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Fiesta (ciudad y corte) |
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Introducción:
Fiesta y propaganda real La
fiesta es la manera común de publicitar, de hacer pública[1],
una importante decisión del monarca que afecta a la marcha del gobierno
del estado. Este camino se adopta cuando es necesaria una adhesión más
extensa que la del consejo real, ya que la medida es controvertida, ha
sido combatida por ciertos clanes y facciones nobiliarias[2],
o se duda de su legitimidad. La
fiesta pública de la monarquía puede adoptar múltiples formas:
formularse en lenguajes ritualizados como las procesiones o los Tedeum;
desarrollarse en ambientaciones lúdicas como el banquete o el baile, el
juego o la competición; expresarse en formas burlescas como el carnaval o
la mojiganga; o, incluso, manifestarse mediante representaciones trágicas
como las ejecuciones públicas o las declaraciones ritualizadas de guerra.
Pero siempre, la fiesta pública de la monarquía obliga y busca la adhesión,
implicando a todos los actores sociales en un consenso y un espacio
concreto, sea como partícipes de un Tedeum, entrelazados en el baile, o
manchando sus manos en común al presenciar una ejecución pública[3].
En
la fiesta, el príncipe busca el mismo tipo de legitimación y propaganda
que a través de un acto ceremonial[4]; es la elección del
lenguaje o género discursivo lo que diversifica los actos de publicidad
real. En la fiesta, el príncipe realiza una economía de energías
guerreras, sustituyendo la violencia directa por la representación de la
fuerza[5]
y el poder de la monarquía desplegados en manifestaciones estéticas de
potencia y magnificencia, de atribución de poderes divinos y control de
la naturaleza. “La
imagen realiza la sustitución de la manifestación exterior en la que una
fuerza sólo aparece para aniquilar otra fuerza en una lucha a muerte, en
signos de potencia o más bien en señales e indicios que sólo necesitan
ser vistos, constatados, mostrados, después contados y narrados para que
la fuerza de la que son los efectos sea creída como verdadera”[6].
La
fiesta pública se publicita, en principio, como un acto anunciado, en un
primer momento por recursos orales (pregoneros, trompetas, predicadores)
y, posteriormente, mediante impresos como los carteles (affiches)[7]
situados en las plazas públicas a partir del siglo XVII[8].
Aunque
sus orígenes son en su mayor parte campesinos y beben del ritual cíclico
agrario, la fiesta pública de la monarquía es, por definición, un acto
político en el sentido que afecta a la ciudad o ciudades, centros del
poder real. El monarca se apropia, mediante la fiesta, del espacio
ciudadano utilizándolo como escenario para aclamar su propia decisión. En
todos los casos, la fiesta pública del monarca – es decir, aquella
celebración que no queda encerrada en el marco estricto de la corte -
sigue las reglas, aunque alterándolas,
de la celebración ciudadana, aprovechando los excedentes agrícolas
acumulados para consumirlos en las celebraciones y las expresiones y
recursos del arte efímero producido por artesanos locales. En
muchas ocasiones, además, la eclosión de la fiesta, su extensión, es
inversa a la legitimidad monárquica. Cuanto más necesite de la adhesión
‘popular’ a una decisión controvertida, mayor será el despliegue de
energías consumido en el festín[9].
La atención sobre el arte efímero, tan menospreciado por la historiografía,
coloca en su sitio de nuevo toda una forma de vehicular mensajes por parte
del poder monárquico, una manera determinada de publicitar sus acciones y
decisiones[10].
La
esencia estética del arte efímero consiste en transmitir la sensación
de asistir a un instante mágico, fuera del tiempo normal, en donde se
consumen o dilapidan objetos
producidos para ese momento festivo[11]. Heredero del arte sacro
que conmemora los ciclos agrarios anuales, el arte efímero rompe la
normalidad de un transcurrir temporal cíclico anual abriendo una cesura,
una puerta al infinito, un atisbo de inmortalidad[12].
De este modo, en el ciclo agrario anual celebrado por las religiones
monoteístas, la fiesta permite una conexión fuera del tiempo con la
representación del mito creador fundador y legitimador y, al mismo
tiempo, la presentación del mismo como algo permanente y presente[13].
