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EL
ZANCARRON DE MAHOMA:
DE
PIERNAS, BRAZOS Y OTROS OBJETOS CORRUPTOS E INCORRUPTOS. José María Perceval Artículo inédito en castellano, versión francesa en Les Temps Modernes, 507, París, 1988, p.1-21 |
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Mi agradecimiento al escritor Juan Goytisolo por recomendar este artículo para su publicación. La traducción al francés fue realizada por M. Jean-Fréderic Schaub
Plato de la cocina vasca realizado con la pieza de la vaca llamada "zancarrón" (morcillo de vaca)
"el hueso de pierna de res despedazada para el consumo que no tiene o apenas tiene carne"
Era difícil, si no imposible, que los españoles de comienzos del siglo XVII imaginaran un mundo sin reliquias.
El despiece de un santo inmediato a su época tiene un delicado ejemplo en Santa Teresa.
En
la literatura nos queda el testimonio de la multiplicidad de milagros que
se producían en torno de estas reliquias y de las peticiones a Roma de
existencias, para iglesias desprovistas de estos elementos claves del
culto contrarreformista.
"A más de esto, los moros de España, África y Berbería (como lo confesaron muchas veces en el tribunal de la fe los moriscos) no veneran ni honran la figura toda de Mahoma sino su Zancarrón: que es un brazo adornado, conforme las posibilidades de cada uno, de pedrería, anillos y otras riquezas" Marcos de Guadalajara.
El zancarrón es la única parte (supuesta) que se conserva, según los cristianos, del cuerpo de Mahoma porque el resto ha desaparecido, escondido por los discípulos o, aún mejor, tragado por la tierra, es decir, lanzado a los infiernos.
El zancarrón jugó un papel de reliquia indispensable, prueba material de la traición morisca.
No se trata de un establecimiento próspero el que expone un zancarrón en su vitrina.
Cojear es un vicio en sí mismo (Covarrubias), una ausencia importante en una cultura humanística que prima la perfección del cuerpo humano.
Los personajes que, el autor, considera de hidalguía probada a pesar de ser moros, o incluso siendo moros, se refugian en el eufemismo de jurar por los huesos del profeta.
El propietario del zancajo, zancarrón el mismo, es un cojo y busca " hacer tropezar" con sus tropiezos, así que anda a trompicones quien se guía por su figura o su doctrina.
Mahoma
es él mismo un 'zancarrón'. En este caso tenemos una significativa
pirueta del cojo, un viraje de sentido que da el propio carácter de este
ser cargado de mala voluntad. Nuestro zancajoso no solo tropieza sino que
dispone zancadillas al caminante normal y, aparentemente, bien dotado por
la naturaleza.
El zancarrón, sea un brazo, una pierna, una estatua o un hueso, es real, existe en algún lugar y de él dimana la luz negra de una contra sabiduría.
La
utilidad de una presencia física del profeta en la península es la de
permitir la posibilidad de un rastro dejado en su vergonzosa huida. El
zancarrón sería un testigo religiosamente por los moriscos y confesado
(mediante la hábil tortura) delante de los inquisidores.
Cuando
se habla de zancarrón, y esto es fundamental, se está haciendo un chiste
perfectamente comprensible, tanto si se quiere atacar al Islam como una
costumbre de la época, por ejemplo, al
afeite (maquillaje) de moda llamado 'Solimán':
Contra
la fealdad, la ignorancia, la herejía y la pobreza, se utiliza una
palabra de uso común en la carnicería. La consecuencia lógica es que se
está golpeando al propio comprador con el hueso que pide para el caldo.
Risa simple o doble, unos se ríen del espectáculo, otros consideran un espectáculo la sala.
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"Et erit sepulchrum
eius
gloriosum[1]"
"Unos hombres (los moros) son
azules y colorados/
que viven por despoblados/
y adoran el zancarrón."
Lope de Vega,
Los Porceles de Murcia. Sin
estar ubicado en ningún lugar concreto, el Zancarrón de Mahoma
fue un potente objeto imaginario que bulló en la mente de los cristianos
españoles durante dos siglos y que llegó a ser un término
‘popular’, a pesar de haber tenido su origen en las élites cristianas
españolas del siglo XVI. Pata
de vaca o reliquia ilustre, brazo del profeta Mahoma adornado de piedras
preciosas o tropezón siniestro de un cojo iletrado, la real presencia del
zancarrón de Mahoma queda por elucidar. El objetivo de este ensayo es
descubrir la receta del caldo que se estaba cocinando con este hueso. A
lo largo del estudio del ‘Zancarrón’ – o de los múltiples
zancarrones que la historia nos aporta – nos plantearemos muchas
preguntas pero, una fundamental, será el interrogante que afecta a todos
los textos inquisitoriales, a todos los documentos que, supuestamente, son
fiel testigo del pasado y testimonios de espíritus racionales. ‘El
Zancarrón’ es la demostración simple, y al mismo tiempo divertida, de
la confusión de registros que practican habitualmente ciertos
historiadores de moriscos en agradable compañía con multitud de
historiadores de otros grupos perseguidos: textos sin verificar utilizados
como documentos inapelables, textos que, al hablar de ‘moriscos’, no
hablan de los moriscos sino que estructuran y adecuan el saber
‘popular’ sobre el Islam. VAYAMOS
AL CALDO Cuando
Cervantes estaba dando nombre a su héroe Sancho dudó entre apellidarlo Panza
o Zanca como él mismo nos cuenta en El Quijote. Los dos términos
eran populares, los dos reflejaban una cierta broma de tipo animalizador,
aplicada sobre el vulgo y 'vulgarmente' utilizada por él, contando con un
variado plurimorfismo semántico que derivaba de la raíz zanc‑. "Junto
a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies
del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de
ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle
corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de
Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces
la historia"[2] Término
de origen incierto, común a todas las lenguas romances excepto el francés,
el rético y el rumano, 'zanca' se encuentra también en la lengua vasca
lo que ha aumentado las hipótesis etimológicas. Atestiguado desde la
baja latinidad, Corominas[3]
lo relaciona con un zapato alto de madera al estilo de las polainas
proveniente del Irán. De ahí procederían zanca, los zancos,
zancudo y hasta incluso chancla, chanclos o chancleta.
Uno
de sus derivados, zancarrón, significa "el hueso de pierna de
res despedazada para el consumo que no tiene o apenas tiene carne".
Pero, en un interesante puente semántico, también se aplica al hombre de
desagradable constitución física, viejo, feo y flaco, así como al
profesor ignorante, con un sentido que se conserva mejor en América que
en la propia península. Fue
entre los años 1550 y 1650, cuando 'zancarrón' se utilizó para designar
un conjunto de reliquias del profeta Mahoma, que se adorarían en la Meca,
restos formados por un brazo, una pierna, un zapato, o todo al mismo
tiempo. Este imaginario provocará todo un juego de sentidos, incluso
contradictorios, que la poesía y el teatro desarrollarán. Aún, en el
siglo XVIII, el Diccionario de Autoridades conserva esta definición
y su estela quedaba en ciertos romances de ciego recogidos por el profesor
Caro Baroja[4]
como el de Celinda y don Antonio Moreno (1729)[5].
Posteriormente,
en la reconstitución del orientalismo durante el siglo XIX, la
determinante influencia francesa no adoptará el término para el nuevo
montaje al no encontrarse en su lengua ni tratarse de un préstamo del
castellano. Durante dos siglos (1650‑1850), habiéndose atenuado la
confrontación directa con el Islam, el término perdió este visaje
religioso, sin tirar por la borda el bagaje adquirido durante la navegación.
