Un crimen sin cadáver: el Santo Niño de la Guardia

 

José María Perceval

Publicado en Historia 16, nº 202, p.44-58, febrero 1993

 

 

Este artículo está publicado en versión inglesa.

Imagen del Santo Niño de La Guardia que se saca en procesión todos los 27 de septiembre en este pueblo toledano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante siglos se había contado que, durante la Semana Santa, los judíos crucificaban a un niño cristiano de la misma forma que ellos habían crucificado a Cristo. Esta vez se creyó. No los inquisidores, que no se dejaban fácilmente engañar, sino el pueblo. La historia del Santo Niño de La Guardia fue el detonador. Los que pedían la expulsión de los judíos arrancaron la decisión a Isabel.

(Pierre CHAUNU, 1492: L’année de L'Espagne, revue L'Histoire)

 

En el acceso al claustro de la catedral de Toledo, decorando ambos lados de la puerta, el pintor Francisco Bayeu (1734-1795) representó al fresco una escena que hoy es prácticamente incomprensible al turista que compra postales en el quiosco de la entrada.

A la derecha de la puerta, se observa un hombre malencarado arrastrando un niño que, presumiblemente, rapta. A la izquierda, el mismo niño aparece crucificado ante la mirada torvamente satisfecha de sus captores.

Aunque la pintura es del siglo XVIII, los hechos que relata pertenecen al siglo XV.  Se trata de la representación de un presunto crimen ritual judío, un acontecimiento que sucedía cada año y que obligaba a los miembros de esta comunidad a raptar un niño cristiano y crucificarlo en la festividad de la Pascua judía (coincidiendo con la semana santa cristiana).  En este caso, se trata de un personaje infantil llamado ‘el santo niño de La Guardia’ y el crimen fue realizado supuestamente en 1489.

Si hay un cuento de terror infantil extendido y universal, es el que relata la historia del hombre del saco, el ogro come-niños, el saca-mantecas de las historias andaluzas, el vampiro que chupa la sangre de las criaturas inocentes ‑ mito global que se extiende de China hasta América‑, pasando por el dios Saturno y el popular rey Herodes. Es una pesadilla nocturna que da pie a las nanas más morbosas de nuestro repertorio musical.

¿Por qué desde finales de la Edad Media, concretamente el año 1171, son los judíos las principales víctimas de esta acusación de asesinos de niños, imputación que provoca como venganza verdaderas masacres en los guetos? ¿Qué objeto podía tener este robo cíclico de niños? ¿Quién es ese Santo Niño de la población de La Guardia, cercana a Toledo, que ha producido una de las más cuantiosas bibliografías sobre tan escabroso tema?

 

Una larga historia de crímenes rituales

De las dieciocho acusaciones habituales contra los judíos recogidas por Amador de los Ríos, la número seis indica que,

“En remembranza de la muerte que dieron a Jesús, sacrificaban los Viernes Santos a niños o jóvenes cristianos, poniéndoles en cruz y bebiendo de su sangre”

Los investigadores del siglo XIX, como Salomón Reinach, atribuyeron estas acusaciones simplemente a la credulidad popular, señalando que estas incriminaciones fueron normales durante los primeros tiempos de la Iglesia por parte de los paganos contra los primeros cristianos al no comprender bien el misterio de la comunión. Los judíos heredaron, pues, un onirismo anterior que los propios cristianos habían sufrido.

Heinrich Graetz (1817-1891), en su Historia de los Judíos, nos cuenta que la primera acusación de crimen ritual francesa fue realizada en Blois en el transcurso de una pelea entre la mujer del conde Teobaldo de Champagne, la despechada Isabel, y Pulcelina, su amante judía. Se introdujo al acusado en una barca sobre el río Loira para comprobar la verdad según el juicio de Dios, pero la barca, desgraciadamente, no se hundió. Fueron quemados vivos 34 hombres y diecisiete mujeres el 20 siwan de 1171.

Estudios más recientes han clasificado estas acusaciones que se repitieron constantemente durantes tres siglos pero que continuaron hasta el siglo veinte (proceso Beyliss de 1913). Gavin I. Langmuir señala que la acusación se renueva desde el año 1144 (Wuerzburg, 1147) y, posteriormente, en Inglaterra (Norwich, 1148) donde se acusa a la comunidad judía de comprar un niño llamado Willians para crucificarlo, continuado por los sucesos de Gloucester en 1168, que tendrían una culminación verdaderamente novelesca con el famoso caso de Hugh of Lincoln,  el año 1255.

El profesor francés Alain Boureau habla de una ola de terror posterior a la tercera Cruzada, cuando la acusación atravesó las fronteras francesas y entró en el Imperio, provocando en la ciudad de Maguncia veintisiete víctimas el año 1253. En Munich, año 1285, la acusación de crimen ritual produjo 127 víctimas. En 1286, el asesinato de un hombre llamado “el buen Werner” ocasionó masacres en Boppard y Oberwesel, cerca de Bacharach. El emperador Rodolfo, asustado ante la amplitud de la histeria colectiva, intentó parar el éxodo judío con las leyes de 1286 que frenaron momentáneamente la ola de terror y asesinatos colectivos – esta vez no supuestos, sino reales.

En Austria, tres niños se ahogaron en Viena el año 1420. Unidos estos hechos con la supuesta venta de una hostia por parte del sacristán de Ems a un rico judío, se provocó de nuevo la catástrofe. En 1421, el archiduque Alberto detuvo a todos los judíos de Viena y quemó a un centenar de ellos ‘para calmar los ánimos’. Los hechos se repitieron en Trento, en 1475, cuando el pequeño Simón, de tres años, se ahogó en el Adigio. Después de la matanza consiguiente se elevó una estatua en Francfort del Main al infante, en un puente que conduce a Saxenhausen. Los problemas se extendieron a Ratisbona en 1480 y a Passau, 1478, por otro supuesto robo de hostias consagradas.