“Aunque
su esencia misma sea lo efímero y su sustancia poco más que artificio,
pocas cosas llegan a hablarnos con tanta claridad de su tiempo como puede
hacerlo una fiesta de corte”[14]. La
esencia del arte efímero obliga a que los componentes especialmente
preparados para ella deben desaparecer
durante la celebración (o cambiar de estado como los propios
participantes del festejo)[15].
Lo normal es que sean destruidos de forma sacrificial mediante la deglución
de los mismos, si se trata de excedentes agrarios, o mediante el fuego en
caso de materiales suntuarios[16].
Es la inmolación necesaria para que los participantes en la fiesta
alcancen la sensación de un momento único vivido personalmente como
experiencia transformadora, lo que sicológicamente es un estado de éxtasis[17].
La aportación de Uwe Schultz, inspirada por la visión de los grandes
conciertos de rock de los años sesenta y no seguida posteriormente con la
profundidad que se hubiera requerido, fue señalar la profunda conexión
entre las fiestas rituales clásicas y las grandes reuniones festivas
actuales. La fiesta, el arte efímero que la acompaña y el juego[18]
que se desarrolla como espectáculo tienen el mismo origen sacro. En
toda fiesta, los participantes se transforman por unos momentos en otro
ser[19]
o reviven su existencia – mediante el disfraz o el lujoso despliegue de
vestidos, joyas y maquillajes – en la proyección hacia un arquetipo
ideal – personal o social -, manifestando un deseo mítico de
transformación[20].
Los asistentes, los actores cómplices de una fiesta e incluso los
espectadores de la misma, representan siempre un papel dentro del cortejo,
aunque en muchos casos sólo se estén representando a sí mismos. Las
corporaciones ciudadanas y los gremios de artesanos heredaron el esquema cíclico-agrario
de las religiones monoteístas a través de las cofradías religiosas.
Agrupados en torno a una parroquia y bajo la advocación de un santo,
transformaron la fiesta religiosa en un elemento de cohesión de toda la
comunidad cívica al mismo tiempo que expresión de la misma, de su poder
social y comercial[21]. La fiesta cíclica
agraria adquiere así un nuevo valor económico, es expresión del motor
mercantil de la ciudad. En
las fiestas realizadas dentro de los ritos cíclicos agrarios, la
celebración gasta los excedentes agrícolas y produce los componentes efímeros
que serán inmolados en la celebración[22].
La comunidad realiza un gran esfuerzo compartido en la realización de la
fiesta que afirma su solidaridad y celebra sus ciclos vitales (sexualidad
y matrimonio). En
las fiestas ciudadanas, son los gremios artesanos los que asumen este
trabajo en común de las sociedades campesinas, gratuitamente para sus
cofradías o pagados por las elites. Las instituciones municipales
comienzan a destinar presupuestos ordinarios y extraordinarios para estas
funciones comunes[23]. Dentro
de estos contratos, van apareciendo los de artistas individuales
encargados de trabajos concretos (piezas de teatro, textos de canciones y
libretos de música, carteles, pinturas efímeras...): casi todos los
artistas de la edad moderna participan de manera activa en estos trabajos
municipales, aunque su intervención sea muy difícil de constatar y haya
sido silenciada hasta la actualidad incluso en sus biografías[24].
La corte se convierte en otra fuente de ingresos para artesanos y
publicistas durante estas fiestas. Además, la corte, mediante el control
de la opinión y el gusto[25],
impone a sus favoritos en los puestos de control de las fiestas
municipales determinando el guión de las mismas. Las
instituciones de gobierno, sea el entorno del monarca o el favorito,
contratan directamente o a través de los nobles una serie de artistas
que, como Malherbe, se convertirán en pensionados o, como Velázquez,
accederán mediante concurso a puestos en la corte. Estos
artistas ejercen una doble función, ya que se convierten en árbitros del
gusto al mismo tiempo que funcionarios de control de lo estético al
servicio del poder. Su intervención en la fiesta pública determina la
imposición, con mayor o menor éxito, de alteraciones en beneficio de la
publicidad monárquica. Pero, sobre todo, su actuación es determinante en
el control de la producción impresa posterior, alterando la realidad de
la fiesta para convertirla en la imagen oficial de lo que se deseaba que
fuera la fiesta. La fiesta impresa es un ritual sin presencia[26] en donde no existen
fallos ni alteraciones. Se crea una nueva noción de nobleza cultural que
va a cambiar el marco de las fronteras sociales[27].