La historia de esa singladura es la que intentaremos cartografiar en este
ensayo. ZANCARRON,
RELIQUIA DEL PROFETA Era
difícil, si no imposible, que los españoles de comienzos del siglo XVII
imaginaran un mundo sin reliquias[6].
La religiosidad barroca mantenía dos vertientes diferenciadas pero no
contradictorias: de un lado el gnosticismo místico se refugiaba en claves
y símbolos para los elegidos del señor, de otra parte la nueva
re‑evangelización propuesta por la contrarreforma exigía, para la
creación de una "religiosidad popular", la propaganda directa y
sensual de las imágenes, los retablos, las procesiones y las reliquias. Cuando
el sacerdote besaba la paz del altar, el acto físico se unía al
espiritual de la misma forma que el pueblo llano podía
"elevarse" gracias a las artas o estadales que, en los
santuarios, los monjes bendecían y colgaban al cuello de las devotas o
beatas. Estas también llevaban, pendiente de la cintura, el muelle[7],
adorno compuesto de varios relicarios, con nóminas o listas en que
estaban inscritos los santos del devocionario. O el tahalí, la
caja de cuero pequeña donde se conservaban reliquias y oraciones. El
barroco realizaba, así, en el mundo católico este doble proceso: una
democratización de la religiosidad conservando al mismo tiempo la defensa
de la jerarquía espiritual. Se
trataba, pues, de objetos y rituales para ver y tocar, para llevar y
venerar, donde se unía con frecuencia el acto público de la fiesta
definitivamente arrebatada, controlada y reglamentada[8]
junto al encuentro íntimo con un atisbo de eternidad. No importa que esta
visión viniera proporcionada por la página de un libro sacro, la mirada
de una virgen, el retazo de un hábito o el brazo incorrupto de una santa
conservado en una hornacina de abigarrada decoración. La
profusión de reliquias, y su búsqueda, provocó un verdadero comercio
que necesitó desde su comienzo de testificaciones, testimonios llamados Auténticas[9],
donde constaba la identidad y verdadera historia de la reliquia. Las
falsificaciones, evidentemente, se contaban por millares ya que los
monasterios, las iglesias catedrales, las parroquias e incluso las ermitas
y las capillas particulares, competían por la posesión de estos retazos
de santidad. El
despiece de un santo inmediato a su época tiene un delicado ejemplo en
Santa Teresa. "El brazo de la Santa, que se venera en Alba en
precioso relicario de oro, fue cortado por el P.Fr.Gregorio Nacianceno,
cuando se desenterró su cuerpo para llevarlo al convento de Ávila, nueve
meses después de su muerte, a fín de que a las de Alba quedara este
consuelo, según queda dicho. Está colocado sobre un hermoso pedestal,
formando una especie de V apoyada los dos huesos sobre el codo. El P.
Gracián había cortado la mano izquierda antes que el P. Fr. Gregorio
cortara el brazo. Sobre los dos huesos se ve la piel apergaminada, y algo
de carne seca, como acecinada... El corazón se halla colocado en un tubo
de cristal fuerte y trasparente, abierto por la parte superior, pues dos
veces ha estallado, como si aún ardieran allí fuegos mal apagados de
amor divino. Descansa el tubo sobre un hermoso pie de plata sobredorada,
adornado de pedrería, como también el remate que corona el tubo...
Declaró el facultativo Sánchez que en la parte superior del corazón se
advierte una hendedura horizontal, estrecha, larga y profunda,
hecha con instrumento cortante, pequeño y fuerte a la vez, y que en los
bordes de la herida se ven señales de quemadura. Al cabo de siglo y medio
y de más de trescientos años del suceso, los peregrinos podrán advertir
a la simple vista la exactitud de esta declaración. En virtud de esta
información canónica, se instituyó por la Santa Sede en 26 de Marzo de
1726 la fiesta de la Transverberación, para el citado día 27 de
Agosto"[10]. También
se consideraba reliquia todo objeto utilizado o tocado por el santo. No se
consideraba un santuario como tal si no contaba con su colección de
reliquias. Después de la Reforma protestante, la propaganda de la reacción
católica primó las reliquias hasta un extremo que tuvo que ser
reprimido, sin éxito por otra parte, en las disposiciones conciliares. En
la literatura nos queda el testimonio de la multiplicidad de milagros que
se producían en torno de estas reliquias y de las peticiones a Roma de
existencias, para iglesias desprovistas de estos elementos claves del
culto contrarreformista. Sebastián
de Covarrubias (1606) definía las reliquias como "pedazitos de
los huesos de los santos, dichas así porque siempre son en poca cantidad,
salvo cuando los pontífices conceden a algún príncipe el cuerpo entero
de algún santo". En su definición Covarrubias refleja esta ansia
ingenua de acumulación y su conexión económico‑espiritual con
Roma, al alterar el origen etimológico de la palabra que, sin embargo, es
fielmente seguido por El Diccionario de Autoridades. Este
mismo diccionario nos señala un orden de importancia particular en la
importancia de las reliquias, que relega a segundo plano las obras,
vestidos o utensilios, primando el cuerpo: "reliquia insigne es la
cabeza, brazo o canilla de algún santo"; el despiece tiene sus
partes de mejor gusto como señala acertadamente la pastelería. En
la llamada 'tradición popular', muy afectada por el culto de las
reliquias, ha quedado su perfume en la cocina de postres y dulces; toda
una variedad de "huesitos de santo" dan una divertida y
significativa versión antropofágica de este fenómeno. ZANCARRON:
¿IMAGEN O RELIQUIA? La
disputa sobre la incorruptibilidad de los cuerpos santos ya había
golpeado con efecto pendular a Mahoma. En oposición clara a los
perfumados cuerpos de los mártires, el cadáver de este
"falsario" había tenido un fin más bien desastroso. Blas Verdú
en Engaños y desengaños del tiempo (1612)[11]
nos resume las teorías sobre la muerte del profeta acumuladas desde el
comienzo del Islam y en las que sigue a San Juan Damasceno, San Eulogio y
Euthymio[12].
Se recogía así una larga tradición de la apologética antimusulmana
contra la ascensión de Mahoma al cielo[13]. Los
discípulos, después de una infructuosa espera, descuidaban el cuerpo y
el falso profeta, en una alusión claramente e inversamente eucarística,
terminaba comido por perros atraídos del olor de su cuerpo corrupto, que
llevaba tres días sin enterrar (al modelo cristológico). Sus sectarios
avergonzados por esta carroña inmunda y un poco masticada, escondían los
restos surgiendo la leyenda de la ascensión al cielo. Como compensación,
"en recuerdo, cada año mataban muchos perros"[14]. La
mano de Fátima, ese adorno que recorre todo el norte de África, puede
encontrarse en el origen de la afirmación que hacen Damián Fonseca
(1612)[15]
y Pedro Aznar Cardona[16]
de que los moriscos adoraban el "ampsa", la mano de
Mahoma. Queda por saber como se pasa de una extremidad al miembro al
completo y surge la primera duda: «Era una pierna o una mano el zancarrón
de Mahoma? Si
vamos al término concreto, María MOLINER nos aclara que "Zancarrón
es hueso de pierna de res despedazada para el consumo que no tiene o
apenas tiene carne". Ahora, donde hay confianza, como la tenían los cristianos en el asunto morisco, ya se sabe que se da la mano y, ellos, se toman el brazo. Luego, el traslado de un miembro al otro no tiene mucha importancia porque estamos hablando de animales y, estos, sólo tienen patas. Así,
dice Marcos de Guadalajara y Xavier, en Prodición y destierro de los
moriscos de Castilla (1614), que "a más de esto, los moros de
España, África y Berbería (como lo confesaron muchas veces en el
tribunal de la fe los moriscos) no veneran ni honran la figura toda de
Mahoma sino su Zancarrón: que es un brazo adornado, conforme las
posibilidades de cada uno, de pedrería, anillos y otras riquezas"[17].
