su cabeza es
Castilla (o al menos así lo pretenden los escritores castellanos). Existe
una amplia reflexión sobre la monarquía y un ansía imperial nada
disimulada en los textos, pero que no coincide con una exacta identificación
territorial – tan clara sin embargo en el caso francés -. Sólo al
definirse en comparación con Francia, los teóricos de la corte de Madrid
hablan de reino de España. El plural acompaña todos los textos y las
nominaciones de los protagonistas incluidos los miembros de la familia
real (el príncipe heredero es nombrado como príncipe de las Españas). Las
elites que gestionan el poder en la monarquía francesa tienen una idea más
clara de “reino”, centralizado que tiene como centro la villa de París
(cuyo Parlamento expende ansias de poder clarísimas en los libelos de
este periodo). Pero, detrás de ese expreso ideal unificador de los teóricos
del poder de la corte-ciudad y de su parlamento, existen muchas Francias.
Su conciencia de unidad, al menos del grupo de teóricos áulicos, es
mayor y la expresan claramente al compararse con la dispersión de los
territorios españoles que califican continuamente de monstruosa.
En la confrontación con la monarquía española, estos teóricos
comienzan a definir un carácter nacional francés (que ellos oponen a un
supuesto humor español), y a delimitar unas fronteras naturales para el
país (que, por supuesto, están más allá de los territorios que poseen
en ese momento, lo que implica una violenta política militar a
desarrollar). Lo
español y lo francés son dos términos absolutamente delicuescentes que
se encuentran en proceso semántico de construcción (si es que alguna vez
van a dejar de estarlo). España es una construcción estatal reciente y
Francia pretende contar con una antigüedad mayor (confundiendo dominio
real y país). En ningún momento podemos considerar a estos dos conjuntos
territoriales como unidades estatales centralizadas ni pensarlas con una
visión cartográfica actual mediante fronteras delimitadas en un mapa. Las familias reales de ambos países tienen una fuerte
conciencia patrimonial, acompañada de una nula visión patriótica
nacional (manera de contemplar la situación en que son acompañadas por
todas las elites nobiliarias y eclesiásticas de sus respectivos reinos,
frente a una ínfima minoría de letrados humanistas, que han sido
magnificados e interpretados tendenciosamente por la historiografía
posterior). La
palabra más utilizada por los textos sobre los matrimonios reales de
1615, para simbolizar la unidad que se pretende con ellos, es Cristiandad,
un término ideológico-territorial, aun no sustituido por su equivalente
neutro Europa, término geográfico-ideológico. Los enlaces son
contemplados ilusionadamente desde
la perspectiva de restauración de la unidad cristiana, con un ansia que
no debemos contemplar únicamente (como lo hace la historiografía) como
un recurso retórico, y que desea orientar las energías militares del
conjunto contra el enemigo común: el Islam, representado por el imperio
otomano. Los
matrimonios reales de 1615 son, asimismo, un elemento de reflexión y un
factor de conflicto dentro de la gran cesura de división continental
creada por las guerras civiles religiosas del siglo XVI en Europa. El
doble enlace se enmarca dentro de la estrategia de reconquista católica,
y representa no sólo una victoria del partido devoto sobre los
protestantes y los políticos (o buenos franceses, como
acostumbran a autodenominarse), sino la asunción definitiva por parte de
la monarquía francesa de la reforma tridentina. Se puede definir a este
periodo (que llega hasta mediados de siglo en influencia cultural e ideológica)
como la Francia española. Los años veinte del siglo XVII son el
escenario de una agresiva destrucción por parte de los ejércitos reales
de las plazas de seguridad protestantes, y de una conversión masiva – y
programada – de las elites francesas que culmina en la colocación de
todo el reino de Francia bajo la advocación de la Virgen María tras la
victoria sobre la revuelta de los croquants.
En
la perspectiva de la frontera Atlántica, los matrimonios reales son
vistos como el fin del monopolio hispano-portugués instaurado después
del tratado de Tordesillas. Francia reclama esta dote extra europea como
una consecuencia del doble enlace igualitario de 1615, lo que se refleja
en las imágenes de poemas, ballets, fiestas, cuadros y grabados
conmemorativos. En
el continente, esta alianza familiar franco-española es percibida, desde
el principio, como una posible agresión y una alteración del equilibrio.
La competición de las dos monarquías por asumir el liderazgo europeo no
oculta los objetivos comunes que encarnan ambas. Los dos matrimonio reales
del siglo XVII entre Francia y España, llevarán a una reorganización de
todo el frente nórdico europeo que teme una posible monarquía universal
encarnada por una de las dos coronas (o por la unión de ambas).