“El
análisis de las entradas reales – de cuyo estudio se han ocupado Huon,
Lageirse, Konigson, Massa y Petrioli, entre otros – es el que mejor
responde a estos interrogantes (Centralización del poder que implica
demandar ¿quiénes son los iniciadores de la fiesta? ¿quiénes
establecen las directrices de la misma?) ya que en estas celebraciones se
plasma con gran claridad la alianza entre la fiesta y el poder en el
contexto del emergente Estado del Renacimiento. La realidad política, no
obstante, no es la misma en todos los ámbitos y el ritual festivo lo pone
de manifiesto. Mientras que en Italia prevalece la modalidad romana de
entrada de los emperadores o caudillos victoriosos, en el norte de Europa
predomina el ritual propio de las entradas medievales. Los trionfi
de Italia y las joyeuses entrées del norte de Europa marcan la
diferencia entre dos líneas evolutivas en el desarrollo del poder monárquico”[28].
La
fiesta del príncipe se inserta en el espacio ciudadano como un elemento
alógeno[29], continuidad de su
conquista como depredador. La ciudad es escenificada como botín del príncipe,
como un lugar que se rinde a su fuerza y abre sus silos (todos los
excedentes acumulados[30])
al servicio de la corte itinerante del nómada invasor[31].
La fiesta pública real escenifica siempre una rendición, aunque las
corporaciones ciudadanas luchen por una interpretación bien diferente: el
monarca, reconociendo los privilegios y libertades de la ciudad a través
de la fiesta. Esta tensión y esta ambigüedad de interpretación se
mantendrá durante todo el tiempo que duren las entradas reales en la
Europa de los siglos XVI al XVIII. La monarquía intentará salidas
diferentes para escapar a esta interpretación ciudadana que recuerda una
monarquía pactada: a)
En Francia, se acudirá tempranamente al control estricto de las
producciones artísticas del arte efímero, del ritual que se debía
desarrollar y de la posición de las diferentes autoridades ciudadanas en
el cortejo. Finalmente, ante las disputas con las corporaciones
municipales, se procedió a la eliminación de la entrada real como
recurso publicitario de la monarquía (la última entrada real de la
monarquía francesa en París se realizó como celebración de las bodas
reales de 1659 entre Luis XIV y la infanta María Teresa) b)
En España, se eliminará el peligro de esta interpretación de
“monarquía pactada” concediendo a la reina el honor de la entrada
real y desviando hacia ella las peticiones y quejas de la ciudadanía. De
esta manera, la entrega de las llaves de la ciudad convertía la reclamación
en ruego. En
general, el poder real subsumirá todo el conjunto a un tema de consenso:
la apología de la monarquía confundida con el reino. “Uno
de los temas principales de la propaganda oficial es la afirmación pura y
simple de la excelencia de la monarquía, forma de gobierno superior a
cualquier otra”[32].
Nos
encontramos, pues, a principios del siglo XVII con un marco cambiante, en
plena evolución, con una reflexión sobre el poder y la tiranía, sobre
los ideales de vida, sobre el propio papel del monarca. La fiesta va a
expresar cambios sustanciales en la publicidad de la monarquía: a)
En el plano político, la fiesta en honor del príncipe se utiliza
para comunicar sus decisiones políticas, incluso para contrastarlas con
la imagen de la tiranía[33],
el reverso de la buena soberanía. b)
En el plano ideológico, el monarca no explicita su buen gobierno
con un discurso lógico – que ya están haciendo los letrados –, sino
mediante el cuento, la mitología[34]
y la fábula que evolucionan en esta época de expresión de recuerdo de
un pasado feliz, la edad de oro, a demanda de un futuro mejor, la utopía[35].
Para ello, se necesita una producción de objetos que van desde los
vestuarios y ornamentaciones carnavalescas, a las obras de teatro y poemas
alegóricos. El monarca, o el valido en su nombre, se convierten en
mecenas de un arte dedicado a magnificar la monarquía[36].
c)
En el plano moral, el monarca se manifiesta como miembro de una
familia[37]
(padre de ella y del reino) y de un gobierno familiar en evolución hacia
un personaje único, el príncipe, que gobierna el reino con justicia,
como un propietario burgués.