En
este caso se trataría de un esbozo de imagen adorado por los musulmanes,
al estilo de la estatua descrita por Gonzalo de Céspedes y Meneses en su
cuento "El Mahomita de oro" incluido dentro de El
Soldado Píndaro (1626)[18].
Los
Romances nos dicen al respecto, como orden directa del profeta,
remachando en la imposibilidad mental de conjeturar como posible
una religión sin imágenes por parte de los cristianos:
"Ni tengan ninguna imagen/ Si no fuere de Mahoma"[19] Otra
tradición de origen medieval, y de gran éxito, conectaba con la leyenda
de 'la piedra Imán'[20]. El sepulcro de Mahoma estaría, según opiniones
autorizadas que darían lugar a fuertes controversias científicas, en el
aire y sostenido únicamente por la mutua atracción de dos piedras
imantadas. El Viaje de Turquía, hacia mediados del s.XVI, nos
indica que se trata tan solo de un zapato llamado 'isaroh' o 'tsaroh'
según Georgievits[21].
Aquí tenemos un fuerte indicio de la conexión fonética con la raíz 'zanc',
que también indica zapato o pierna. Será esta última versión la más
aceptada. Lope de Vega refleja esta teoría en su comedia El cuerdo
loco[22],
El Alcalde Mayor[23] y en Los Mártires de Madrid[24]: En
Los mártires de Madrid, el turco está pidiéndole a Flora que lo
ame y ofrece darle cualquier cosa a cambio:
"Pide las
piedras que están/
sustentando el
sancarrón;/
de pintado
jaspe imán" En
El cuerdo loco es el Sultán quien afirma ‑. Pues
yo juro / Por los huesos que están colgando en Meca / del aire mismo, en
su virtud, de darte, favor..."[25] En
El alcalde Mayor es Beltrán quien afirma ‑.
“Dame albricias, que bien ves
que traigo los zaragüelles
con más troneras que un muro,
y en cuartos los dos cuarteles.
Tanto que ya al zancarrón
de Mahoma se parecen:
que si él se tiene en el aire,
ellos también como fuelles”[26]. Luego, el zancarrón es la única parte que se conserva de su cuerpo porque el resto ha desaparecido, escondido por los discípulos o, aún mejor, tragado por la tierra, es decir, lanzado a los infiernos. La leyenda sobre Mahoma seguida desde los apologetas hasta Quevedo, cuenta como el profeta era cojo. Es normal que, al ser arrastrado su cuerpo por el demonio no se llevara la pierna desprendida, hecho habitual en los relatos de cojos malditos de la cuentística. Lope de Vega nos da una variante singular de la historia en Los esclavos libres:
De
momentos, contamos con un sepulcro vacío, unos restos mortales
escamoteados y una mano o una pierna misteriosas. Los investigadores
cristianos, partiendo de estos indicios, iban a forjar y popularizar el más
extraordinario motivo del imaginario antimorisco. Tanto que, ciertos
moriscos incluso, después de haber sido sometidos a tortura, terminaron
por confirmar los hechos delante de los Tribunales de la Inquisición,
como es el caso de La acusación y sentencia del proceso contra
Francisco de Espinosa, morisco de El Provencio (Cuenca) en 1561-1562. El
zancarrón jugó un papel de reliquia indispensable, prueba material de la
traición morisca. Por lógica, los moriscos, imagen invertida de la
comunidad cristiana, debían contar con una iglesia (aunque, secta), unos
dogmas y unas reliquias tanto si eso coincidía con la doctrina del Islam
como si no. Era la defensa de la necesidad universal de que hubiera una
iglesia, frailes, sacerdotes, diezmos y primicias como defiende Bernardo Pérez
de Chinchón en su Antialcorano (1532). En esta idea, como en el mundo
carnavalesco, los moriscos corresponden a una idea del mundo al revés y
absurdo. Tienen todos los elementos de una pretendida iglesia pero
grotescos. En
el tercer acto de la comedia El gran patriarca, de Gaspar de Aguilar, el
personaje morisco nos indica esta pertenencia a un mundo invertido al
persignarse por el cogote: Boamit
-. ¿tú en qué parte te santiguas? Farachino
-. Yo, en el cogote. Boamit
-. ¿Por qué? Farachino
-. Como la nación morisca / es siempre hecha al revés, / aquesta es la
frente mía”[27].
Los
moriscos contarán, según los polemistas cristianos, con una estructura
clerical, los alfaquíes. Jaime Bleda, en su Coronica de los moros de
España (1618), nos describe como la Santidad morisca "concedió
sus gracias a modo de bulas, con tasa de veinticuatro reales, o menos,
como algunos dicen las indulgencias, que contenía era para que se
pudiesen casar con sus propias hermanas y con las que podían sustentar
hasta siete mujeres." En
este esquema, el zancarrón sería una parte más, la reliquia central o
la imagen adorada necesariamente por los moriscos. Pero no se agota en
esta evidencia pobre el rico contenido de este brazo de Mahoma, ni en el
desprecio que supone titularlo con el nombre de un hueso de vaca que, en
la carnicería luce con magra presencia de carne símbolo de pobreza,
vejez y abandono. LA
CECINA MAHOMETICA Evidentemente,
no se trata de un establecimiento próspero el que expone un zancarrón en
su vitrina. Diana, heroína de la Boba para los otros, discreta para sí[28],
la situaba en la Meca "adonde cuelga en cecina/ un pernil de su
profeta". Aunque contradictorio y cambiante, como ya hemos visto, el
término es 'popular'. Lope puede utilizarlo sin explicación como un
chiste evidente al público del corral de comedias, que chiflaría la
balandronada si no la entendiera. Además, cuando quiere encontrar una
definición inocente, vivaz y risueña del Islam en boca de un niño como
en Los Porceles de Murcia[29],
éste los define: Ciertos hombres (los moros) son/ azules y colorados,/
que viven por despoblados/ y adoran el zancarrón". En cuatro versos,
Lope, ha acumulado bastante del saber sobre estos hombres de color de
muerte (azul) e infierno (rojo), nómadas impertérritos faltos de
civilidad, y adoradores de esta extraña reliquia. Esto
no quiere decir que el origen de este alambicado compuesto sea de origen
popular sino más bien al contrario: demuestra el éxito conseguido por un
plurimorfismo de fuentes al elegir la palabra adecuada, aunque no se logre
establecer la definición precisa que permita una estricta definición
académica. En su estuche de vulgaridad, un lugar común puede ser el
sitio a donde vengan a desembocar los más variados detritus semánticos. LA
COJERA DE MAHOMA Los
diablos cojos, cojuelos y cojitrancos recorren la literatura del Siglo de
Oro desde Guevara a Francisco de Quevedo. Éste último en sus visitas oníricas
al infierno, hace de la negritud[30]
y la cojera las características físicas visibles de la tribu luciferina,
señales del mal que se especifican en el propio profeta que también es
rengo. La tradición de unos habitantes del Averno oscuros y moviéndose a
tropezones entre calderas y fogones, se perpetua desde el herrero Vulcano.