Esta relación – robo de hostias consagradas y rapto de niños para ser sacrificados ritualmente – es muy significativa. Veremos que todo se mueve en torno al dogma de la transubstanciación, el misterio de la comunión cristiana y la transformación del pan y del vino en ‘carne y sangre’ reales.

La actitud del poder siempre es ambigua – entre la credulidad y la utilización estratégica de las acusaciones –, aunque siempre termina con concesiones a la violencia desplegada intentándola calmar con algunos mártires escogidos para la ocasión. Naturalmente, estos condenados y estas declaraciones de la justicia que confirma ‘los hechos probados de la perfidia judía’, son la “prueba” evidente para la siguiente acusación que no tarda en llegar cuando otro niño desaparece.  Es una ‘realidad’ inducida que produce finalmente su propia realidad.

Así fue durante siglos, cada vez con una menor incidencia sangrienta, pero siempre latente ya que el hecho en sí mismo era admitido por jueces y legisladores. La amenaza de una masacre se presentaba cuando un niño cristiano desaparecía o moría extrañamente, sobre todo en los días posteriores al Jueves y Viernes Santos.

A finales del siglo XIX, la revista italiana L'Osservatore Católico recogió 150 hechos “reseñados y comprobados científicamente” de crimen ritual judío. Aun a principios del siglo XX Thomas Masaryk, que sería futuro presidente de Checoslovaquia, debió actuar como abogado para defender a un judío de una acusación de crimen ritual. Por supuesto, el nazismo recogió este onirismo católico reflejándolo en sus libros de propaganda hasta la saciedad. Y, en las páginas de Internet que propagan las teorías de los grupúsculos nazis, continúan afirmándolo.

 

¿Y en España?

Et porque oyemos decir que en algunos lugares los judíos ficieron et facen el día del Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, o faciendo imágenes de cera et crucificándolas cuando los niños non pueden haber, mandamos que, si fama fuere daqui adelante que en algún lugar de nuestro señorío tal cosa sea fecha, si se pudiere averiguar, que todos aquellos que se acercaren en aquel fecho, que Sean presos et recabdados et aduchos ante el rey; et después que el sopiera la verdad, débelos matar muy haviltadamente, quantos quier que Sean.

Alfonso X el Sabio, Partidas, VII, XXIV, ley 2.

 

El propio rey legislador – precisamente titulado como rey de las tres culturas - confirmaba la hipótesis y la rendía plausible. También era el primero que introducía en la península – proveniente de Francia y Alemania, países que comienzan a teorizar sobre los supuestos crímenes rituales - la posibilidad de comenzar las acusaciones.

Juan Antonio Llorente en su Historia de la Inquisición, recogió el efecto de esta tendencia que se afirmó desde el poder:

“En 1492 fueron expelidos de España los judíos no bautizados, en lo que tuvo grande intervención el inquisidor general Torquemada con todos los individuos del Santo Oficio. Se citaba la ley del Código de las Partidas, dada por el rey Alfonso X, año 1255, en que se decía tener los judíos costumbre de robar niños cristianos y crucificarlos en el día de Viernes Santo como escena semejante a la de Jerusalén; añadíase el ejemplo de Santo Domingo de Val, niño de Zaragoza, supuestamente crucificado en 1250; el robo y ultrajes de la hostia consagrada en Segovia, año 1406; la conjuración de Toledo, minando y llenando de pólvora las calles por donde había de pasar la procesión del Corpus, año 1445; la del lugar de Tabara, entre Zamora y Benavente, poniendo abrojos de hierro en las calles por donde habían de andar cristianos descalzos, clavando puertas a incendiando casas en que habitaban cristianos; el robo y crucifixión de un niño cristiano en Valladolid, año 1452; un caso igual en un pueblo de señorío del marques de Almarza, cerca de Zamora, en 1454; otro semejante sucedido en Sepúlveda, obispado de Segovia, en 1468; el caso de los ultrajes hechos a la cruz en el campo llamado Puerto del Gamo, entre las villas del Casar y de Granadilla, obispado de Coria, en 1488; el robo del niño de La Guardia, provincia de La Mancha, en 1489, y su crucifixión en 1490; el conato de igual crimen evitado por la justicia en Valencia y otros casos semejantes, con muchas muertes de cristianos atribuidas a judíos médicos, cirujanos y boticarios, en abuso de sus oficios, particularmente la del rey Enrique III por su medico D. Mair”

 

Habían precedido esta espeluznante retahíla, las acusaciones del converso fray Alonso de la Espina realizadas en su libro de 1449, Fortalitium Fidei. Contra judios, sarracenos, y otros enemigos de la fe cristiana, un tremendo inventario de acusaciones donde consignaba la relación de sucesos localizados por él en Tavara, Toro, Ávila, Segovia y otras partes, con la creencia demostrada a través de casos concretos de que sacrificaban los judíos a niños inocentes el día de Viernes Santo y de que profanaban las hostias consagradas. Figuraban también algunos hechos acaecidos en su tiempo, de que se daba a sí mismo por testigo mientras recogía los materiales para escribir el Fortalitium entre los años 1454 y 1457.

La atmósfera estaba enrarecida. Las histerias se transformaban en historias.

Celebrábase tranquilamente por los cristianos la Navidad de 1468 ‑nos cuenta Colmenares en su Historia de Segovia‑ cuando vino a turbar su quietud la irritante nueva de que los judíos de la Aljama de Sepúlveda, aconsejados por su rabino, Salomón Picho, habíanse apoderado de un niño cristiano, y llevándole a un muy secreto lugar, cometido en el todo linaje de injurias y violencias. Al fin, poniéndole en una cruz, habiánle dado muerte, a semejanza de la que al Salvador impusieron sus antepasados. Divulgado en tal forma el hecho, llego luego a conocimiento del Obispo de Segovia, Don Juan Arias Dávila judío converso, hijo del Contador Mayor de Enrique IV. Fiel a la política de los neófitos, apretó don Juan en el castigo de tal manera que, conducidos a Segovia los acusados, fueron hasta dieciséis entregados a las llamas, y puestos los restantes en la horca, después de ser arrastrados. No satisfizo, sin embargo, tan duro castigo a los moradores de Sepúlveda. Así, tomando Las armas, al saber que et obispado se contentaba con tan poco, dieron de rebato sobre la Judería, inmolando en sus propias casas a la mayor parte de sus moradores. Salvaronse algunos en la fuga; pero al buscar asilo en las cercanas villas y aldeas, llevaban delante de si la fama de su crimen, que despertaba en todas panes análogas sospechas y acusaciones.