El monarca confunde la idea de corte con la de su casa que es, al mismo
tiempo, tanto la serie de criados que le atienden a él y su familia como
las instituciones que lo rodean (evidente hasta en el propio nombre que da
a la casa de la reina o de los príncipes cuando se casan – luego
necesitan casa)[38]. Al
mismo tiempo, la fiesta pública del monarca se convierte en este periodo
en la prisión dorada de una nobleza que asiste a las celebraciones reales
como protagonista partícipe y que debe gastar enormes sumas en asumir ese
papel. La nobleza cortesana vive todo como una fiesta continua, formando
parte de la expresión de la magnificencia real[39]
y mostrando su escala de valores – su noción de lo que es nobleza -, en
las manifestaciones de la fiesta[40].
La fiesta es el lugar
donde el príncipe visibiliza su dominio sobre la nobleza, que pasa de
guerrera a curial, con una tensión y un dramatismo que revelan las
continuas revueltas nobiliarias de Francia hasta mediados del siglo XVII y
que se manifiestan de una forma muy cruda en la oposición a las bodas
reales de 1615. La fiesta se convierte
así en un sistema de repartición de favores, de señalización de
jerarquías, que se manifiesta por la posición de la persona real y la
distribución de los cortesanos en el espacio que lo rodea[41].
En este periodo, la complejidad de esta función organizadora de la corte
y las facciones nobiliarias es delegada en el valido o el
ministro-favorito. “¿Qué significó
la aparición del ministro-favorito? Situado en la estructura del estado
moderno, el ministro-favorito gestionaba la creciente presión de los
clientes sobre el sistema de patronazgo. Además, el favorito, como
coleccionista y empresario de los espectáculos cortesanos, celebraba
constante y eficazmente el poder del rey”[42] La
nobleza es parte del espectáculo y, por ello, mantiene una tensión
constante con la ciudad por problemas de jerarquía y etiqueta, por
disputas suntuarias y de gastos[43].
La fiesta pública en honor del príncipe la pagan en su mayor parte las
instituciones locales. A las capitales donde se establece la corte – París
o Madrid[44]
– se le exigen pesadas contribuciones para estos gastos festivos
extraordinarios que se acumulan a los que ya se dispensan para señalar
los hitos habituales del ciclo anual sacro[45].
Las protestas más o menos veladas en este sentido acompañan todas las
fiestas reales públicas de las bodas reales, en donde el gobierno
municipal intenta regatear gastos o, al menos, obtener ciertas ventajas en
razón de lo que se dispensa en las celebraciones.
Estas quejas no sólo afectan a las capitales de la monarquía,
Madrid o París, sino a las localidades que adoptan gastos extraordinarios
para la ocasión, como será el caso de Burgos, Segovia o Burdeos en 1615.
En
este periodo, el aumento de fiestas y del gasto que representan se
multiplica por varias razones fundamentales: el número de personas que
acompañan al monarca se ha multiplicado geométricamente, esta corte
reclama una sofisticación mayor en los fastos que se celebran y, además,
las fiestas monárquicas representan una novedad y se insertan junto a las
tradicionales de los ritos religiosos que se resisten a desaparecer,
cuando no son reestructuradas en beneficio de la propaganda monárquica. El
príncipe no sólo sanciona con su presencia todo acto religioso
asistiendo a misas, procesiones y penitencias, sino que traslada su ciclo
vital y sus celebraciones familiares (ritos de paso como el nacimiento, la
mayoría de edad – cambio a un nuevo estado social[46]
a través del juramente en cortes o la coronación -, el casamiento o el
fallecimiento) dentro del ciclo sacro, sustituyéndolo o alterándolo. En
general, se inserta como el
principal partícipe en todo tipo de celebración, sea cívica o
religiosa, reestructurando el contenido y la función que tenían las
anteriores festividades al servicio de la propaganda real[47].
El monarca convierte los ritos de paso personales en un asunto de estado
que afecta a todo el reino al mismo tiempo que les da una simbología
ritual[48]
inédita. “La
celebración de nacimientos, bodas, proclamaciones, visitas o exequias
trasladan el espectáculo de la vida íntima del monarca a las calles de
las ciudades”[49]. La
introducción del monarca para gestionar en su beneficio la fiesta no es
accidental, y sus consecuencias tendrán efectos duraderos sobre todas las
expresiones lúdicas, como la ordenación de las alegres comparsas
carnavalescas en procesiones cívicas ordenadas en carrozas, la evolución
del juego libre en deporte reglamentado (cuyas corporaciones se llamarán
reales clubs) o del baile y el canto en espectáculo público (en teatros
que también se llamarán reales). La fiesta del príncipe termina siendo
un juego de cartas marcadas: el esparcimiento real regula la
pretendida competición entre los participantes ya que, en definitiva,
debe ganar el monarca, no hay azar en los juegos ritualizados de las
fiestas reales[50].