Recuerdo vivo en la literatura como lo muestran los versos de Jose de
Villaviciosa en La Mosquea(1615): "Oyó
el mensaje el negro herrero, y brama, Porque
la pierna coxa entonces tenga, De
manera que no pueda tan presto Ver
de su Rey el formidable gesto” Cojear
es un vicio en sí mismo (Covarrubias), una ausencia importante en una
cultura humanística que prima la perfección del cuerpo humano. La
literatura que, satíricamente o no, abunda en la descripción de los que
se apartan de este recto camino del Canon renacentista cae en la imagen
esperpéntica. Si, por un lado, se trata de una reacción frente al
idealismo mostrando la contrapartida 'realista', es cierto también que
recibe una nueva acepción al atribuir toda una sucesión de defectos
morales a los vicios físicos. Por ejemplo, el cojo no sigue el camino
recto, no cuenta con un buen carácter ya que es de razonamientos
torcidos, no es inteligente ya que tropieza ante la primera dificultad,
anda a trompicones, ... Ser cojo es todo un carácter. La
mala pata, la mala suerte, es asimismo un fenómeno humano aunque no
coincida con la ausencia de la extremidad. Esta "zancajada" es
la situación histórica del profeta Mahoma que equivocó el camino recto,
el cojo que trazó el mal camino del pueblo árabe (y de paso le transmitió
su carácter como veremos). JURAR
POR LOS HUESOS DEL PROFETA No
es extraño que los musulmanes ante una situación de malaventura,
renieguen de Mahoma y su zancarrón, normalmente para maldecirlo como en
la comedia San Diego de Alcalá[31] o Ya anda la de Mazagatos[32]: Tronera‑.
Cáscaras. Los
villanos‑. ¡Mueran los moros! ¡Viva
Castilla la Vieja!
(Vencen
los villanos) Tronera
-. ¡Qué zurra que anda, señores! ¿Quién
me metió en esta guerra, abogado
de los moros, sino
el zancarrón de Meca? Jurar
sobre el profeta, prometer sobre algo serio, era indispensable para los
‘Abencerrajes’ y ‘Abindarraez’. Los huesos de Mahoma eran lo más
sagrado sobre lo que elevar la mano después del Alcorán, la palabra
divina. Asimismo, el 'Miles Gloriosus' versión Islam, debía tener un
juramento siempre en la punta de la lengua. El zancarrón cumple los dos
cometidos como la reliquia lo hará en el caso cristiano. El sepulcro de
Santiago habrá encontrado su igual (es un lugar clave y la geografía de
los pliegos sueltos no deja de señalarlo: La
prodigiosa navegación de la nave Santa Elena, que venía de Portugal, la
cual anduvo perdida casi un año, hasta que acaso la descubrió en su
naufragio una nave de Florida, y los muchos infortunios y sucesos raros
que tuvo hasta que llegó a la ciudad de Lisboa con grandísima riqueza. Hácese
asimesmo relación de un extraordinario presente que envió el gran Turco
a la casa de la Meca, donde está el zancarrón de Mahoma, y el aparato
con que se embarcó en Constantinopla,
Antonio René, Málaga, 1613, folio. Pero, debido al claro origen despectivo del término tenemos en este caso una dualidad de juramentos. Los personajes que, el autor, considera de hidalguía probada a pesar de ser moros, o incluso siendo moros, se refugian en el eufemismo de jurar por los huesos del profeta: “Alcaide
‑.
Conocíle en las armas, y te juro por
los huesos que Meca en honor tiene, que
derribaba moros con la espada como
el que siega con la hoz espigas.”
Lope
de Vega, La Campana de Aragón[33]. Sin
embargo, el bufón de la comedia prometerá directamente sobre el zancarrón
como se ve en El primer Fajardo[34]: Zulemilla‑.
Dar Mahoma el que mereza que
a fe de moro hidalgo, que
servirte con más veras que
no aquel potro beliaco que
estar cançaron en Meca. Es claro que solo nombrar el zancarrón y el público se reía, que se trataba de un guiño al espectador. De todas maneras, en ambos casos el juramento es normalmente inválido. La primacía del juramento cristiano y la consideración de infiel anula todo juramento. A la larga ningún infiel cumple verdaderamente sus promesas a menos que sea un cristiano en hábitos moros disfrazado. MAHOMA:
EL PROFESOR IGNORANTE El
propietario del zancajo, zancarrón el mismo, es un cojo y busca " hacer
tropezar" con sus tropiezos, así que anda a trompicones quien se guía por
su figura o su doctrina. La asociación de defecto función mental nos la
da la propia palabra "zancarrón" que describe la cojera tanto
como al maestro que enseña ciencias o artes de las que entiende poco. El Diccionario
de Autoridades nos dice que "metafóricamente se aplica al
profesor de ciencias, que no sabe bien, o entiende poco; porque así como
al zancarrón le falta la sustancia de su pulpa: así al profesor
ignorante la de su facultad". El
puente que se pasa es una traviesa en el camino de los zanquilargos: el
que el que equivoca, el que embarulla, será un zancarrón en suma de
estas circunstancias. Así,
por una vez no se tratará del alumno zote y cazurro, como podría
imaginarse de un término 'popular'. Los dardos van dirigidos contra el
mal profesor, ignorante, pedantesco e inepto. La razón la dan, otra vez,
Mahoma y una recuera de cojos. Este
"pernil mohoso" es de difícil aplicación a la juventud
estudiantil, zancajil hueso, delgado y sin sustancia, caerá en el dominio
de los 'Domine Cabra'. Quevedo reflexionó sobre esta conexión de
estultez, vejez y abandono que desprende el hueso, como aplica a uno de
sus innumerables poemas contra las viejas: Vieja
amolada y büida, cecina
con aladares, pellejo
que anda en chapines, por
carne momia se pague... Vieja
blanca a puros moros Solimanes
y Albayaldes, vestida
sea el zancarrón y
el puro Mahoma en carnes[35]. Mahoma,
el profeta impostor y farrullero, es el maestro inculto por excelencia. Ha
aprendido en su vida como arriero diversos fragmentos de la religión judía
y nestoriana, que él une a conocimientos vagos de caleos y maniqueístas.
Cuando el ignorante nómada vuelve a casa con el cerebro un poco alterado
por la famosa epilepsia que le afecta, la 'gota coral' que le obnubila,
une en sus enfebrecidas tinieblas mentales las diversas doctrinas. Quizás,
en esto disputan los cronistas desde San Juan Damasceno hasta la
actualidad, tuvo incluso un propósito consciente de engañar o de adaptar
simplificando estas doctrinas para "el simple y perplejo pueblo arábico"[36] Mahoma
es él mismo un 'zancarrón'. En este caso tenemos una significativa
pirueta del cojo, un viraje de sentido que da el propio carácter de este
ser cargado de mala voluntad. Nuestro zancajoso no solo tropieza sino que
dispone zancadillas al caminante normal y, aparentemente, bien dotado por
la naturaleza. Las
zancadillas del diablo pueden ser peligrosas como Sancho le dice a don
Quijote para rechazar el cargo de gobernador:
“¿Sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene aparejada el
diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas?”
(Quijote, II, IV Aclaraciones de Sancho, 15 vº). Rehilando
el tema, la inclinación del caído a provocar el morrazo no es nueva. Ya
Gonzalo de Berceo la señalaba en el demonio,
por excelencia cojo, y normal prefiguración de Mahoma como
anticristo: "Sennora
benedicta, reina acabada. por
mano del tu fijo, don Christo coronada, líbranos
del Diablo, de la su zancajada" El
profeta, doctorado en embustes, embaidor, archimandrita del engaño, es la
mejor escuela para el engañabobos. Si este individuo engañó a los
moros, el hecho puede repetirse siguiendo sus pasos. De ahí quizás el término
portugués 'sancarrao’ (impostor), que Corominas indica que aparece en
los escritos de Pataleâo d'Aveiro, a final del siglo XVI. Su mejor ejemplo, también el más habitual de la literatura
comenzando desde el Viaje de Turquía a Quevedo, es el médico a
quien se confía 'inocentemente' la salud humana, reflejo o remedo de la
espiritual:
Míralo doctor amigo,
así a poder de recetas
ganes, matando a los moros,
por zancarrón, honra en Meca.