Con semejantes antecedentes no es extraño que, veinte años después, fray Tomás de Torquemada organizara el asunto del Santo Niño de La Guardia para acabar definitivamente con la presencia judía en España.

Durante el siglo XVI, y ante la ausencia de la comunidad judía, van trasladándose sobre la comunidad morisca las acusaciones que se aplicaban a los Hebreos, incluido el crimen ritual. Se extendió el cuento de que, para evitar el bautismo, los pueblos de moriscos elegían un bebé entre todos los de la comunidad para que el cura sólo bautizase a uno, evitando a los otros la entrada en la cristiandad. La consecuencia parecía lógica: cuando el niño elegido era inservible para sus funciones por comenzar la edad de razón, lo hacían desaparecer en forma monstruosa al estar cristianizado tantas veces.

En un enajenado Memorial enviado el 11 de octubre de 1553 por el inquisidor de Zaragoza Arias Gallego al inquisidor general Diego Tavera, además de las habituales acusaciones contra los moriscos (respetar el Ramadan, circuncisión, oraciones y la memos frecuente de proselitismo) se une una novedosa: “a mas de esto, ha habido alguno que por hacer sacrificio a Mahoma ha muerto en el campo a un niño cristiano viejo de natura”.  Los moriscos heredaban la vieja acusación contra los judíos, las pesadillas se trasladaban de una comunidad a otra.

 

El proceso de 1491 y la expulsión de 1492

 

“Todos Los presentes en la cueva, crucificamos al niño en unos palos cruzados” (Confesión de Yuce Franco obtenida mediante tormento, Ávila, Inquisición, 19 de Julio de 1491 por la tarde)

 

La Inquisición funcionaba por un sistema de dietario, al que se ajustaban posteriormente las búsquedas y los descubrimientos. Las detenciones y los juicios eran subsiguientes a las listas de pecados que se perseguían, como en cualquier sistema policial de antigua usanza.

En el caso del Santo Niño de La Guardia, el comienzo se presenta realmente complicado. Parece ser que todo se originó por la desaparición de un niño durante la procesión de la Asunción o del Corpus toledano. Incluso la confusión es tan grande en los comienzos de la. investigación que, aunque se dijo del niño que fue bautizado en San Andrés de Toledo, se afirmó luego que era oriundo de Aragón, con lo que diversos historiadores confunden La Guardia con la población de igual nombre de La Rioja, otros citan la de Jaén y otros la de Toledo. Estas contradicciones han llevado a los historiadores, desde Loëb (“L’enfant de La Guardia n’a jamais existé”)  a Luis Suárez o Fernández Álvarez (en su libro sobre Isabel la Católica, p.294), a negar toda existencia posible a esta excusa sangrienta. El profesor Benjamín Netanyahu (Orígenes de la Inquisición, p.988) ironiza sobre estas acusaciones ya que, la única base real que tendrían estos ritos mágicos, sería que los judíos creyeran en “la fuerza espiritual del sacrificio de la santa misa” con lo que dejarían de ser judíos. 

El caso es que este rumor urbano se convierte en un interesante material en un momento crucial. Los inquisidores le darán forma pero ¡es necesario encontrar culpables!

El niño se llamaba Juan en los primeros documentos, pero luego se prefirió el nombre más cristológico de Cristóbal. Para no liarse, los cronistas terminaron por llamarlo el Santo Niño de La Guardia, un nombre genérico para un niño que ni existió ni vivo ni muerto.

Según confesión obtenida bajo tortura, el Santo Niño fue hurtado en la Puerta del Perdón de Toledo a la edad de tres o cuatro años, aunque algunos posteriormente prefirieron cambiar esta edad a siete años, que es edad frontera entre la razón y la ingenuidad del inocente. Esta diferencia de tiempo transforma a la ingenua criatura en un santo que asume su condición de mártir.

Acaecidos los hechos en 1489, comenzó el proceso el 17 de diciembre de 1490. Entre el 6 de junio y el 19 de Julio de 1490, fray Tomas de Torquemada mandó prender a Yuce Franco y sus supuestos cómplices, de cuyas causas se propuso entender en persona o por la persona o personas, a quienes las cometiésemos a dellas debiesen conoscer. La procedencia de los acusados es diversa y revela desde el principio un interés inquisitorial en mezclar diferentes aljamas y comunidades de Castilla en una red conspiratoria general.

¿Qué había inducido a este rapto y posterior asesinato? Según la declaración que transmite el proceso, pensaron los acusados, ¡por indicación del gran rabinazgo francés! – una posible solución de intervención extranjera para justificar la expulsión -, que mezclando la sangre del niño y una hostia consagrada podrían intoxicar las fuentes causando la muerte de los inquisidores. Todos los concurrentes eran judíos y cristianos nuevos de origen judío que temían a la justicia por haber “recaído en su secta” – según nos dice la acusación. A pesar de las búsquedas exhaustivas, el cuerpo nunca apareció en la supuesta cueva de los suplicios y la razón mas frecuentemente aludida a este fallo policial es que, naturalmente, el Santo Niño había sido elevado al cielo después del martirio.

Los judíos y los conversos detenidos confesaron haberlo llevado a la villa de La Guardia en razón de su “parecido con la tierra de Palestina”. Esto, que para nosotros puede parecer realmente exótico y original – por no considerarlo directamente extravagante o ridículo -, se convirtió en la prueba fundamental del juicio: “Donde por tener una situación geográfica y alrededores de configuración geológica muy parecida a la que en Asia tienen los lugares que vieron el principio y fin de la vida del hijo de Dios hecho hombre en su peregrinar redentor de la humanidad, tendría el hecho una mayor similitud y vigor realista de aquel magno acontecimiento, que perenne vive en la memoria de las generaciones y los tiempos.”