Los
matrimonios reales de 1615 son unos matrimonios de igualdad,
puntillosamente guardados por ambas partes. Representan el intento fallido
de una diarquía dentro de una visión imperial. La monarquía española
abandona momentáneamente sus deseos de encarnar una monarquía universal
y acepta con aprensión la equivalencia con el reino de Francia. Por su
parte, la monarquía francesa recupera definitivamente su posición de
gran potencia continental y manifiesta unos deseos clarísimos de
embarcarse en la utopía imperial. La
actitud con respecto a la etiqueta y el desarrollo de las ceremonias en
ambas cortes, los acuerdos y capitulaciones matrimoniales, la evolución
de las embajadas y la disposición de los viajes reales, son el resultado
espacial de estos acuerdos de igualdad. Desde 1612, las dos cortes
planifican que todo se hará al mismo tiempo y a una distancia
equivalente. Para ello, se realiza un viaje de reconocimiento encargado a
dos embajadas extraordinarias que firman
las capitulaciones matrimoniales (y la anulación de la herencia de ambas
princesas que las deja en un plano de igualdad) y señalan el terreno de
juego. El camino de postas seguido por estos embajadores será el que la
corte siga en su desplazamiento, las etapas que realizan son las que se
efectuarán y el cruce de
ambos en Burgos y Burdeos marca los límites de ambas cortes (no la
frontera estrictamente). Se encarga, asimismo, el arreglo de este camino
cuyas obras comienzan desde ese momento. Las
cortes respectivas se desplazan en 1615, según los acuerdos, a Burgos y
Burdeos, donde los monarcas debían permanecer y donde se celebran los
casamientos por poderes. Los dos nobles, el duque de Lerma y el duque de
Guisa, no sólo representan a los monarcas en la ceremonia sino que, en
razón de este papel de representación que han asumido, son los
encargados de acompañar a las princesas para entregarlas en la frontera.
Las comitivas siguen el camino hasta el punto marcado en el centro del río
Bidasoa, en el paso de Behovia, una isla artificial que no pertenece a la
soberanía de ninguno de los dos países. La
alteración del protocolo, provocada por el inusitado viaje del rey español
Felipe III hasta la frontera, muestra, por contraste, la fuerza de estos
puntillosos acuerdos de igualdad previos. El monarca ejerce su capricho
– criticado hasta la saciedad por los textos franceses que lo acusan de
incestuoso -, pero debe viajar utilizando el sistema de incógnito, y su
presencia queda excluida tanto del libro oficial de Mantuano como de los
cuadros conmemorativos. Por
otra parte, los acuerdos de las dos cortes, influidos por una creciente
cultura cartográfica militar, chocan con una realidad más compleja en la
frontera. Los ríos y las montañas no son las rayas sobre el papel que
marca la nueva visión delimitadora, sino espacios vivos de unión entre
comunidades, Las tensiones se mantienen hasta el final en Navarra, donde
se produce una guerra larvada
– pero con víctimas -, de vacas y de pastos. La confrontación llega a
ser extrema en las juntas de Guipúzcoa. Las
consecuencias para la creación de la frontera occidental de los Pirineos
entre España y Francia son cruciales. La llamada raya de Francia
se convierte definitivamente en Frontera. Se determina la división de las
dos Navarras con la separación de las jurisdicciones episcopales y la
inclusión de la Navarra francesa en el dominio real común a toda
Francia, con lo que desaparece en la práctica la ficción de los dos
reinos (Francia y Navarra) que se conservará en la heráldica hasta 1789.
Por
otro lado, se delimitan los territorios jurisdiccionales del obispado de
Bayona, independizado de Pamplona. Se afirma la centralidad de San Sebastián,
donde sus elites logran los privilegios de la capitalidad de la Provincia,
imponiéndose sobre los derechos tradicionales de las Juntas. Todos estos
acuerdos serán sancionados en los segundos matrimonios del siglo XVII que
acompañan la paz de los Pirineos.
Producción
Literatura
(estrategias discursivas) Nos
encontramos en el momento clave de creación de la figura del autor y en
la aparición de una conciencia de grupo diferenciado, dentro de los
letrados, por parte de los productores de obras literarias. La publicidad
monárquica va a permitir la articulación de un mecenazgo por parte de
los gestores del poder, un encargo de obras de todo tipo para la celebración
de los actos reales y la creación de cargos e instituciones palaciegas
que permiten una continuidad de ingresos para los miembros del grupo. El
artista está convirtiéndose en autor y debe adoptar una difícil
estrategia para crear una obra personal y, al mismo tiempo, venderse como
pluma reconocida para sobrevivir. Desde este punto de vista, la comparación
de dos autores reconocidos (Lope de Vega y François de Malherbe), que han
trabajado para las celebraciones de las bodas de 1615, nos permite en este
trabajo extraer consecuencias sobre el conjunto de creadores literarios
del periodo y sus complejas relaciones con la publicidad monárquica. Nos
encontramos con productos literarios dedicados a espacios escénicos
diferentes (el corral de comedias y el Hotel parisino), con una composición
de público distinta (el espacio interclasista del corral y el espacio
burgués y de nobleza de oficio del Hotel), con un lenguaje estético
igualmente diferente (barroco y clasicismo). Lope de Vega y François de
Malherbe pertenecen al mundo de la corte-ciudad, viven en ella y trabajan
según los encargos de la corte-palacio. Su correspondencia nos muestra la
importancia que la información posee para ellos como elemento de
intercambio, como se van creando redes de comunicación inéditas que
afectan a este grupo de creadores de opinión.