Quevedo El
medicastro burlesco encuentra la mejor escuela para el curandero en
Mahoma, cosa que descubre rápidamente el personaje de Lope de Vega,
Feliciano, en Viuda, Casada y doncella[37]: Haquelme‑. Médico sin duda es. Celio‑.
Y agora la borla toma graduado
por Mahoma. (un
momento después) Celio‑.
¿Cómo has de curar la mora? Feliciano
-. Encomendándole a Dios Ya
soy doctor confirmado. Celio
-. ¿Por donde tienes la borla? Feliciano
-. Por la gran casa de Meca y
el zancarrón de Mahoma. EL
ZANCARRON, ¿OBJETO REAL? ¿Por
qué otorgar tanta importancia al carácter de reliquia de esta pierna
momificada? Ha sido intencionada esta particular incidencia
ya que es en ese lugar donde se centra la discusión. El zancarrón,
sea un brazo, una pierna, una estatua o un hueso, es real, existe en algún
lugar y de él dimana la luz negra de una contra sabiduría. No es un
objeto abstracto en ningún momento para el que lo maneja. Por el
contrario, es algo táctil, se desearía en definitiva, que lo fuera. Y,
cuando por su éxito, caiga en el descrédito, desaparecerá. Sin la base
de un posible zancarrón existente en algún lugar, el zancarrón no
existe. EL
ZANCARRON EN ESPAÑA Una
de las muestras de la constitución de un espíritu español es el
traslado a la península del escenario de los acontecimientos claves en la
historia de la humanidad. Y hablar de historia en los siglos XVI y XVII es
aun hablar de la Biblia. Si
la lengua española, se contaba entre las de Babel antes del Diluvio y
emparentada con el hebreo según cuenta Gregorio López Madera en Excelencias
de la monarquía y reyno de España[38],
no resulta extraño que la evangelización del país fuera rápida y
temprana. Para esa labor habían venido los discípulos de Santiago con su
cuerpo. La Tarraconense, en replica justa a la importancia episcopal de la
sede gallega, descubre la venida, en vida, de San Pablo con aparición de
la Virgen en el Pilar de Zaragoza. Si
había visitado la península la principal lengua de oro del cristianismo,
es natural que se hubiera dado una vuelta también la lengua viperina de
la herejía. Sevilla reclamará la gran zancada del profeta y San Isidoro
será el replicante victorioso que lo expulsará de la tierra sagrada[39].
Este rumiará una venganza que sus sectarios cumplirán durante
ochocientos años. La
utilidad de una presencia física del profeta en la península es la de
permitir la posibilidad de un rastro dejado en su vergonzosa huida. El
zancarrón sería un testigo religiosamente por los moriscos y confesado
delante de los inquisidores. En
este caso se trata de una mano o un brazo, útil para escribir ya que se
trata del autor del Alcorán. Un interés coyuntural habría que incluir
en la presencia de este brazo opuesto al de Santa Teresa, cuya canonización
es asunto de estado en los primeros años del siglo XVII. Los brazos
incorruptos de aquellos cuya mano dirigía Dios mismo al escribir, se
enfrentan a este impostor secretario del Anticristo. EL
CALDO DEL ZANCARRÓN Una
palabra se carga de contenido, lo vacía, o se corrompe si se prefiere, en
razón de su proximidad con otras, por la cercanía del sentido o por la
función parecida que ambas ejerzan en los enunciados. Aún más, si un término
'a' es parecido en sonoridad a 'b' y éste resulta de un sentido
aproximado al de 'c', podría entablar 'a' una relación con 'c' logrando
una cierta identificación. Podemos
poner un último ejemplo de estas transitividades en la identificación de
zancarrón y zangano, atestiguada en Torres Villarroel e una de sus obras
(1752), pero que ya aparece en Agricultura Christiana (1589) de fray Juan
de Pineda:
Es
precisamente en Salamanca, región de Torres Villarroel donde aún se
utiliza el término zangarrón utilizado para el 'moharracho', la persona
disfrazada grotescamente que interviene en las danzas de las fiestas[40].
Pero también el muchacho alto, desgarbado y holgazán puede ser un 'zangón'
y un patoso, falto de oportunidad o gracia puede ser titulado de 'zangano'.
En
un tiempo de larga duración, tenemos el mito de Vulcano, cojo artesano de
las profundidades, mecánico y vil en la concepción del siglo XVI, cuyo
carácter era tramposo por naturaleza como todo el mundo sabía por la
historia de su casamiento con la hermosa Venus engañando al propio Júpiter,
y de visaje negro por cuestión del trabajo de herrero (hecho anecdótico
en la antigüedad pero que va cobrando
singular importancia). Vulcano será la prefiguración de los
demonios zascandiles y alborotadores que zahiere a los humanos con
desparpajo al atacar sus costumbres. A estos zangolotinos se unen las
zancajadas de todos los cojos de la cuentística en diversos descensos
infernales. En
un tiempo corto, tiempo histórico, el enfrentamiento
Islam‑Cristianismo contará con España no solo situada frente al
imperio turco sino abanderada del catolicismo por íntima convicción y
donde su rey lo es asimismo de Jerusalén, centro del mundo antes de que
Castilla le quitara tal honor. El zancarrón es una pieza fundamental, una
reliquia opuesta al centro universal de las reliquias como lo muestra
Pedro Escobar Cabeza de Vaca, en Luzero de Tierra Santa y Grandezas de
Egipto y Monte Sinaí[41],
o Fernandez de Heredia en Mesón del Mundo[42].
En un tiempo concreto, momento anecdótico, el desenvolvimiento del zancarrón mahomético coincide con la expulsión de los moriscos españoles en 1609[43]. La obsesión en destacar la baja extracción de Mahoma, su oficio de arriero, su afición a las pasas y el cuscuz descarnan este zancarrón que al fin y al cabo no es más que un hueso para el caldo antimorisco. “Llegué a una parte donde estaba uno solo arrinconado y muy sucio, con un zancajo menos, enfebrecido y blasfemando. ¿Quien eres tú?, le pregunté, ¿que entre tantos malos eres el peor? Yo, dijo él, soy Mahoma, y decíaselo el tallecillo, la cuchillada y los dijes de arriero. Tú eres, dije yo, el más mal hombre que ha habido en el mundo y él que más almas ha traído acá. Todo lo estoy pasando, dijo, mientras los malaventurados africanos adoran el zancarrón o zancajo que aquí me falta. Quevedo, Las zahúrdas de Plutón[44] Cuando
se habla de zancarrón, y esto es fundamental, se está haciendo un chiste
perfectamente comprensible, tanto si se quiere atacar al Islam como al
afeite (maquillaje) de moda llamado 'Solimán': A
UNA MUJER AFEITADA soneto “Arrebozas
en ángel castellano el
zancarrón que Meca despreciara. Líquido
galgo, huye como jara Y
entrate en la botica de un marrano. A
hermosura que está en algarabía[45], el
Alcorán se llegue a requebralla: tez
otomana es asco y herejía[46]. La introducción del 'zancarrón' en los textos sobre el imperio otomano depende ahora de la actualidad del enfrentamiento con éste. Quevedo, al atacar los compadreos de la corte madrileña, convertirá en sus beatíficos adoradores a funcionarios y corrompidos secretarios: Todo
hoy ministro es Turquia En
el español cenit, Donde
el zancarrón se adora y
tiene templo y atril Quevedo Esta rápida carcajada que provoca el zancarrón explicaría la escena áulica de la fiesta de los moriscos rebeldes que refleja Pérez de Hita en Las guerras civiles de Granada, sobre las que tanto se ha dudado su carácter irónico. Y de paso, quizás despejaría las últimas dudas sobre el pretendido origen morisco de autor. "Oyéronse
luego nuevas cajas y dulzainas, apareciendo en la plaza otro hermoso
escuadrón muy bien adornado, cuyo capitán era el moro Puertocarrero,
hijo del alcaide de Jergal. Iba vestido de una ropa encarnada guarnecida
con remates de borceguí hecho en Arjel era datilado; el rico alfanje
colgado de un hermoso tahalí, blanco y en el penacho blanco y encarnado;
la bandera era roja, sin contener letra con algún zancarrón y la media
luna"[47] CORRUPTELAS
Y CONCLUSIONES La
elaboración del zancarrón, de sus diferentes significaciones, de sus
derivaciones y sus conexiones fonéticas accidentales, provoca el invento
de un objeto nuevo del saber cristiano sobre el Islam. En ese sentido, el
zancarrón es un objeto real – tal como está descrito y utilizado –
del mismo modo que podría ser e unicornio. Al mismo tiempo, articula una
serie de significados, procedentes de enunciados referidos a Mahoma (e
insertos en la polémica antimorisca y en la construcción de la imagen
del imperio otomano) que, al desaparecer el interés de la polémica son
aparentemente anodinos en su uso corriente actual. Señalar la riqueza del
término es la mejor manera de dibujar la red de significaciones que lo
atraviesa. Contra
la fealdad, la ignorancia, la herejía y la pobreza, se utiliza una
palabra de uso común en la carnicería. La consecuencia lógica es que se
está golpeando al propio comprador con el hueso que pide para el caldo. ¿Qué
hay de popular en los tres tiempos que atraviesan este término tensando
las cuerdas de su significado y haciéndolo cantar en diasonía? Nada,
sino la propia palabra de la que el vulgo se ríe al oírla en el teatro
porque le recuerda el magro producto al que puede alcanzar con su peculio.