La similitud de esta comarca con Judea fue defendida por fray Antonio de Guzmán con mapas y la aportación innegable de las revelaciones divinas al beato fray Simón de Roxas que había habitado en el pueblo de La Guardia. Para convertir el crimen en algo más verídico si cabe, cada uno de los sayones hizo un papel de los participes en la Pasión evangélica (Judas, Pilatos, jefe del sanedrín...) – al estilo del teatro de misterios y pasiones - , interpretando la desgraciada criatura el papel de protagonista, es decir, Jesucristo.

El proceso inquisitorial comenzó el 17 de diciembre de 1490 y terminó el 16 de noviembre del año siguiente ‑nos dice Luis Suárez Fernández‑ con la ejecución de todos los inculpados, que eran dos judíos: Yuce France, de Tembleque y Moshe Abenamias de Zamora, y seis conversos: Alonso, Lope, García y Juan Franco, Juan Ocaña y Benito García, vecinos todos de La Guardia, localidad del arzobispado de Toledo. Las declaraciones de los reos en tormento y fuera de él parecen demostrar que hubo, en efecto, La Guardia dos crímenes: sacrilegio de una ostia consagrada, que los converses compraron a fin de ejercer sobre ellas conjuros que les librasen de la Inquisición, y asesinato ritual de un niño, que fue crucificado el día de Viernes Santo.

Sobre la ejecución de Benito García de las Mesuras, vecino de La Guardia, es interesante el relate descriptivo entre ingenuo con toques de matarife de Antón González, notario de la ciudad de Ávila, el 17 de noviembre de 1491:

Gracias a Dios os hago saber que murió como católico cristiano; y yo le hice ahogar (en el palo o garrote vil, antes de ser quemado). Asimismo, Juan de Ocaña y Juan Franco vinieron en grande conocimiento y arrepentimiento; que murieron conociendo a Dios y diciendo sus culpas; y también los hice ahogar; que espero en Dios que habrá merito de sus almas. Los otros murieron atenazados (y quemados vivos a fuego lento) y buenos judíos, negando sus crueles errores, sin llamar a Dios ni a Santa María, ni hacer solamente un signo de la cruz; no roguéis a Dios por ellos, que sepultados están en el infierno.

La diferencia estriba en que los reos que confesaban eran ‘atenazados’ (ahogados mediante garrote vil) – para que sufrieran menos – antes de ser quemados; mientras, los ‘pertinaces’ que seguían declarándose inocentes, eran quemados vivos.

El notario Antón González, que participó en el proceso y tomó declaración a los Franco en el Brasero de la Dehesa, escribió también el 17 de noviembre de 1491 a los magistrados de la villa de La Guardia que no consintiesen arar aquel cornejal de Santa María de Pera donde Juan Franco señaló finalmente que estaba enterrado el niño jamás encontrado, “porque es cosa que por sus altezas y por el señor cardenal y por todo el mundo ha de ser vista”. Pero el cadáver no apareció jamás.

 

La expulsión de 1492

El padre Fita ‑el principal y más inteligente de los sabios pesquisidores que han creído a pies juntillas en esta sucesión de actos de pretendida magia negra – demostró, en 1887, que el decreto de expulsión de los judíos de 31 de marzo de 1492 estuvo fuertemente influido por el proceso de los reos complicados en el supuesto asesinato del Santo Niño de La Guardia.

En primer lugar, los reos no eran todos conversos, sino que formaban una supuesta alianza entre judíos sin importar bautismo, con lo que se afirmaba uno de los principios fundamentales de Torquemada aducidos en el decreto de expulsión: los judíos podían contaminar a sus parientes conversos. Para ello, en vistas a confirmar este argumento, Torquemada se saltó todas las jurisdicciones ‑solo podía preocuparse de la salud espiritual de los bautizados‑ al contar con la baza del asesinato de un niño inocente.

En segundo lugar, contra otra serie de historiadores incluido Menéndez Pelayo, el padre Fita demostró que el tiempo de la sentencia no fue posterior ni simultaneo, sino cuatro meses y quince días anterior al del edicto de los Reyes Católicos (16 de noviembre de 1491). Al mes siguiente, el 16 de diciembre de 1491, los Reyes Católicos tuvieron que dar una carta, de seguridad a los judíos de Ávila, que estaban consternados por el peligro que corrían sus vidas y haciendas, no bien pasaron por la, inquisición los presuntos asesinos del Santo Niño.

El padre Fita, en su obsesión por encontrar pruebas del asesinato, confirmó la conexión política del caso. 

Con los bienes de los diversos reos, confiscados en Segovia, se realizó parte de la, obra de la Iglesia y Monasterio Real de Santo Tomás de Ávila, donde por primera vez ‑por Breve papal otorgado a Torquemada el 12 de noviembre de 1496 ‑ no serían admitidos religiosos descendientes de judíos. La construcción comenzó el 11 de abril de 1482 y acabóse el 3 de agosto de 1493. En 1498 murió Torquemada viendo su obra terminada.

En La Guardia se derribaron las casas de Juan Franco y se construyó en su lugar una ermita. Se realizaron pinturas en las casas donde nació y otras en el convento de los Trinitarios de La Guardia y de Toledo, así como en la iglesia parroquial de La Guardia.

Fita nos describe el lienzo pintado al óleo traído de la Inquisición de Toledo y depositado en el Archivo Histórico de Madrid:

Lo único que existe, traído aquí sin duda con Los procesos y papeles de la Inquisición de Toledo, es un cuadrito en tabla, muy deteriorado, representando la crucifixión del Niño. Aparece éste en la Cruz, rodeado de sus verdugos, uno de los cuales se entretiene en sacarle Las entrañas, o meter mano en la profunda herida abierta en un costado. La pintura, aunque mala, puede muy bien atribuirse a la época misma del suceso o a tiempo poco posterior.