Iconología
(estrategias de la imagen) En
el mundo de la imagen, pintada o impresa, se está produciendo un proceso
parecido respecto a la autoría y el encargo, con una influencia más
directa de las directrices de propaganda real, una mayor dependencia del
mecenas (en el caso de la pintura) y del público (en el caso de la imagen
impresa), centrado en el desarrollo de un mercado del arte y en el
coleccionismo de los gestores del poder (que los validos y ministros
reales encabezan creando las grandes colecciones de la monarquía). La
publicidad real trabaja en iconología con motivos que provienen de la
larga tradición artística, en el marco del barroco y dentro de los tres
géneros dominantes en la época (bodegón, paisaje y retrato) aplicados a
cuadros narrativos que explican o imaginan ceremonias representativas de
la monarquía. La imagen de
la pintura y el grabado concentra en un instante mágico todo el
desarrollo de un acontecimiento que le supera espacio-temporalmente. La
imagen, por la obligación del soporte que la focaliza en un lugar y
momento concreto, es la mejor expresión de la noticia inventada del
barroco. La
imagen responde a los textos escritos sobre los matrimonios reales con una
gran fidelidad. Traduce a un lenguaje icónico las intenciones de la
publicidad monárquica. Asimismo, la imagen impresa traslada la publicidad
monárquica a las calles de la ciudad (carteles impresos, affiches)
y al interior de las viviendas (imágenes para colgar), acompaña la
lectura de los textos de propaganda (ilustraciones de libros) y tiene una
duración mayor que los impresos ocasionales (almanaques anuales o
grabados decorativos). La imagen impresa permite una visión inédita
hasta entonces del poder, acercando al público al mejor puesto de visión
del espectáculo real (incluso mejor que los propios asistentes al acto). La
imagen impresa de la publicidad real constituye la base de tres procesos
diferentes: a)
Realiza una pedagogía del poder hacia un público que supera a los
letrados (ya que la imagen responde a los textos pero no necesita ser leída
estrictamente). b)
Exige una representación adecuada del monarca y los gestores del
poder, que finalmente se comportan como la imagen que los representa. c)
Permite unas interpretaciones diversas de la imagen del monarca,
aunque se atenga al dictado de las estrategias literarias y al estrecho
marco de un estilo artístico y un soporte inmóvil. Ensayo
(estrategias del debate) La
necesidad de justificación de las acciones del poder ante una supuesta
opinión pública reticente abre una fisura importante, una brecha en el
armazón ideológico, que permite la introducción de temáticas y
planteamientos ajenos a la intención original del poder. Los espacios de
opinión pública piden esta justificación, viven de ella y extienden su
campo de acción (más público, más lectores, más influencia) gracias a
las sucesivas polémicas que se provocan en la llamada opinión (término
que la época de comienzos del siglo XVII ya utiliza como existente tanto
en Francia como en España, auque sea para despreciarlo como ‘bruit’
– ruido y rumor, o como mentidero). Los
escritores encargados de crear los productos de la publicidad monárquica
son los mismos autores de los libelos que se encargan de defender las
explicaciones de los gestores del poder o argumentar a favor de las
facciones excluidas del poder. En este campo de producción o género artístico
funcionan del mismo modo que en las otras comandas y encargos. Aun dentro
del supuesto anonimato, defienden una calidad de la autoría que les
permitirá recibir otros encargos. Los
matrimonios reales de 1615 – y la oposición que suscitan en las
facciones nobiliarias, parlamentarias y protestantes – provocan un aluvión
de textos, réplicas y contrarréplicas en Francia (no así en España).
Los matrimonios reales se sitúan en el centro de la reflexión sobre la
política de la regente María de Médicis, la reforma de la justicia en
torno a la venalidad de los oficios, el papel del Parlamento como
fiscalizador de la acción real, las alianzas internas y externas del
reino, la actuación de su favorito Concini (y de su favorita Eleonora
Galigaï),... El calculo sobre la tirada de ocasionales en el periodo
1612-1618 puede alcanzar el millón de ejemplares. Los dedicados directa o
indirectamente a los matrimonios reales son muchos más que los señalados
por la historiografía tradicional. En un setenta por ciento de los
panfletos, los matrimonios son citados en alguna forma (dos de cada tres).