En el espacio interclasista del corral de comedias, el dramaturgo debe
regalar el oído de todos sus diferentes públicos. El zancarrón
pertenece a un mundo donde las reliquias conviven con la magia de lo
cotidiano. El zancarrón hace converger, por aculturación, todos los
resentimientos antimusulmanes. Pero el zancarrón es también una reflexión
sobre el otro, excluido y presente en la sociedad del Siglo de Oro.
Las
reflexiones sobre el sentido de este término, sus derivados y sus
conexiones fonéticas de carácter casual, producen saber y terminan
articulándose dentro del uso cotidiano de los enunciados aparentemente
neutros. La demanda de un afeite a la moda, la equivocación de un
profesor senil, una patada propinada en el trasero o la disputa sobre la
existencia de la piedra filosofal, resultan acciones y reflexiones que
bailan en la misma cuerda. No hay un plan consciente que las organice
aunque algunas respondan a proyectos parciales y otras al azar chistoso.
Todas a la necesidad de su utilización en un momento concreto para
vehicular deseos y aspiraciones. El profeta, después de ser el motor activo de la reflexión semántica, se eclipsa dejando el término en un abanico de significados. Probablemente se hubiera llegado a algunos de ellos sin la intervención mahomética, o quizás no. Otras palabras, evidentemente, reflejan las mismas o diferentes luchas. Simplemente se ha escogido 'zancarrón' por contar con pocas referencias de significado preciso y por la conexión graciosa que efectúa entre Mahoma y una res montañesa. El público de la sala ríe oyendo hablar del zancarrón a los actores porque le evoca la magra pitanza que su pobre fortuna le permite. Todos ríen, incluso si los balcones se ríen del parterre. Este juego de significaciones es uno de los procedimientos habituales del costumbrismo (literario o pictórico), fuente de la novela picaresca. Un gesto, una actitud o un término, incluso la manera de pronunciarlo en la escena, es una forma de intervención del pensamiento de las elites para introducir un objeto que lanzan sobre un pretendido imaginario popular. Risa simple o doble, unos se ríen del espectáculo, otros consideran un espectáculo la sala (no hay que dudar que también los nobles son vistos como espectáculo). Si ha resultado de difícil visibilidad es porque, al fin y al cabo hemos tocado con un hueso duro de roer como una piedra. Lope de Vega nos lo explica: Calixto‑.
"Más decid: Qué piedra es esta (saca
una piedra) para
remediar la vista, que
me diste por gran fiesta que
por más que en ella asista menos
veo y más me cuesta? Manfredo‑.
Si el mal no se cura y doma, no
se atribuya al poder, que
es con la fe que se toma. Calixto‑.
Reliquia debe de ser del
zancarrón de Mahoma; basta
que voy viendo menos. Manfredo‑.
De su virtud están llenos los
libros; más es razón que
aguardéis la operación. Calixto‑.
Hacedla en ojos ajenos. ¡Qué
Evangelio de San Juan! ¡Qué
reliquia de San Diego! sino
un hueso que me dan, Con
que estoy del todo ciego, de
algún moro ganapán"[48]
Fin de la Pieza. La traducción al francés fue realizada por M. Jean-Fréderic Schaub, Les Temps Modernes, 507, París, 1988, p.1-21 Agradezco igualmente al escritor Juan Goytisolo y a M.Sami Naïr las gestiones que realizaron para que se publicara este trabajo en la revista Temps Modernes.
Bibliografía sobre el tema de la biografía de Mahoma en los textos de la polémica antimusulmana GONZÁLEZ MUÑOZ, Fernando, "Liber Nycholay, la leyenda de Mahoma y el cardenal Nicolás", Al-Qantara, XXV, 1 (2004) 5-43. GONZÁLEZ MUÑOZ, Fernando, "La leyenda de Mahoma en Lucas de Tuy", Actas III Congreso Hispánico de Latín medieval, León, 26-29 de septiembre de 2002, volumen I, 347-358.
[1]
“Nulla etiam admittenda esse nova miracula, nec novas reliquas
recipendas nisi eodem recognoscente et aprobante Episcopo”, sesión
25 del concilio de Trento. [2]
Cervantes,
Miguel de, Don Quijote de la Mancha, I, 9, ed. de Martin de
Riquer, p.102, Planeta, Barcelona, 1980. Será precisamente Sancho
Panza quien, en carta a su mujer volverá a utilizar el término
zancas: "Mujer de gobernador eres; »mira si te roerá nadie los
zancajos!", Quijote, II, 36, ed. Martín de Riquer, p. 861. La
identificación de la raíz 'zanc' como una componente de palabras
pertenecientes o atribuidas al vulgo, y por tanto elemento de
descripciones costumbristas, es aún más clara en los versos de Lope
de Vega: "Musas, «Qué importan los honestos bajos,/ entoldados
de medias y chapines,/ si os descubren juanetes y zancajos? / «De qué
sirven los verdes faldellines, / si el vulgo por los lodos os
arrastra?/ Hermosa, pues,«Por qué sufrís botines?". La poesía
completa, escrita en Sevilla, está dedicada al Contador Gaspar de
Barrionuevo con el título de Epístola y es el Poema 153 de
Vega Carpio, Lope de, Poesía Selecta, ed. de Antonio Carreño,
Madrid, Cátedra, Letras Hispánicas, 1984. [3]
Corominas,
Joan, Diccionario Crítico‑Etimológico de la lengua castellana,
Volumen IV, Ri‑Z e Indices, Ed.Francke, Berna, 1954. [4]
En
el romance de "Celinda y don Antonio Moreno" todavía se
cita el tema del Zancarrón en 1729 cuando el cautivo convence a la
mora con este tema y la convierte, bajo la autoridad de San Pedro
Pascual, citado por Caro Baroja, Julio, Ensayos sobre la literatura
de cordel, Revista de Occidente, Madrid, 1968,
pp.92‑95. [5]
Romancero General, BAE, XVI, II, p.298. [6]
BOUZA, Fermín, Religiosidad contrarreformista y cultura simbólica
del barroco, CSIC, Madrid, 1990. [7]
“Muelle: se llamaba también el adorno que las mujeres de distinción
traían, compuesto de varios relicarios u dixes, pendientes a un lado
de la cintura”. Diccionario de Autoridades.