 

Razones de un montaje

“Del Quintanar y Tembleque

 se parten ocho judíos

con dañados corazones

en busca del Santo Niño”

Sebastián de OROZCO

El crimen está relatado de tal forma por las confesiones de los reos que, leyendo el proceso, sólo a un cristiano podría habérsele ocurrido semejante guión. Se organiza como una Pasión o representación teatral parecidas a las que se ponen en escena actualmente en Olessa de Montserrat, Esparraguera o Chinchón. La diferencia estriba en la presencia viva del supuesto niño crucificado que sustituye al personaje de Cristo y que termina asesinado, encarnando, por cierto, su papel a la perfección.

Lo demás esta magistralmente planificado: bofetadas, cruz a cuestas, Sanedrín, Juicio, Verónica y Pilatos incluido. El relato no podía dejar de impresionar a quien lo oía contar en los sermones anuales de Jueves Santo.

¿A qué lector especial iban dirigidas estas actas procesales?

El interés de Torquemada era señalar ante la reina el peligro que significaba para los nuevos conversos la presencia de antiguos miembros de su ley, muchos de ellos incluso familiares o antiguos amigos de los neófitos. Para ello, los reos pertenecen a las dos clases: son tanto judíos de religión como judíos conversos al cristianismo.

Torquemada se mostró, además, solicito en enviar la sentencia de Benito García a todo el país, como lo evidencia, incluso, la traducción catalana que mandaron imprimir los inquisidores de Barcelona y que está recogida en la Colección de Documentos Inéditos del Archivo General de la Corona de Aragón. Se trataba de una verdadera operación de propaganda que tuvo su recompensa en la expulsión pero que siguió sirviendo a los intereses de los cristianos viejos posteriormente.

Durante el siglo XVI, el asunto del Santo Niño de La Guardia fue utilizado en las disputas internas del cabildo toledano, como lo muestra la carta del cardenal Siliceo, el 23 de Julio de 1547, contra parte de su cabildo toledano que, por razones evidentes de parentesco judaico, se opone al Estatuto de Limpieza, donde se cerraba toda entrada o participación en los beneficios de la catedral a los cristianos de linaje hebreo.

La disputa se basaba en la Memoria de 1544 del Licenciado Damián de Vegas acerca del Niño de La Guardia, que Orozco colocó delante de su informe acompañando la decisión del arzobispo Siliceo. La acción discriminatoria provocó una sucesión de cartas del emperador Carlos V entre el 13 de septiembre de 1547 y el 11 de febrero de 1548 hasta la intervención final del Papa Paulo III mediante provisión de 28 de mayo de 1548. El Niño de La Guardia seguía rindiendo favores útiles a los que lo enarbolaban.

El Santo niño inexistente ha servido para los lances más diversos y un hispanista americano en la posguerra española utilizaba el apellido de los presuntos culpables para señalar el origen judaico posible del general Franco.

Lope de Vega, en su comedia EL Niño inocente o el segundo Cristo, unió el cuento infantil de la Casa de Chocolate, donde el chiquillo es llevado por los ogros, con la Pasión bíblica. La historia de Cristo es asumida por España, convertida en la nueva tierra prometida, la nueva Jerusalén libertada, como indica el exacto parecido del territorio de La Guardia y el de Judea:

Mil veces dichosa España!

Que este mártir mereciste,

Niño y padre de tu Patria.

Lope de Vega

José de Cañizares, en su versión teatral del supuesto crimen, llamada La viva imagen de Cristo, y donde los personajes cómicos de la obra se llaman significativamente Requesón y Churrusca, llega al inri del racismo.

La protagonista, a la que su amante cristiano no llama jamás por su nombre de Ester, sino que la apela cristianamente Beatriz, resulta finalmente una recogida y, por tanto, sin sangre hebraica. Así, puede acusar a su padre‑padrastro y casarse con el delator gracias al permiso de los Reyes Católicos.

Pero, ¿cómo se ha llegado a toda esta variedad de historias? ¿Qué pasó en el famoso proceso para obtener esta continuidad literaria? Volvamos a los ‘papeles’ inquisitoriales.

 

Procesos, torturas, acusaciones, tortura y, finalmente, confesiones

El proceso o, mejor dicho, procesos que envuelven el caso del Santo Niño de La Guardia encuentra su hilo conductor común en la actuación inquisitorial De siete procesos habla el resumen realizado en 1569, en el Consejo de la Suprema Inquisición, por Pedro Tapia, Alonso de Doriga y Mateo Vázquez, transcrito en el libro de Martínez Morena (1868) junto a la provisión del licenciado Villegas.

De este material saldrían los Libros con un niño doble, Cristobalico, de siete años, o Juan, de tres, para otros, hijo de Alonso de Pasamontes y de Juana la Guindera, desaparecido en la Puerta del Perdón de la catedral de Toledo.

Amador de Los Ríos (1845) utilizó los procesos del Archivo General de Alcalá y el padre Fidel Fits transcribió en 1887, para la Revista de la Academia de Historia, el proceso de Yuçe Franco gracias a los papeles que le entregó el jefe del Archivo Municipal de Madrid, Timoteo Domingo y Palacio. El padre F'ita; a partir de estos documentos, señala diversas procesos: el del vecino de Tembleque Yuce Franco, en Ávila, el de Benito García de las Mesuras, en Astorga, el ó de junio de 190; el de Mose Abenamías, vecino de Zamora; de los seis vecinos de La Guardia y conversos Alonso Franco, Lope Franco, García Franco, Juan Franco, Juan de Ocaña y el mismo Benito García.  También en Ávila se procesa a Mosé Franco, padre de Yuce Franco; a Benito García, Juan Franco y sus  hermanos Alonso, García y Lope, así como al sacristán de Santa María de La Guardia y tres judíos difuntos: el maes­tre Yuça Tazarte, Mosé Franco ((hermano de Yuce) y David de Perejón.