Por ello, el ballet es la expresión más depurada de la fiesta monárquica:
una danza reglamentada[51]
estrictamente donde las parejas están elegidas de antemano y se ordenan
en figuras, lo opuesto al “mercado libre que se encuentra encarnado en
el baile”[52].
Pero,
la fiesta, como expresión de sentimientos, como desarrollo de un vértigo
de felicidad comunitaria, puede transformarse en un instrumento peligroso,
como lo fueron en su tiempo las saturnales y, posteriormente, los
carnavales, un instante de mundo al revés donde se pone en cuestión la
autoridad y el poder constituido, un momento aprovechado por grupos que
desean imponer cambios y nuevas relaciones sociales. Las
fiestas carnavalescas[53]
se encuentran siempre entre la tensión de un control social por parte del
poder y el aspecto transgresor que resulta inevitablemente del cambio de
roles. La lucha del poder (sea el monárquico sobre la nobleza y las élites
ciudadanas, o el de éstas sobre el pueblo) por controlar la fiesta será
constante durante los siglos XVI y XVII. La decisión del mundo nórdico y
protestante de eliminar los carnavales es una victoria definitiva del
control de las elites ciudadanas sobre este terrible peligro anual.
Se tenía una noción clara durante este periodo que la fiesta puede
acompañar a la revuelta o la revuelta expresarse mediante la fiesta[54].
Por ello, la temática elegida durante las fiestas que envolverán las
celebraciones de las bodas de 1615 será el de una revuelta de las fuerzas
del mal vencidas por el orden divino y la armonía representada por la
monarquía[55]. Este
proceso, por el cual se interviene en la fiesta local y se reorganiza el
arte efímero, no es inconsciente. Se pretende, mediante la publicidad monárquica,
sustituir la fuerza directa por la escenificación de la misma y, para
esta representación, el poder busca unos artesanos de la narración que
se van profesionalizando y especializando. En principio, encontramos los
mismos nombres para el guión de la fiesta que para el panfleto político,
del mismo modo, la fiesta y su descripción tiene esta doble utilización[56]. El
rey puede utilizar un ballet incluso con fines estrictamente determinados
por el guión donde se propugna una acción concreta: “El 29
enero de 1617 en la representación del ballet La
délivrance de Renaud (La
liberación de Ronaldo), episodio de la Jerusalén libertada de Tasso, el
rey Luis XIII actúa bajo el papel de demonio del fuego que asume una
función de purificador, manera de manifestar la oposición a su madre y
su favorito Concini”[57]. [1]
Es necesario decir esta perogrullada (o palissade)
ya que una gran parte de la historiografía considera hacer pública
una decisión – en un mundo analfabeto - cuando se escribe o se
imprime. [2]
Los clásicos bandos
opuestos que señaló la historiografía francesa del XIX, divididos
en buenos y malos, encuentran muchos más matices como señala RICHET
(1982), « La
polémique politique en France de 1612 à 1615 »,
p.152. [3]
El carácter festivo de la ejecución pública, su lenguaje
ritualizado, sus formas dramáticas y su carácter consensual y
sacrificial, están muy poco estudiados. [4]
“Legitimación y propaganda como criterios de valoración de
una tipología ceremonial”, en NIETO
SORIA (1993), Ceremonias
de la realeza. Propaganda y legitimación en la Castilla Trastámara,
p.23-26. [5]
Sobre la sustitución
de la violencia real por la simbólica a través de la mitificación
de actos violentos estructurados en forma estética, GIRARD (1983), La violencia y los sagrado. [6]
MARIN (1993), “L’être de l’image et son efficace” en Des
pouvoirs de l’image. Gloses, p.14. [7]
Sobre los carteles
como marcas de la presencia real, FOGEL
(1989), Les cérémonies de
l’information dans la France du XVI au XVIII siècle,
p.102. [8]
LÓPEZ POZA, S., PENA
SUEIRO, N., (1999), La fiesta. Actas del II seminario de Relaciones
de Sucesos, p.95-105. [9]
BAURY
(2000), « Célébration de la paix de Vervins et propagande
royale », p.347-372. [10]
“El conocimiento de solemnidades, ceremonias, espectáculos y
aparatos festivos de corte parece haber sido objeto de una atención
mucho mayor que la que cabría suponer cuando la historiografía
contemporánea las encierra en el brillante, aunque muy reducido, ámbito
de lo efímero, de un mero disfrute visual que se agotaba en sí
mismo”, BOUZA (2000), Fiestas Carlos V, p.167. [11]
DUVIGNAUD (1977), Le don du rien: essai d’anthropologie de la fête. [12]
HUBERT (1909), "Etude
sommaire de la représentation du temps dans la religion et la magie",
p.