En el capítulo final de Fuentes están recogidos la mayoría de ellos
(afortunadamente, para el autor de este trabajo, su extensión supera
raramente las 16 páginas por texto). La
estrategia discursiva de los panfletistas busca la adhesión del mayor número
de lectores en torno a los presupuestos que defiende el panfleto. Por lo
tanto, el debate parte de una reflexión sobre presupuestos comunes de
consenso, un fondo compartido de conocimientos y de tópicos, que son
compartidos por el escritor y el público al que pretende dirigirse. Los
géneros que utiliza el libelista son fundamentalmente: el judicial
(aportación y exposición de pruebas junto al ataque de las aportadas por
el contrario) o el escrito carnavalesco (ridiculización de los argumentos
contrarios o exposición irónica de los propios). Normalmente, los textos
son de pocas páginas – sobre todo, los contrarios al poder constituido
- pero pueden llegar a tener, en ciertos casos, la forma de un tratado,
como el del Doctor García, la Antipatía de los españoles y los
franceses. El libro del doctor García es un claro ejemplo de este
tipo de libros, aunque se trate de un encargo concreto para la justificación
de los matrimonios reales de 1615 que es utilizado finalmente para el propósito
contrario a la comanda. El
debate permite la introducción, dentro del discurso de los fabricantes de
opinión, de conceptos, opiniones y temáticas impensables por el poder
monárquico a la hora de realizar el encargo. El debate es la fisura
creada por el poder y donde se instala un nuevo grupo de creadores de
opinión, surgido en principio de los publicistas reales, con una fuerte
conciencia de grupo. Este espacio es el embrión, pero no el único, de
una posible esfera pública (o de la invención de la misma como mito
social). La
esferas privativas y públicas a comienzos del XVII A
comienzos del siglo XVII, las familias viven la existencia como un
continuum donde se confunden actos privados y existencia pública. Una
enfermedad real y una victoria militar son equivalentes y tienen el mismo
tratamiento en la ciudad-corte como noticia. Es la historiografía
contemporánea la que las diferencia jerárquicamente. No hay diferenciación
de lo privado y lo público en los entornos de 1615. Por
el contrario, a comienzos del siglo XVII se manifiesta un inusitado interés
por lo que hoy consideraríamos vida privada de los monarcas. Debido al
aumento de la comunicación y de la capacidad técnica de lo impreso, se
tiene acceso a aspectos íntimos de la monarquía que antes no eran objeto
de atención. La existencia cotidiana del monarca (traducida a anécdotas
significativas que se repiten incansablemente) es expuesta como expresión
de su majestad y magnificencia, dentro de un proceso general de
sacralización de la monarquía ritualizada tanto en España como en
Francia con las fórmulas de la etiqueta borgoñona.
Esto
no quiere decir que no se esté avanzando en una definición de lo público
que, al definir sus fronteras, terminará aislando a lo privado y delimitándolo.
La renovación de los estudios del derecho y de la historia por la
influencia del clasicismo humanista lleva a este redescubrimiento de lo público
como parte de la res pública. El grupo de letrados incide en
diversas formas: a)
A nivel de derecho, y recogiendo la herencia romana, se afirma la
idea de patrimonium, propiedad del padre (en torno al pater
familias) y esta propiedad marca unas fronteras que señalan la esfera
de lo privado como el lugar donde este personaje tiene patria potestad
(una soberanía que excluye intervenciones exteriores y define lo íntimo
como su territorio particular). b)
En la res pública, esta reunión de propietarios define sus
relaciones que marcan el espacio de lo público, sin que entren en crisis
de momento las relaciones jerárquicas de la sociedad estamental. El
monarca, supremo propietario del reino, como soberano absoluto del mismo,
es el garante de estas relaciones de lo público. c)
En el campo de la producción artística se está definiendo
igualmente el campo de la propiedad intelectual – por tanto, del autor
– y del público que sanciona esta autoría. d)
La opinión, ya definida en el siglo XVI generalmente en sentido
negativo – imposición de lo particular sobre lo general o público -,
se encuentra ahora implícitamente acompañada del adjetivo público. Este
término, público, está recibiendo una carga semántica nueva en
sus variados sentidos (desde el origen clásico de la res pública
al nominativo ‘el público’, el neutro ‘lo público’ y el adjetivo
‘público’ aplicado a acción – acto o ceremonia públicos - y opinión
– opinión pública - ). El diccionario de Covarrubias es muy claro al
respecto. La
unión de todas estas acepciones de lo público a comienzos del
siglo XVII sólo se realiza en el campo de la comunicación: el término
en sus diferentes variantes – algunas de ellas enfrentadas y
contradictorias – implica siempre ‘publicidad’ de algo. Todas las
acepciones se unen por su carácter de publicidad representativa. Pero, ¿qué
es exactamente representación en este periodo? En
torno a la noción de representación y publicidad representativa La
representación, a comienzos del siglo XVII, tiene dos significados que se
unen en la llamada publicidad representativa o publicidad monárquica: a)
La representación es la sustitución legítima de alguien por un
representante legítimo. b)
La representación es la ceremonia por la que el representante
interpreta adecuadamente lo ausente. La
monarquía es una representación continua del poder: el monarca
representa la majestad de la monarquía y los representantes del monarca
representan al monarca (a su majestad por delegación). Las ceremonias de las bodas reales de 1615 juegan continuamente con estos dos valores de la representación (como sustitución de la persona real mediante objetos o personajes que lo representan, y como escenificación de la actuación real a través de guiones que siguen estos representantes o el propio monarca). Los protagonistas serán continuamente actores de la publicidad representativa que encarnan. El
valor teatral de la representación del poder monárquico a comienzos del
siglo XVII es esencial para entender todos los mecanismos del espacio de
comunicación pública, sus redes y sus productos. Todas las estrategias
están destinadas a ofrecer una buena representación, una adecuada
escenificación del poder. Pero
la representación del poder monárquico no está diferenciada de la
realidad (la representación de la monarquía es la Monarquía),
como muy bien ha señalado Louis Marin al comparar la representación real
(la imagen del rey) con la representación del misterio de la
transustanciación (la imagen de Dios está tan presente como representada
en la hostia consagrada[10]).