Todo este entramado indica un ovillo exterior, el de las intenciones y decisiones de los jueces, planteadas muy tempra­namente en la acusación que el promotor fiscal realiza en Ávila el 17 de diciembre de 1490 contra Yuce Franco. Los cargos son leídos por orden jerárquico de importancia criminal: propagar la ley mosaica, crucificar a un niño cristiano en Viernes Santo y contratar el robo de una hostia consagrada.

Un grupo de judíos y conversos, detenidos a lo largo de dos o tres años, es recluido por diferentes motivos. Los primeros por inducir a judaizar – infracción más que probable -, y los segundos por recaer en las prácticas mosaicas – igualmente factible -. . Hasta ese momento es un proceso normal de represión eclesiástica aunque la Inquisición no tenga poder legal sobre los judíos no bautizados. Lo novedoso es que, esta vez, los jueces crean un entramado de juderías complicadas aprovechando las acusaciones que obtienen mediante torturas de los dos grupos.

Después de la negación inicial y natural de las acusaciones, sigue un periodo de humillación y degradación en los reos – acompañado de suplicios y sufrimientos diversos -, que les lleva a acusar a gentes de otras juderías, de otros grupos (conversos contra judíos y a la inversa) y fallecidos (esta es una solución habitual de los torturados porque saben que, al menos, no le hacen daño a nadie vivo y calman momentáneamente a sus torturadores dando ‘nombres de cómplices’ que es lo que les piden insistentemente). Esta táctica dilatoria se acaba pronto, pasando a la aceptación de las acusaciones, que en este caso eran mortales.

Los propios  inquisidores facilitan la ampliación de la lista de compinches al sugerir nombres de personas que forman parte de otros procesos o que se encuentran detenidos en la propia Inquisición. Así se forma la teoría conspiratoria que asombra a los propios jueces por su extensión. Esta es la parte más extraordinaria del proceso de degradación humana a que se somete a los presos: la mayoría termina acusando a todo el mundo y los jueces terminan creyéndose su propio guión.

El caso de Yuce Franco, judío de Tembleque, es muy significativo. En diciembre de 1490, a la negativa de los cargos, sigue una serie de interrogatorios que son decepcionantes por el resultado. EL 10 de enero de 1491, Yuce Franco confirma una historia contada el 27 de octubre sobre la búsqueda de pan cenceño (ácimo) para la celebración de la Pascua Judía, que le hace dirigirse desde Tembleque a La Guardia y tener trato con conversos, charlando sobre la circuncisión.

El 10 de abril, Yuce responde a la efectividad de las torturas y comienza a introducir en el relato alusiones a la hostia consagrada (igualmente pan ácimo), aunque de momento en relación con la familia Franco, que eran conversos. El 7 de mayo ya se ha encontrado el lugar perfecto para los conciliábulos del crimen, unas cuevas entre dos arrabales y La Guardia, en la cuesta de la Horca, camino de Ocaña, apareciendo varios cómplices, naturalmente difuntos: Moisés Franco y Yuça Tazarte.

La tortura empieza a construir un relato razonable que se une a la posición de otros detenidos con acusaciones paralelas y escenas realmente degradantes, incluida la terrible escena de Benito García que, en medio de todas las torturas, idea la posibilidad de cortarse el pene para que no se vea que está circuncidado y así evitar ser quemado. Benito García confiesa – los textos inquisitoriales a veces son de una ingenuidad pasmosa – lo increíble de sus propias declaraciones al afirmar que “él tenía mal remedio porque con los tormentos había dicho más de lo que sabía”.

La historia se polariza ahora en dos ramas y se guioniza de acuerdo con las declaraciones dobles de un converso, Benito García, y de un judío, Yuçe Franco, hiladas a conveniencia de los inquisidores. Estos van de uno a otro para acordar las dos versiones, lo que logran tras un año de torturas.

El 9 de junio, las declaraciones de ambos hablan ya de un corazón de niño cristiano y una hostia consagrada, en relación con el difunto Yuça Tazarte. Los Franco de la Guardia, conversos, son implicados ya que los conjuros habrían tenido como destino librarse de la posible persecución de los inquisidores.

Finalmente, durante el verano de 1491, la historia se completa.  El 25 de octubre, en Salamanca, se pueden ya conformar unas acusaciones claras y tenemos un veredicto previo del jurado convocado al efecto.

El 26 de octubre de 1491, se somete a tormento a Yuce Franco que realiza una confesión de acuerdo a las acusaciones deseadas aunque, a los inquisidores, les parece incompleta. Después del suplicio del 2 de noviembre, se perfila la historia definitiva: por fin tenemos un niño toledano secuestrado.

El 4 de noviembre se ratifica y el 5 de noviembre se da una de las más fundamentales claves del asunto: los judíos no podían realizar los hechizos sin el concurso de los cristianos. Con sus poderes judaicos son incapaces de hacer mal. Los judíos necesitan una hostia consagrada, un  niño cristiano e incluso la participación de los propios conversos que cuentan con la fuerza espiritual – aunque mal utilizada – que da el bautismo.

La apología sacramental, subyacente a la guionización de todo auto sacramental, está conseguida y los inquisidores pueden preparar el auto de fe práctico del 16 de noviembre.

 

Los defensores del Santo Niño

En su época hubo verdaderos apologistas, comenzando por Francisco de Zepeda en su Resunta Historial del año 1491. Fray Francisco de Arcos lo cuenta en la vida del padre fray Simón de Roxas, y fray Rodrigo de Yepes, en la extensa Historia del Niño Inocente, de 1583, recogida por fray Juan de Cantabrana o Francisco de Quevedo, necesitado de argumentos para su Memorial por el patronato de Santiago. La principal de estas apologías es la de fray Antonio de Guzmán, titulada Historia del inocente trinitario, el Santo Niño de La Guardia, retrato de Cristo nuestro redentor.

De la óptica cristiana/apologética pasamos a la cristiana/racista.

El tema se renueva en el siglo XIX con Alonso de Castro al escribir sus Vidas de niños celebres, publicada en Cádiz en 1865. Para responder a los ataques antiinquisitoriales de  Isidoro Loeb, el padre Fita realizó los artículos de 1887 y se convirtió en el emblema del nuevo positivismo eclesiástivo.