189-229. [13]
El dogma de la transubstanciación es un ejemplo claro en este
sentido: la Eucaristía es tanto una representación como una
presentación real. La frontera espacio-temporal desaparece ya que el
sacerdote no celebra sino que está repitiendo realmente el mito
fundacional. [14]
BOUZA, 1995, “Cortes festejantes. Fiesta y ocio en el cursus honorum
cortesano”, p.185. [15]
DURKHEIM (1960) " Origine
de ces croyances: genèse de la notion de principe ou mana totémique ".
Les formes élémentaires de la vie religieuse,
p. 293-342,
y particularmente p. 307-320. [16]
ISAMBERT
(1982), Le sens du
sacré : fête et religion populaire. [17]SCHULTZ
(1994) La fiesta. De las saturnales a Woodstock; SCHULTZ
(1998) La fiesta. Una historia
cultural desde la antigüedad hasta nuestros días.
Aparte los estudios de Uwe Schultz, que mostraron un camino
inspirador, los análisis actuales son pocos, con un lenguaje antropológico
muy especializado y algunos bastante deleznables. La mayoría son
estudios de casos concretos, algunos muy interesantes y precisos, que
señalamos en la bibliografía. Es de destacar el estudio de GOODY
sobre las flores como metodología a seguir; ver MESNIL (1974), Trois
essais sur la fête : du folklore à l’ethno-sémiotique. [18]
El juego marca un espacio
que se aparta de lo normal, en este sentido preludia la corte como
espacio cerrado dedicado al juego (regla y jerarquía), HUIZINGA
(1968), Homo ludens, p.33. [19]
CAILLOIS
(1997), " Le sacré de transgression : théorie de la fête ".
L’homme et le sacré, p. 127-168. [20]
Sobre los mitos y los relatos ceremoniales como vivencia de nuestra
proyección en otras personas, HEUSCH
(1987), Ecrits sur la royauté
sacré. p.53-54. « S’il en était autrement, pourquoi
lirait-on avec tant de intérêt les récits imbéciles où sont narrés
les menus des festins luxueux, les détails des cérémonies les plus
élégantes », HEUSCH (1987), Ecrits sur la royauté sacrée. p.54. Los
mitos, como los cuentos, sirven para desarrollar la capacidad de
transformarse en héroe, de vivir con ilusión por y en otra persona »,
HEUSCH (1987), Ecrits sur la
royauté sacrée. p.54. [21]
« Une procession ne peut être considérée comme la représentation
fidèle d’une société car elle exagère certains éléments et en
néglige d’autres... Cependant,
la procession n’est pas une réplique en miniature de la structure
sociale : elle est l’expression de l’essence même de la société,
de ses « qualités » et « dignités » les plus
importants », DARNTON (1985), Le
grand massacre des chats,
p.115. [22]
CARO BAROJA (1983),
“Tres modelos de fiestas de invierno. Las fiestas populares y su
significado esencial”, en El
Carnaval, p.293-298. [23]
DESCIMON
(1996), « Le corps de ville et le système cérémoniel parisien
au début de l’Age Moderne”. [24]
LÓPEZ ESTRADA (1995),
"La fiesta literaria en la época de los Austrias: contexto y poética"
en José María Díez Borque (ed.),Culturas en la Edad de Oro
(Cursos de verano de El Escorial), p.181-196. [25]
ALLARD
(1999), « Repas et manières de table à la cour d’Espagne au
Siècle d’Or », en FLANDRIN, Tables d’hier, tables d’ailleurs,
p.171-191. [26]
CHARTIER
(1990), « La publicité de la Cour : le rituel sans la présence »
en Les origines culturelles de
la Révolution Française, p.156-158. [27]
« La définition de la noblesse culturelle est l’enjeu
d’une lutte qui, du XVIIe siècle à nos jours, n’a cessé d’opposer,
de manière plus ou moins déclarée, des groupes séparés dans leur
idée de la culture, du rapport légitime à la culture et aux oeuvres
d’art, donc dans les conditions d’acquisition dont ces
dispositions sont le produit : la définition dominante de mode