Lo
representado está presente en la representación. Esa es la base de la
publicidad monárquica o representativa (el misterio mágico de la monarquía
en definitiva): la majestad se hace presente en la ceremonia que la
interpreta (sea en la actuación del monarca representándose a sí mismo,
o en la de su representante representando al rey). En
las bodas reales de 1615 se llegó al extremo máximo de esta noción de
la representación real: en el paso de Behovia, sobre el río Bidasoa, el
duque de Uceda representó al monarca español en la entrega de la
infanta, mientras el rey Felipe III, que se encontraba presente en una
barca, no representó a nadie ya que no debía estar allí. La
conclusión es que la representación real supera a los propios
protagonistas, va más allá de su actuación. Esta independencia de la
monarquía respecto a los sujetos que la encarnan, permite una reflexión
de los teóricos sobre la monarquía y, por ende, sobre el sistema monárquico.
La representación real permite la creación de un espacio autónomo, un
lugar donde se puede teorizar sobre el poder, que es un embrión de la
esfera pública moderna. Todos
los textos que hemos estudiado van destinados a justificar o atacar la
conveniencia de los matrimonios reales de 1615. Todos ellos pertenecen, en
principio, a la publicidad monárquica que ninguno pone en cuestión como
sistema. Todos reflexionan de una manera u otra sobre la actuación del
poder, y en muchos de ellos se introducen variantes significativas y
novedades que matizan esta unanimidad original. Todos hablan de la monarquía
y de su representación, pero hay muchas monarquías tras el escenario que
describen. Tras las aparentes llamadas a la purificación y al retorno a
costumbres tradicionales, se están imponiendo cambios en todos los
aspectos de la vida social y en la forma de comunicarse. Cambio conceptual de valores y principios socialesEl
siglo XVII es el gran siglo de la revolución semántica, el gran siglo de
la elocuencia, de la agudeza verbal. Desde el saber escondido de la emblemática
a la publicidad de las academias, se produce una transformación radical
de los términos que definen el contexto social. Las lenguas europeas, en
proceso de normalización – gramáticas y registros de vocablos que
fijan sentidos y formas de expresión - precisan en los términos de los
diccionarios, las palabras con las que constituir el gran juego de
interpretación de la realidad como una enciclopedia. El
estudio de los textos que acompañan los matrimonios reales de 1615 nos ha
permitido observar las diferencias introducidas por los autores
fabricantes de opinión en torno a términos sociales y políticos,
empezando por el propio vocablo público, que varía de adjetivo a
sustantivo, y el de opinión, que se une al adjetivo pública
para diferenciarse de la opinión particular. Estos
productores de sentido utilizan términos comunes a diferentes grupos
sociales, cargándolos de un nuevo sentido. Las estrategias textuales
aprovechan palabras habituales para transmitir mensajes diferentes a los
que han sido encargados por los comanditarios de los textos. La lucha del nuevo espacio de opinión pública por ampliar su influencia se desarrolla en las palabras, en su contenido y definición. Al cambiar los elementos claves de la comunicación lingüística, se transforman los valores y principios sociales que sustentan este intercambio de sentido entre los hablantes. Las polémicas literarias, sociales y políticas que recorren el siglo son el laboratorio de experimentación de nuevos sentidos de las expresiones más habituales. Las variaciones afectan a términos relacionados con la estructura social, como pueblo o nobleza; a la política, como patria o monarquía; a la vida literaria, como público o lector; a las relaciones de comunicación, como cortesía. Nuevas palabras definen asimismo el espacio inventado de lo íntimo, como apariencia o virtud. Creación
de espacios de comunicación: la invención de la opinión pública La
opinión, a principios del siglo XVII, es un término que alude a un fenómeno
aun considerado propio de particulares y normalmente utilizado en sentido
despreciativo. La opinión se opone al buen gobierno aunque, cada vez más,
se ve la necesidad de convencer a esa ‘opinión’ o justificar ante esa
opinión los actos de gobierno. En su origen, la opinión es la
delicuescente reacción oral del pueblo – igualmente indeterminado en su
composición y alcance – a las decisiones del poder monárquico. Es
difícil determinar el espacio que abarca este nuevo espacio de comunicación
que se inserta en redes de comunicación ya establecidas a principios del
siglo XVII: la corte/palacio y la corte/ciudad. Sin embargo, los textos
parecen indicar cada vez más que es la ciudad la creadora de la opinión
– sea en sentido negativo o positivo –, mientras la corte es la
creadora de la apariencia (representación de su distinción social), que
cada vez tendrá un contenido negativo mayor. El
recurso a la opinión, la amenaza de la existencia de un espacio de opinión
que no estaría de acuerdo con las medidas ejecutivas tomadas en un
momento concreto, es esgrimida por los grupos cortesanos apartados del
poder o en lucha para conseguirlo, que desean influir en las decisiones
del monarca. La terrible hidra de la voluntad popular, dominada por el
monarca convertido en Hércules por obra y gracia de la mitología monárquica
del siglo XVI, es un monstruo que hay que destruir o calmar (se convierte
en un personaje habitual de los ballets y de los grabados propagandísticos
– siempre representada por personajes encadenados a los pies del
monarca). La opinión, como la hidra, también tendrá mil cabezas anónimas
que impiden su total extinción. Una
de las fuentes terribles de esta opinión es la imprenta, que comienza a
ser controlada en el siglo XVI en España mediante la estricta censura y
la expurgación de los libros a través de índices de textos prohibidos.