[8]
Nulla
etiam admittenda esse nova miracula, nec novas relíquias recipendas
nisi eodem recognoscente et approbante Episcopo. De invocat.et reliq.
sanctorum. Sess.25 de Reform.Concilio de Trento. Sobre la religiosidad
de esta época el mejor manual es la ya clásica obra de Caro Baroja,
Julio, Las formas complejas de la vida religiosa, Akal, Madrid, 1978.
Sobre el exceso de reliquias en la España del siglo XVI, es
significativa la crítica erasmiana del Viaje de Turquía: "Mata‑.
«y qué habíamos de hazer con nuestro relicario? Pedro‑.
«Qual Mata‑.
El que nos da de comer principalmente: «luego nunca le habéis visto?
Pues en verdad no nos falta reliquia que no tengamos en un cofrecito
de marfil; no nos falta sino pluma de las alas del arcángel Sant
Gabriel" (en el manuscrito 3871, tachada la frase "solamente
falta pluma de las alas del gallo de Sancto Domingo”), p.124, ed.
Fernando García Salinero, Cátedra, Madrid, 1980. [9]
“Authentica se
llama también el despacho original con que se testifica la entidad y
verdad de las reliquias, para que por tales se tengan”. Diccionario
de Autoridades. [10]
La
Fuente, Vicente de, Casas y Recuerdos de Santa Teresa en España:
Manual del viajero devoto para visitarlas, segunda ed. corregida y
aumentada de la que se publicó en 1882 con el título de Tercer
Centenario de Santa Teresa, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull,
1883, p.226 y 230‑231. [11]
VERDÚ,
Blas, Engaños y Desengaños del tiempo, Barcelona, Sebastián
Matheuad, 1612, folio 135. Jaime Bleda en el prólogo de su Coronica
de los moros de España, Valencia, Felipe Mey, 1618, reconoce
también su deuda con San Juan Damasceno; sobre este apologeta de
comienzos del Islam, véase KHOURY, Adel‑Théodore, Les Théologiens
byzantins et l'Islam, Nauwelaerst, Louvain‑Paris, 1969,
pp.47‑67. Sobre el olor que despiden los cuerpos santos, o
incluso principescos hay una enorme literatura entre la que se puede
destacar respecto a una infanta española el libro del padre fray
Jean‑Jacques COURVOISIER, Le sacré mausolée, ou les parfums
exhalants du tombeau de la Pricesse Isabelle, Bruselas, F.Vivier,
1634. [12]
Cuando
los perros al comerlo le abren el costado, que era por donde más olía
(las tripas), Verdú comenta "esta fue la lanzada que le
dieron", Op.cit.fol.135, apuntalando la metáfora cristológica. [13]
KONTZI, R., “La ascensión del profeta Mahoma a los cielos en
manuscritos aljamiados y en el manuscritos árabe M.518”, Actas
del CIEM, II, Túnez, 1984, p.45-54. [14]
VERDÚ,
op.cit.fol.132, sobre la imagen de Mahoma véase ALPHANDERY, Pierre,
"Mahomet‑Antechrist dans le Moyen Age latin", Melanges
Hartwig‑Derembourg, París, 1909; KRITZECK, James, Peter the
Venerable and the Islam, University Press, Princenton, 1964; la
continuidad entre las fábulas de la antiguedad y la leyenda de Mahoma
nos la aclara de una forma ingénua Bernardo de ALDRETE en Varias
Antiguedades de España, Africa y otras Provincias, Juan Hafrey,
Amberes, 1614, p.570: "Pues todo lo que debajo de velos, y
cubierto de fábulas encubrió, y quiso significar la Antiguedad, en
teología política; eso y mucho más de vicios, maldades, pécados
enormísimos y atrocísimos, trae consigo la nefanda secta del maldito
y detestable Mahoma". [15]
FONSECA,
Damián, Justa Expulsión de los Moriscos de España, Iacomo
Mascardó, Roma, 1612, p. 96. [16]
AZNAR
CARDONA, Pedro, Expulsión Iustificada de los moriscos españoles,
Pedro Cabarte, Huesca, 1612, II parte, fol.51. [17]
GUADALAJARA
Y XAVIERR, fray Marcos de, Prodición y Destierro de los moriscos de
Castilla, Nicolas de Asiayn, Pamplona, 1614, fol.72. Interesante
apreciación (“como lo confesaron muchas veces ante el tribunal de
la fe) que convierte los famosos ‘documentos inquisitoriales’ en
productos de literatura de ficción (de los inquisidores, claro). [18]
CESPEDES
Y MENESES, Gonzalo, La varia fortuna del soldado Píndaro,
Lisboa, 1626, libro I, parágrafo, XXII. [19]
Verdadera
relación en la qual se declara el gran número de moriscos que
renegaron de la fe católica en la ciudad de Alarache; que confina con
Berbería y del martirio de cinco que no quisieron renegar; naturales
de la ciudad de Córdoba,
compuesto por Thomas de los Angeles, Lorenzo de Robles, Zaragoza,
1610; recogido por Alvarez Gamero, S., "Nueve romances sobre la
Expulsión de los Moriscos", Revue Hispanique, XXXV, II, 1915,
p.435. [20]
“Mirad con que dos se toma / y entre que dos piedras imanes / le
suspenden sus afanes/ al çancarrón de Mahoma”, GÓNGORA, FOULCHÉ-DELBOSC,
II, 158. “Suspensión hai, la que siempre, / en la provisión de
esta plaça / que viene a ser el sancarrón / de Mahoma entre los
imanes”, cit. FOULCHÉ-DELBOSC,
I, 170. Ver
Bernardo ALEMANY Y SELFA, Vocabulario de las obras de don Luis de Góngora
y Argote, 1930. [21]
Pedro‑.
...y vestidos van a la Meca de mañana, y lo primero tocan los que
pueden el Alcoran a la sepultura de Mahoma, y dizen sus solenes
oficios, y luego todos los que han podido tocar el sepulcro van
corriendo a la montaña como bueyes quando les pica la mosca. / Juan
‑. ¿Para qué? / Pedro‑. Porque con aquel sudor caen los
pecados, y para dar lugar los que han tocado a los que no. / Juan
‑. ¿Muéstranles el cuerpo? / Pedro‑. No más del
sepulchro, y un zapato dorado suyo, llamado isaroh, que está
colgado. Viaje de Turquía, ed. de Fernando Garcia Salinero,
Catedra, Madrid, 1980, p.403. “Tsaroth
quo inauratum solummodo a testudine templi pendet,...”, Georgievits,
D 8v. Juan‑.
¿Cómo está el sepulchro? / Pedro‑. Sus mesmos diszipulos le
hizieron muy hondo, y metido en una caja le pusieron dentro; después
hizieron una como tumba de mármol, con una tabla de lo mesmo a la
cabezera y otra a los pies, escrito en ellas cómo aquélla es su
sepultura, y allí adoran todos. Está cubierta encima con un
chamelote verde. Los armenos habían una vez hecho una mina de más de
media legua para hurtarles el cuerpo, y fueron descubiertos y
justiciados, lo qual cuentan por gran milagro que hizo Mahoma. /
Juan‑. Mejor quento fuera si le cojieran su profeta. /
Pedro‑.Y por esto le hizieron unos yerros que ziñen toda la
sepultura por baxo y por arriba. Dexó dicho quando murió que no había
de estar allí mas de mil años y éstos no había de durar la seta,
sino que habría fin, y de allí se habría de subir al Cielo. Viaje
de Turquía, ed. de Fernando García Salinero, Cátedra, Madrid,
1980, pp.404‑405. Esta historia de los armenios está recogida
en Vicente Roca, fol.128, r. Blas
Verdú habla de la reliquía que en la Meca había, en una arqueta de
hierro entre dos imanes, op.cit.fol.135, pero indica que Vartomano lo
negaba. [22]
Obras de Lope de Vega, Obras dramáticas, RAE, tomo IV (nueva edición),
Madrid, 1917, p.374-412: acto segundo de El cuerdo loco, p.393.