d’appropriation légitime de la culture et de l’œuvre d’art
favorise, jusque sur le terrain scolaire, ceux qui ont eu accès a la
culture légitime très tôt, dans une famille cultivée, hors des
disciplines scolaires ; elle dévalue en effet le savoir et l’interprétation
savante, marquée comme « scolaire », voire « pédante »,
au profit de l’expérience directe et de la simple délectation »,
BOURDIEU (1979), La distinction,
p.II. [28]
MONTEAGUDO (1995), “Fiesta y poder”, p.182-183. [29]
MAMONE
(1987), Paris et Florence, deux capitales du spectacle pour une
reine: Marie de Médicis. [30]
Esta es una herencia de la corte itinerante medieval donde la gestión
del territorio obligaba al desplazamiento de la corte consumiendo los
excedentes ciudadanos. [31]
JACQUOT
(1973), "Joyeuse et Triomphante Entrée", Les Fêtes de
la Renaissance, p.9-20. [32]
DUCCINI
(1985), « La vision de l’Etat dans la littérature pamphlétaire
au moment des Etats-Généraux de 1614 », p.150-151. [33]
La tiranía como simulacro de la soberanía, como mala representación,
MERLIN (1994), Public et littérature en France au XVII siècle
, p.82 [34]
GRELL;
MICHEL (1988), L’École des princes, ou Alexandre disgracié.
Essai sur la mythologie monarchique de la France absolutiste.
[35]
Maravall
(1982), “De la fábula
a la utopía” en Utopía y
reformismo en la España de los Austrias, p.132. [36]
TREVOR‑ROPER (1976), Princes
and Artists: Patronage and Ideology at Four Habsburg Courts,
1517‑1633. [37]
La confusión entre
gobierno administrativo y gobierno doméstico, el estado, según
expresión de Chaunu como una superestructura mandarinal, DESCIMON,
JOUHAUD (1996), La France du premier XVIIe siècle 1594-1661,
p.17. [38]
Es
la interpretación de Norbert Elias seguida por Elton para los Tudor o
Asch para las cortes italianas, como dice Millán, “el dominio del
monarca sobre los reinos no es más que una ampliación y anexión del
dominio del príncipe sobre su casa y administración”, MARTINEZ
MILLÁN (1994), La corte de Felipe II, p.15. Ver MARTÍNEZ MILLÁN
(1992), Instituciones y elites de poder en la monarquía hispana
durante el siglo XVI. [39]
Sobre la corte como
modelo de sofisticación de costumbres, FEROS
(2002), El Duque de Lerma, p.83. [40]
Sobre la diferencia de concepto de nobleza en Francia y España en
torno a la noción de hidalgo, LAMBERT-GORGES
(1989), Introduction générale, en Hidalgos & Hidalguía dans
l’Espagne des XVIe-XVIIe siècles, p.5-10 y PÉREZ
(1989), « réflexions sur l’hidalguia », p.11-22 ;
SAEZ (1989), « Hidalguia :
essai de définition. Des principes identificateurs aux variations
historiques », p.23-46. [41]
Fiesta como
‘autorepresentación de la sociedad’ y como consenso feliz de una
sociedad que ‘se veía a sí misma como una comunidad felizmente
construida sobre valores tan positivos”, BOUZA, 1995, p.188. [42]
LEVY PECK (1999), “El monopolio del favor: estructuras de poder en
la corte inglesa de comienzos del siglo XVII”, en BROCKLISS y
ELLIOTT, El mundo de los validos, p.95. [43]
REDONDO
(1991), "Sociabilités et solidarités / ségrégations festives:
Carnaval aristocratique et Carnaval populaire à Madrid, vers le
milieu du XVIIe siècle", p.63-76. [44]
Maravall (1972),
“La constitución de la ciudad-capital”, en Estado
moderno y mentalidad social (siglos XV a XVII), I,
p.151-160. [45]
Segovia protestará cuando se le obligue a realizar gastos para
recibir a la princesa Isabel de Borbón, debido a los gastos ya
realizados en la ermita de la Fuensanta. [46]
MUIR, Fiesta y rito en la Europa moderna, p. XXI. [47]
La familia real es utilizada en una doble propaganda : festiva y
religiosa, pero siempre monárquica.