La débil producción tipográfica española sufrirá un golpe mortal con
estas medidas. En Francia, a comienzos del XVII, el desarrollo de la
imprenta y la eclosión panfletaria de 1612-1618 tendrá, como respuesta,
el nacimiento de la censura institucionalizada por el favorito duque de
Luynes (1618), con las primeras condenas a muerte de impresores, la
persecución de autores y de libreros con multas acordadas. El
poder ejerce dos tipos de control sobre la imprenta: a)
La prohibición de lo que no debe publicarse, incluida la destrucción
y la persecución judicial de lo publicado sin permiso. b)
El privilegio concedido a los impresores cercanos al poder, que
permite un mejor control de las publicaciones y del mercado (estos
impresores son los primeros en denunciar y perseguir a sus compañeros). El
gobierno monárquico se ve obligado a animar estos sectores y
contrarrestar las facciones cortesanas que utilizan los nuevos medios de
comunicación para expresar sus opiniones contrarias al poder constituido.
Para ello, comenzará una política programada de publicaciones que acompaña
las celebraciones tradicionales de los rituales monárquicos (una forma de
subvención indirecta que se convertirá en obligatoria para el poder si
desea conservar la fidelidad del sector). Sin
rechazar los mecanismos habituales de publicidad monárquica, incluso
aumentándolos y amplificándolos en determinadas circunstancias – las
ceremonias de la monarquía que se transforman en ceremonias de la
información -, el poder monárquico recurrirá cada vez con mayor
frecuencia al encargo de obras de publicidad concretas. La
opinión pública existirá en razón de la creencia que tenga el poder en
su existencia y la necesidad supuesta de aplacarla o seducirla. Su
composición es difícil de determinar, ya que el grupo que tiene derecho
a opinar no está definido institucionalmente, y dentro del conglomerado
se mezclan las personas que opinan en la corte-palacio y en la
corte-ciudad. La opinión y las personas que opinan sólo se pueden
definir en razón de los ataques que reciben por los que les niegan ese
derecho a opinar. Al mismo tiempo, la invención de este espacio produce
un evidente malestar al poder monárquico, que es agitado por los grupos
cortesanos contrarios a las decisiones de la facción que gobierna. A
comienzos del siglo XVII, existe una acuciante necesidad por parte del
poder monárquico de constructores de opinión que interpreten y modulen
la realidad en beneficio de los intereses del poder monárquico (es decir,
de la facción cortesana que tiene el poder en ese momento) para
justificar sus decisiones. Conformación de un grupo de fabricantes de opiniónMás
fácil que definir los límites de la opinión pública es señalar los
autores que se dedican a constituirla como un espacio, con actuaciones y
productos. Pertenecientes al grupo de los letrados, este conjunto abarca
desde los artistas que se están liberando del encasillamiento anterior
como artesanos, a los escritores letrados que se convierten
progresivamente en intelectuales. Al mismo tiempo, nobles y clérigos se
desclasan para unirse a este conjunto, en espacios interclasistas que
aparecen a principios de siglo, como los salones franceses o las academias
españolas. Su
campo de trabajo es, por un lado, la palabra transformada en frase
escrita, que estudian y modulan en
el gran siglo de la elocuencia y la agudeza verbal. Su otro campo de acción
es la definición de los límites del arte y el buen gusto, en el gran
siglo del coleccionismo. El
derecho de ciertas personas a opinar con legitimidad abarcará tanto el
campo social como artístico, tanto lo que es justo como lo que es bello. Estos
nuevos y autoproclamados fabricantes de opinión muestran sus obras
a los que consideran sus compañeros en lecturas privadas o semi públicas
– y de los que reciben críticas acerbas en los espacios recién creados
de las academias, los salones, los prosaicos mentideros madrileños o los
míticos espacios del Parnaso o la republica de las letras -. La
representación del poder monárquico incluye la presencia de los
fabricantes de opinión en la estela de los poderosos, como hemos visto en
el desarrollo de los matrimonios reales. Cuando Lope de Vega pide
desesperadamente una sotana nueva al duque de Sessa para acompañarlo en
la jornada de las bodas reales, lo hace en razón de la apariencia de
grandeza que debe manifestar el duque. Se trata de una inversión
necesaria para la representación y distinción de la casa nobiliaria y de
sus deseos de ascender en la jerarquía cortesana (finalmente fracasados).