Sus datos fueron recogidos por Funk y Llorca en sus respectivas Historias Eclesiásticas. Por su parte, Sabatini y Baer llegaron a la científica conclusión de que el asesinato del Niño de La Guardia no fue un crimen ritual, sino de magia negra, unido al carácter curanderístico invertido que poseían naturalmente los judíos.

Finalmente, el presbítero Martín Martínez Moreno utilizó en su libro publicado en 1928 los procesos contra los reos, los testimonios del tribunal de la Inquisición y de otros documentos que se guardaban en el archivo parroquial de La Guardia. En 1943, Manuel Romero de Castilla, publica los hechos con el título de ‘singular suceso en el reinado de los Reyes Católicos’.

Entre los defensores actuales de esta larga tradición aun contamos en 1950 con un texto confirmatorio de Nicolás López Martínez:

“Este odio hacia la persona de Jesús, casi innato entre los de aquella raza, se exterioriza más y más en su repugnancia por los sacramentos. Los infanticidios de Sepulveda, Segovia, Ávila, La Guardia .... las profanaciones con sentido realista de criminalidad como últimamente se registraron en Casar de Palomero, en el caso mismo de La Guardia, que no podemos sino enumerar, nos presentan un aspecto nada favorable a aquélla raza, no tanto por su numero cuanto por el modo de realizarlos. El asesinato del Santo Niño de La Guardia, por ejemplo, tal como nos queda relatado en el proceso contra Juce F'ranco de Ávila, nos habla de premeditaciones satánicas, de sadismo, de espíritus atormentados por odios rastreros”

La razón que encontró el reverendo padre Llorca para dar veracidad al crimen nos parece de las mas afortunadas e imaginativas:

“También es moda entre los adversarios de la Inquisición negar rotundamente la historicidad de todos aquellos hechos atribuidos a los judíos y que más contribuían a exaltar los ánimos del pueblo. Pero en la mayor parte de ellos las pruebas son demasiado claras, y en algunos se conservan las actas originales de los procesos. Por lo demás, así como la exaltación religiosa llevaba a los cristianos a cometer aquellos asesinatos y linchamientos populares contra los judíos y conversos, así es muy comprensible que la misma exaltación y el mismo fanatismo llevaran a los conversos a cometer aquellas sacrílegas venganzas contra los cristianos”

 

Romero de Castilla llega a decir, en defensa de esta abrumadora serie de indicios criminales, que:

“Entre todos los procesos inquisitoriales resueltos mediante sentencia inspirada en los mejores deseos de estricta justicia, no hubo causa procesal alguna que por su finalidad y trascendencia tuviera la gravedad y circunspección en cuanto a procedimiento como la llevada y por si exigida por una trama tan variada y extensa, cuyos limites salían de unas normas de vida nacional, constituyendo una urdimbre de poder asimilador y suplantador de autoridad y dominio, como to revelan las confesiones de los judíos que tomaron parte en la crucifixión del Santo Niño de La Guardia el año de 1 489.

 

En realidad, las posiciones de tantos sabios católicos nos llevan a un callejón sin salida. Ante el juicio sobre el crimen ritual del Santo Niño de la Guardia solo se pueden adoptar dos posturas: o se acepta la posibilidad de que los judíos cometieran crímenes rituales con lo que sólo queda confirmar el caso ‑ y, desgraciadamente, gran parte de historiadores españoles ha dejado planear la duda sobre este asunto‑ o se niega con rotun­didad la posibilidad de crímenes rituales, mandando todos los papeles de la Inquisición, confesiones in­cluidas, al basurero de la mala con­ciencia cristiana. Entonces se con­vierten en lo que son: una muestra de los deseos y pánicos, de los onirismos de los inquisidores, donde solo existen los deli­tos que ellos imaginan en sus pesadillas. Los condenados no son reales mas que como demostración de la verdad del inquisidor. Benito García o Juan Franco no son ni si­quiera víctimas heroicas, aunque lo pretendan. Su resistencia es toma­da como contumacia en el crimen o su confesión bajo tortura como una conversión final de su arrepenti­miento. Hagan lo que hagan, ellos solo leen el papel teatral que se les ha destinado.

 

Una explicación del fenómeno

 

Rabino. ‑Porque su corazón es necesario para cierto exquisito sacrificio de nuestra ley.

LOPE DE VEGA, El niño inocente o el segundo Cristo)

 

La complicada urdimbre que se encuentra detrás de la acusación de crimen ritual proviene de la mezcla de diferentes tradiciones, tanto cultas como populares. Desde el comienzo del cristianismo, fue peliagudo explicar el misterio de la transubstanciación y, contado de manera perversa, indujo a pensar en ritos canibalísticos, como determinaron varios tribunales de la Roma pagana.

Los casos inversos al estudiado, donde no se trata de una criatura que desaparece para ser sacrificada, sino de un niño que aparece cuando se profana una hostia consagrada, explican este aspecto. La evidente conexión que existe entre estos dos tipos de acción hace que los libros eucarísticos siempre los hayan agrupado juntos.

En el primer caso, el niño es raptado para santificarlo, antes de beber su sangre, en un ritual satánico que es el espejo invertido de la comunión crística, y en el segundo, es la hostia consagrada la que derrama su contenido – real para el cristiano - de sangre para convencer a los incrédulos del misterio.

Los judíos son los responsables en la mayoría de ambos casos, comprando hostias consagradas a sacristanes o mujeres ‑elementos más débiles del rebaño cristiano para la mentalidad de los apologistas del misterio eucarístico por se inferiores en jerarquía a los sacerdotes y varones ‑ o exigiéndolas como pago de los intereses de sus prestamos usurarios, como es el caso de Deggendorf (Baviera, 1337), descrito por fray Antonio Serpa.