[23]
p.230 de El alcalde Mayor (1618), Obras, tomo XI, 1929,
p.210-245. [24]
Fol.14 V de Los mártires de Madrid en Doce Comedias de Lope de
Vega, parte veintinueve, Pedro Bluson, Huesca, 1634 y en Obras,
tomo V, Comedias de vidas de santos y leyendas piadosas, 1895,
p.115-145. [25]
Acto segundo de "El cuerdo loco", p.393. [26]
P.230
de "El Alcalde Mayor" [27]
AGUILAR, Gaspar, El Gran Patriarca, p.275. [28]
P.501
de "La boba para los otros, discreta para si. Se representó en
El Pardo el 2 de Enero de 1635 y fue publicada en la Ventiuna parte de
las Obras de Lope. [29]
Se
publicó por primera vez en la parte Séptima de las comedias de Lope,
en 1617. Vega Carpio, Lope de, Comedia de Los Porceles de Murcia,
en Obras, tomo XI, Madrid, 1900 pp.543‑584 [30]
Ver
sobre el 'negro' en los comienzos del siglo XVII, el artículo de
Josette Riandière La Roche, "Quevedo et le problème de
l'esclavage des Noirs dans La Hora de Todos” en La contestation
dans la litterature espagnole du siècle d'Or, Université de
Toulouse‑Le Miral, service des publications, 1981,
p.165‑178. Sobre la evolución del término 'negro' en Francia,
véase el artículo de Simone Delesalle y Lucette Valensi, "Le
mot ‘Nègre’ dans les dictionnaires français d'ancien régime.
Histoire et lexicographie", , Langue et Histoire, Paris,
1970, p. 79‑104. La
utilización del término 'negro' aplicado a Vulcano se realiza en La
Mosquea, de José de
Villaviciosa (Sigüenza, 1589 ‑ Cuenca, 1658) fue inquisidor de
Murcia y de Cuenca. Autor en 1615, de este poema épico burlesco en
doce cantos que refiere la victoria de las hormigas sobre las moscas. [31]
En
la obra San Diego de Alcalá, el santo libera a un niño del
horno, Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia
Española, tomo V, Madrid, 1895, pp.35‑70 [32]
Vega
Carpio, Lope de, p.527 de la comedia
Ya anda la de Mazagatos,
Obras de Lope de Vega, publicadas por La Real Academia Española
(Nueva Edición),
pp.492‑539 del Tomo X, Madrid, 1930. Se publicó por primera vez
en una de las ediciones 'extravagantes', Parte V, Sevilla 1629.
[33]
Vega
Carpio, Lope de, p.265 de "La Campana de Aragón", Obras
de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española,
p.248‑293 del tomo VIII, Madrid, 1898. Es ya citada en a primera
lista de El Peregrino (1604), y fue publicada en 1622. [34]
Vega
Carpio, Lope de, p.20 de "El Primer Fajardo” Obras de Lope de
Vega, X, Madrid, 1899. Citada en El Peregrino y anterior a
1604, impresa en 1617 tanto en Madrid como en Barcelona, Parte VII de
las comedias de Lope. [35]
Quevedo, Francisco de, “romance burlesco en que dice la novedad de
pasar psudos a ejecuciones de más gala”, Obras completas, I, Poesía
Original, ed. Blecua, Planeta, Barcelona 1968, poema 795, p.112. En El
Parnaso, poema 528 (ms.4.312, fol.286, Biblioteca Nacional de Madrid). [36]
“El
falso Mahometo convenció a su vana secta el simple y perplexo pueblo
arabico, tomando de cada una lo que conozia ser apacible a la
gente", Roca, Vicente, Hystoria en la qual se trata de la origen
y guerras que han tenido los turcos, Valencia, 1556, fol.129. [37]
Vega
Carpio, Lope de, p.470 de Viuda, Casada y Doncella, Obras de
Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española (Nueva Edición),
pp.455‑491 del Tomo X, Madrid, 1930. Figura en El Peregrino de
1618, publicada en la Parte VII de las obras de Lope, Madrid y
Barcelona, 1617. [38]
Lopez
Madera, Gregorio, Excelencias de la monarquía y reyno de España,
Madrid, 1606. Es autor también de un excelente tratado sobre la
veracidad de las reliquías titulado Discurso cumbre de las reliquias
descubiertas en Granada, desde el año de 1588, hasta el de 1598;
Sebastián de Mena, Granada, 1601. [39]
Sobre
las ideas comunes respecto a Mahoma véanse los siete capítulos
primeros dedicados al tema en Bleda, Jaime, Coronica de los moros
de España, op.cit. [40]
Moliner,
María, Diccionario de uso del español, Gredos, Madrid, 1983. Sobre
este aspecto de desaliño, abandono y cercano al 'mamarracho', tenemos
un ejemplo en Quevedo: Obras
Completas, tomo I, ed.Jose Manuel Blecua, Planeta, Barcelona,
pp.1352‑1354. [41]
Valladolid, 1587. referencia al zancarrón en fol.50 r-v. [42]
Madrid, 1632, p.89. [43]
Dominguez
Ortiz, Antonio y Vincent, Bernard, Historia de los moriscos. Vida y
tragedia de una minoría, Biblioteca de la Revista de Occidente,
Madrid, 1978. [44]
P.323 de Las zahúrdas de Plutón, II, Atlas, Madrid, 1946,
p.307-324. [45]
Sobre
la evolución semántica de la palabra algarabía que pasa de
significar lengua árabe a expresar lenguaje extraño, alborotado y
molesto, véase PERCEVAL, José María, "Algarabía: ¿lengua o
alboroto callejero?", Manuscrits 3, Universitat Autònoma
de Barcelona, 1985, p.117‑127. [46]
Quevedo,
Francisco de, Obras Completas, tomo I, Planeta, Barcelona,
1968, Poemas satíricos y burlescos, p.583, poema 566. Solimán‑.
Un afeite para el rostro llamado también el “Gran Turco”, hecho
con sublimado corrosivo. [47]
Pérez
de Hita, Gines, Guerras civiles de Granada, II parte, cap.XIV,
p. 634 de la ed.B.A.E, tomo III, Madrid, 1975. Véase Carrasco Urgoiti,
María Soledad, "La cultura popular de Ginés Pérez de
Hita", Homenaje a don Vicente García de Diego, vol. II, C.S.I.C,
Madrid, 1978. Y Carrasco Urgoiti, María Soledad, "El trasfondo
social de la novela morisca del siglo XVI: Comunicación leída en
Diciembre 1970 en la sesión de Spain Nature of the Renaissance and
golden Age. [48]
P.559
de Vega Carpio, Lope de, La difunta pleiteada, Obras de Lope de
Vega publicadas por la Real Academia Española (Nueva Edición), tomo
IV, Madrid, 1917, p.543‑581. Esta comedia se imprimió a nombre
de Rojas Zorrilla en la parte Comedias Escogidas, Madrid, 1663,
pero Lope de Vega la nombra ya en el Peregrino de 1603. |
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