Asimismo, cuando Quevedo evalúa las posibilidades de triunfo del duque de
Sessa, que ha llevado consigo en la jornada a Lope de Vega, y las del
conde de Olivares, las valora indicado que si Sessa llevaba un poeta, el
conde de Olivares llevaba dos. La ironía, la agudeza de Quevedo, responde
a la necesidad de la apariencia en el universo de la corte. Lo que indica,
tras el aparente chiste, es que la comitiva de Olivares era más lucida y,
por tanto, sus bazas de triunfar en las opciones para los cargos regios en
disputa (la casa del príncipe en este caso) eran mayores. Como así fue. “El duque de Maqueda vino con mucha gente y muy lucido, acompañando a su Excelencia, más no trujo poeta, cosa que se notó”[11]. No
es sólo la apariencia lo que hace triunfar en la corte, sino la
posibilidad de publicitarla. La apariencia (la representación de la
propia magnificencia como reflejo de la magnificencia real a la que sirve)
no es un objetivo, sino un medio para conseguir un objetivo en el continuo
cambio de jerarquías que instituye el sistema cortesano. Ampliación y sustitución de las redes de transmisión de la informaciónLa
mejora técnica de las redes de comunicación y la centralización
administrativa representan conjuntamente el punto clave a partir del cual
se articularán todas las innovaciones de este periodo. Rapidez y
seguridad en los transportes, arreglo y conservación de los caminos de
postas, fiabilidad y regularidad de los correos, permiten una mejora de la
comunicación interna y externa al reino, perfeccionada con el
establecimiento de una diplomacia a nivel europeo. Todo
este panorama se verá completado por el establecimiento de periódicos
que seleccionan, ordenan, clasifican e imprimen la información para el público
que puede pagar las gacetas. El Mercure François será el primer
hito emblemático de esta ordenación nueva de la información, seguido de
los Avisos españoles en los años veinte. A
comienzos del siglo XVII, las redes orales de comunicación continúan
siendo los ejes fundamentales de la comunicación política. El olvido de
este aspecto por los historiadores ha primado las redes de comunicación
impresas y manuscritas, un sector minoritario en este momento aunque tenga
cada vez mayor influencia. Hay un aumento innegable de la correspondencia,
difícil de calibrar y cuyo material se ha perdido en su inmensa mayoría,
además de poco estudiado excepto casos emblemáticos como los de Lope de
Vega, Quevedo o Malherbe. Esta correspondencia que mantienen las elites,
cercana y complementaria de la oral, es fuertemente masculina aun en este
periodo. La comunicación femenina es fundamentalmente oral. Lo
oral comienza a sufrir un ataque programado y continuo. Los lugares donde
se transmiten informaciones orales son mentideros, las informaciones
orales son bruits (ruidos). Comienza un sincero miedo del grupo que
emite opiniones escritas o impresas respecto a la recepción de la
información que transmiten. Esto determina la estrategia de prólogos y
comentarios de los libros impresos, avisos al lector y advertencias sobre
autorías. Sin embargo – gran contradicción -, lo oral sigue siendo en
la sociedad tradicional estamental la seguridad de la verdad. La
literatura de ciegos, que se vende impresa, se basa en la seguridad de una
persona que lo sabe de corazón (de memoria, par
cœur). Estamos pues en un periodo de lucha entre una cultura
de lo escrito/impreso, que intenta imponer sus normas, y una sociedad
tradicional basada en el pacto personal, por tanto oral. La
sustitución de las redes de comunicación es progresiva y comienza por la
desvalorización de lo oral, la separación de lo personal (asimismo
acompañado de la depreciación del término ‘particular’) y lo público,
y la adopción de medidas de control sobre la lectura impresa (adecuada
interpretación de lo escrito por un lector ideal), que será continuada
por la creación de un estatuto de las personas que legítimamente tienen
derecho a opinar. La imposible autonomía de la esfera públicaLa
producción depende del patronazgo y del control de la monarquía. La
construcción de la figura del autor permite progresivamente una
relativa y débil autonomía de los fabricantes de opinión. El autor se
encuentra ante la necesidad de vender su figura a un comanditario, al
mismo tiempo que el precio de la venta depende de la figura que haya
adquirido este autor en la esfera pública naciente. Serán sus propios
compañeros y un indeterminado público crítico los que determinarán el
valor del autor. Las
luchas de las elites y facciones cortesanas son las que provocan el
aumento de los espacios de opinión pública y la ampliación del número
de los participantes (de los que tienen derecho a opinar). El control de
estos participantes – a través de la censura y de las academias -, y la
creación de un estatuto de los que legítimamente pueden opinar – a
través de la noción de autor en la república de las letras - será
fundamental para el poder, pero también para la conformación del grupo
intelectual como tal. La
esfera pública no es autónoma (si es que alguna vez lo será), pero va
creando un espacio concreto que afecta a la llamada opinión que sufrirá
un cambio fundamental a lo largo del siglo. La disputa constante de temas
y las oposiciones de bandos artísticos y literarios, prepara un público,
lo acostumbra a debatir y sitúa elementos claves de lo que será la
articulación de un espacio público de opinión. Al mismo tiempo, la