En Zaragoza, en 1427, según cuentan fray Roque Fici y fray Jaime Baron, es un moro quien reclama una hostia para un sortilegio y ésta se convierte finalmente en un niño que termina en una patena de oro englutida por el arzobispo de la, ciudad. Estas escenas se encuentran en la capilla de San Dominguito de Val. Este santo, patrón de los monaguillos según algunas versiones, sigue teniendo una misa anual (el 25 de septiembre) cantada por los monaguillos de la Seo de Zaragoza.

El tema del sacrilegio y profanación cometido por uno o varios judíos con hostias está a la orden del día en los siglos XIV y XV. En el momento de mayor crisis antijudía, los artistas catalanes y valencianos lo reprodujeron en altares dedicados particularmente a la Trinidad o a la Eucaristía. Aparte de las tablas del retablo de la ermita de San Bartolomé, en Villahermosa (Castellón), son muy significativas las de Vallbona de les Monges, que se conservan en Barcelona, que datan también del siglo XIV y rememoran un milagro eucarístico en siete fases.

Este aspecto caníbal del misterio de la transubstanciacion mal entendido es reflejado de forma ingenua en un milagro datado en el año 1406 por fray Juan Egido y recogido por el padre Manuel Traval y Roset en Prodigios Eucarísticos (Barcelona, 1900) en que,

“Cierto día, estando un niño junto al celebrante de la misa, vio en el momento solemne de la elevación un bellísimo Niño en manos del sacerdote; y vio con asombro que en la Comunión el sacerdote se to comía. Aterrado, el niño huyó en busca de un escondrijo donde meterse. Acabada la Santa Misa, buscáronle y no le hallaban. De ninguna manera quería it con el monje, y al divisarle empezó a gritar sollozando: «Salvadme, salvadme, que me quiere comer como se ha comido hoy uno mientras decía la Misa. La especial gracia concedida a su inocencia y angelical candor, fue la causa de un tan extraordinario temor y espanto.

Strack nos recordaba en la Revista de Estudios Judios (1889) ese batíburrillo del onirismo occidental en torno de la sangre desde las míticas comidas de Thieste a los sacrificios humanos de los druidas, los cuentos de ogros, vampiros, lamies, goules y striges; el vino que se convierte en sangre y las hostias que sudan sangre, los estigmas sagrados, las flechas y balas encantadas, la fábula del mercader de Venecia, los diferentes pactos con el diablo, o simplemente entre amigos, firmados con sangre, las virtudes que brujas a inquisidores atribuían a la sangre de los torturados.

Los que acusan a los judíos se acusan a sí mismos en un drama que al mismo tiempo les atrae y les horripila.

Nos encontramos ante la mezcla de una corriente con gran trasfondo popular, el hombre del saco, y de la confusa explicación de un dogma excesivamente complicado, la transubstanciacion.

Todo esto se une a una gran corriente que, dentro de la sociedad occidental, da un gran valor a la herencia ‑por tanto, a la sangre‑ desde el siglo XIII, primero en la obsesión genealógica y luego en las primeras teorías pre-biológicas. En todos los casos, los judíos serán las víctimas habituales de estas contradictorias cavilaciones de la sociedad occidental.

El origen fundamental del mito del crimen ritual es la concepción del tiempo que tuvo la cristiandad. Dentro del ciclo anual de repetición ritual‑agraria, todo sucede en un espacio de tiempo corto. Es difícil imaginar un mundo en que el individuo no se acordaba del año de su nacimiento sino de la advocación santoral (repetida cada año) bajo la que había nacido, un mundo en que el espacio no estaba ordenado numéricamente, sino por intervalos cíclicos de cosechas que se viven con la ansiedad de que pueden no volver a repetirse y la seguridad de que se cumplirán los plazos por un acuerdo de la divinidad fatal o maravilloso.

¿Cómo se inserta la ansiedad dramática en este mundo de tiempos cíclicos y cómo se soluciona esta angustia apocalíptica? La Pasión de Cristo da la respuesta. El judío es testigo de la muerte de Jesucristo porque sólo existe uno en el mundo, el errante, el que condena a Cristo prefiriendo a Barrabás. Como las cosechas, como las estaciones, repite cada año el acontecimiento dramático.

En el caso del Niño de La Guardia, Torquemada introduce estratégicamente en la corte un factor sentimental de difícil respuesta por parte de los poderosos partidarios contra la expulsión.

Como hemos visto, desde las Partidas de Alfonso X las elites políticas no ponían en duda oficialmente el fenómeno del crimen ritual, que encajaba perfectamente tanto en el saber tradicional como en el culto o clerical, y más en un grupo social que comenzaba a dar un gran valor a la sangre mediante la construcción de las genealogías nobiliarias.

La reina era la perfecta diana de una doble argumentación semejante. Cinco meses después de la condena de los desgraciados autores del crimen, Isabel la Católica firmó el decreto de expulsión, que no detuvo sino que desencadenó la persecución de la estirpe judía, como demuestran los obsesivos estatutos de sangre. ¡Otra vez la sangre!

El crimen sin cadáver del Santo Niño de La Guardia, así como la inmensa serie de acusaciones de crímenes rituales judíos, nos muestra que la línea de separación entre lo erudito y lo popular, lo culto y lo propio del vulgo, es difícil de determinar, si es que realmente existe tal frontera.

Es necesario, pues, dejarse de investigaciones exclusivamente positivistas, que únicamente conducen a la constatación de la existencia de una cascada de acusaciones‑y que, al final, pueden incluso hacernos dudar, como a tantos ‘serios y reflexivos’ investigadores sobre la existencia posible de estos crímenes.

Eso sería caer en la trampa policial de la sospecha que tan bien supo manejar el inquisidor Torquemada y que pertenece a una larga tradición que llega hasta Goebbels: la acusación repetida crea el crimen.

Lo real es invertir el problema y preguntarse: ¿por qué la sociedad cristiana necesitó durante seis siglos, para conformar su identidad como grupo, demostrar la existencia de un crimen ritual anualmente practicado por los judíos en un niño inocente?

Esperemos haber dado algunas pistas para solucionar este embrollo.