« On trouve dans cette ouvrage (COTON, Père, Heures du roi,
1615), destine à un vaste public, un bon échantillon de ce qu’était
la propagande de la contre-Réforme : dans la planche de la
Trinité, Dieu le père est représenté habillé en Pape et dans
celle du Saint-Esprit, la vierge emprunte les trait de Marie de Médicis ;
en tête de l’office de l’Ange gardien, on voit le roi enfant que
son bon ange sépare du diable ; en tête de l’office de Saint
Louis, Louis XIII et Anne d’Autriche sont agenouillés au pied
d’un Saint Louis géant (il est à noter que le culte de Saint Louis
se développe alors) ; dans l’office de Saint Sacrement, enfin,
le Christ tient naturellement le calice et l’hostie, à la manière
du prêtre. On voit donc que l’Art de la Contre-Réforme tend à
assimiler le pape a Dieu et le prêtre à Christ, dan un but de
propagande anti-protestante évident. Mais surtout, il est frappant de
constater que souvent, et pas seulement dans ces heures du roi, la
famille royale est utilisée dans cette propagande : très fréquemment,
le roi ou la reine est en prière aux pieds de la Vierge ou devant le
Saint Sacrement. Et ainsi dans une société qui semble rechercher la
hiérarchie jusque dans la piété, propagande catholique et
propagande royale se répondent de pair », MARTIN, Livres,
pouvoirs et société… I, p.163. [48]
Siguiendo a Frazer, ligazón del rey con la prosperidad del país,
fuente de dones pero también un peligro en su enfermedad o
envejecimiento, HEUSCH (1987), Ecrits
sur la royauté sacrée, p.59. ADLER
(2000), Le pouvoir et l’interdit. Royauté et religion en Afrique
noire. Comme se passe-t-on d’un bon faiseur de pluie à un roi ?
« C’est parce
que le roi est cause ou garant de la prosperité collective qu’il
est promu à la dignité royale », La naturaleza se convierte,
según Adler en parte integrante de la personalidad del rey, su salud
y su enfermedad. [49]
MONTEAGUDO (1995), “Fiesta y poder”, p.192. [50]
HUIZINGA (1968), Homo ludens, p.84. [51]
MONTADON
(1998), sociopoétique de la
danse. [52]
BOURDIEU
(1987), « De la règle aux stratégies » en Choses
dites, p.88. [53]
PETZOLDT (1998), “Fiestas carnavalescas. Los carnavales en la
cultura burguesa a comienzos de la edad moderna” en SCHULTZ, La
fiesta. Una historia cultural desde la antigüedad hasta nuestros días,
p.149-167. [54]
BercÉ,
(1994), Fête et révolte, des mentalités populaires du XVIe au
XVIIIe siècle ; Condorcet,
Cochin y Hannah Arendt, consideran demasiado restrictiva la idea de
que sólo se puede hablar de revolución a partir de la aparición de
la idea de progreso, es decir, a finales del siglo XVIII. La necesidad
de cambio se puede proyectar hacia el pasado y hacia el futuro, de
modo que la idea de retorno al pasado o de restauración puede
esconder, en realidad, la transformación del presente, como lo
demuestran los numerosos mitos de la edad de oro de nuevo cuño”,
BENIGNO (2000), Espejos de la revolución, p.12. [55]
Nos encontramos con más
productos impresos de los constatados por Hélène Duccini
« Vingt-trois pamphlets traitent de l’événement, sept sont
des panégyriques, onze relatent des cérémonies
et cinq polémiquent sur l’alliance. Sur les dix-huit textes
de propagande, quinze sont signés, ce qui témoigne de leur caractère
courtisan », DUCCINI, « Propagande et contestation en
France au XVII siècle », en FRECHET y HERMANN (2000),
Question d’histoires.
Les monarchies française et espagnole. Du milieu du XVIe siècle à
1714, p.156. [56]
« Les
mazarinades sont aussi bien des chansons que des remontrances, ou des
arrêts de cours souverains, aussi bien des pamphlets que des récits
de combat ou de fêtes », JOUHAUD (1985), Mazarinades: la
Fronde des mots, p.21. [57]
CORNETTE, 2000, p.135 ; CHEVALIER (1979), « Le roi danseur
et créateur de ballets », en Louis XIII, p.123-125. |
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