noticia se introduce como elemento fundamental de la comunicación,
regulando la comunicación y periodizandola antes del nacimiento del periódico
(provocando su necesidad) Las
bodas reales de 1615, que han servido de crisol de autores y obras, nos
permiten ver esta difícil actuación de los creadores de opinión y esta
imposible autonomía de la esfera pública en este periodo, con casos tan
emblemáticos como el del doctor García. La contradicción fundamental se
encuentra entre la debilidad del autor y la fuerza de su obra. Esta tensión
dramática e insoluble (un autor perecedero frente a una obra perenne que
lo trasciende) se encuentra en la médula de nacimiento de los espacios públicos
de opinión, forma parte del mito original (la creación de la obra como
parte de lo divino) y continua hasta la actualidad. Los publicistas han
conseguido que su espacio de trabajo, la esfera pública de comunicación,
sea considerado un poder en sí mismo, incluso idealizado e idolizado por
el poder que sigue utilizándolo para vehicular sus mensajes
publicitarios. Esta
reflexión final conecta con
la hipótesis inicial que nos planteábamos y nos demuestra que sólo el
análisis de la historia de la comunicación – y planteado con una
metodología de historia de la comunicación pluridisciplinar -, explica y
nos da claves para entender cómo nos comunicamos actualmente, cómo
funciona la comunicación como creadora de sentido de la comunidad. Y nos
permite desvelar el entramado original de una opinión pública, que se
presenta como una evidencia atemporal y una realidad teóricamente
inmutable, cuando no como la esencia misma de la legitimidad de nuestras
sociedades contemporáneas. Convertida en un objeto histórico y despojada
del manto sacro de la asincronía, la opinión pública puede ser
interrogada con la pregunta más simple – en relación con el viejo
cuento del rey desnudo – que casi es una perogrullada (como casi todas
las preguntas científicas) : ¿por qué y para qué nos cuentan las
cosas que nos cuentan? [1]
Es decir, la visión de la historia considerada como la construcción
de una nación concreta. [2]
El término ‘monarquía compuesta’ es desgraciado semánticamente
aunque sea correcto teóricamente. Sería mucho menos duro
hablar de una monarquía agrupada o por agrupación de reinos y de una
monarquía patrimonial compuesta por alianzas matrimoniales sobre
patrimonios. [3]
En ambos países, y esto es lo verdaderamente interesante, se llegan a
conclusiones totalmente diferentes pero sin apartarse del papel
central y teatral que se otorga a la monarquía. En el caso español,
se pide una asunción plena del actor en su función como monarca,
oficio otorgado por la divinidad aunque sólo sea un ropaje exterior
que no oculta su humilde condición humana en este valle de lágrimas.
En el caso francés, se le exige al actor una buena representación de
lo que es, igualmente por concesión divina, una naturaleza exterior y
de características eternas, la monarquía francesa.
[4]
Esto no quiere decir que no encontremos textos a favor de una monarquía
pactada en donde también se producen extrañas alianzas entre
parlamentaristas y partidarios de una monarquía claramente aristocrática.
En este sentido es muy interesante la amplia bibliografía sobre los
teóricos del poder en Inglaterra, en el Imperio, en los estados
italianos que resisten el ascenso del poder autocrático de los príncipes
o en el reino aristocrático de Polonia. [5]
Esto no obsta para que ambas hayan sido utilizadas para el aumento del
teórico poder personal del monarca, es decir, del poder del gobierno
monárquico sobre otros poderes del estado. [6]
Esta es una experiencia interesante que disfruta el alumno que asiste
a clase de alguna de las llamadas ciencias sociales: el profesor
cambia el tono de voz y la estrategia discursiva cuando dicta apuntes
o cuando cuenta una anécdota para divertir un poco a su aburrido público.
También es muy significativo que el público estudiantil olvida con
frecuencia el contenido de los apuntes y recuerda sin embargo
perfectamente estas historias que fueron contadas ex cursus.
Este hecho revela la profunda razón que tienen los etnólogos
cuando indican que la humanidad desde sus orígenes memoriza a través
del relato de historias como muestran las mitologías originarias. [7]
En diversa forma atribuida tanto a Ana de Austria como a Isabel de
Borbón. Evidentemente, la voluntad de estas niñas de trece y catorce
años respectivamente, no estaba en cuestión. [8]
La famosa ‘gravedad’ española tiene mucho que ver con la
confluencia entre estas normas de etiqueta y la influencia de las teorías
estéticas renacentistas sobre la melancolía creativa. Aun no se ha
interpretado el Quijote como una broma sobre la etiqueta de Borgoña,
pero todo se andará con el tiempo. [9]
Esta es la aportación más fundamental del neo platonismo. [10]
Hay que decir que ambos, la monarquía y la eucaristía, requieren una
adecuada y legítima representación. Una hostia será exclusivamente
pan ácimo hasta el momento en que la ceremonia de la consagración no
la convierta en presencia real de Cristo. Un rey será un ser humano
hasta que no sea consagrado para representar la majestad que le
corresponde como monarca. [11]
La carta de Quevedo al duque de Osuna se conserva en Archivo Histórico
Nacional, Legajo 49.868, número 7,
ASTRANA (1946), Epistolario de Quevedo, 23; CROSBY
(1956),
“Quevedo, Lope, and the Royal Wedding of 1615”
p.105; JAURALDE (1998), p.320.
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